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Parsis: la religión amable

Son los Parsis, una comunidad religiosa que viajó desde Persia (Iran) hasta la India hace de ello mil años. Son muy pocos; una gota entre un océano de Hindúes, pero tienen un extraordinario poder económico, industrial y cultural en este formidable país. Su religión se pierde en la memoria de la humanidad. Su Dios se llama Aura-Mazda y su profeta, Zaratustra. Practican una religión amable y solidaria que tiene, en cambio, reservado el derecho de admisión; no hacen apostolado, de tal forma que solo es Parsi quién nace Parsi. Los perritos son para ellos animales sagrados........

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La apasionante vida de las hormigas. Amor y guerra en el hormiguero

La vida de Sonia no es nada fácil. Su madre no la puede atender como ella se merece. No es de extrañar, Sonia tiene veinte millones de hermanos. Sonia es una hormiga y la sorprendemos en un momento importante de su vida: se muda de casa. Esta es la Primera Parte de un viaje al mundo de las hormigas del que nos encontramos tan satisfechos que se encuentra entre nuestros favoritos. No es para menos, estos seres diminutos serían los dueños del planeta si no tuvieran tantos enemigos. La fotografía es de Andrey Pavlov

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Venenos. Envenenadores y envenenados.

Os presentamos la serie Veneno. Unas entradas (post) de los que estamos bien satisfechos. Nos ha costado lo suyo pero ha merecido la pena. Después de documentarnos como lo hemos hecho no somos ya los mismos. Pensamos que las sepulturas están llenas de pobres infelices a los que alguién, que no les quería nada, les ha enviado al otro mundo antes de lo que era menester. Y no son casos contados, son miles, decenas de miles.........quién sabe. En cualquier caso bastantes más de los que pensamos ¿Exageramos? Bueno, juzga tu mismo y lee

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La historia del pañal

Estos pantalones sin entrepierna que utilizan los niños de corta edad en China se llaman "kaidangku" y tienen ya un largo recorrido. Al parecer se utilizan en China desde la época de Mao. Están en vías de extinción y poco a poco son sustituidos por los pañales desechables. En Occidente, sin embargo, los pañales de un sólo uso se ven cuestionados y regresa el pañal reutilizable...

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Marca España: Una historia de ovejitas

La epopeya de esta ovejita no tiene nombre. Fueron dueñas de La Península Ibérica durante siglos. Cuidadas y mimadas hasta la extenuación. Protegidas con celo por Reyes y pastores pues su lana se consideraba y se considera única. Víctima de secuestros y tráfico ilegal con el proposito de conseguir suficientes ejemplares para asegurarse su reproducción. Estimada como pocas especies en Argentina y Australia. Es una institución en Nueva Zelanda donde ya la consideran una especie propia. Es la oveja merina española, un animalito que ha conquistado el mundo. La foto es de National Geographic

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Empoderamiento femenino. Duelos. Desafíos. Combates y lances de honor entre mujeres.

Disputa entre mujeres
Disputa entre mujeres. Finales del siglo XIX. London


Duelos y desafíos han sido una constante a lo largo de la Historia de la Humanidad. Hace ya algún tiempo dedicamos varias entradas a este particular medio de lavar el honor y recuperar así la estima y el respeto social perdido o amenazado por un ofensor. En realidad, la experiencia sugiere que la lid establecida al efecto para restituir nuestro buen nombre no comprometía el valor de verdad de las acusaciones vertidas, de hecho, era bastante frecuente que los profesionales del duelo impusieran su maestría por encima de la veracidad de la cuestión en disputa. Así pues no se trata tanto de verificar la verdad, sino más bien aceptar el veredicto de la fuerza o la habilidad para resolver el duelo, los profesionales de las disputas siempre partían con ventaja, aunque siempre quedaba la esperanza de que la  Providencia, o los inescrutables destinos de la divinidad favorecieran al más débil, por lo general aquel al que le asistía la razón que no la fuerza. Hubo un tiempo en el que los desafíos fueron un recurso socialmente aceptado como espacio para determinar un veredicto, pues la justicia de los hombres era incapaz de determinarlo. Se hicieron tan numerosas que vista la sangría ocasionada entre sus clases más destacadas por los constantes y pertinaces enfrentamientos, el duelo comenzó a ser considerado una forma inadecuada para resolver los conflictos. No obstante existió cierta tolerancia en su ejercicio, y es que aunque pueda parecer sorprendente hasta la década de los setenta del siglo pasado se verificaron duelos en Argentina. El honor es, con excepciones, un patrimonio de clase y desata un bucle de acontecimientos imprevisibles y frecuentemente irracionales entre sujetos a los que se les supone una cierta instrucción. Rydlet Scott, el director de Alien el octavo pasajero y Blade runner, abordó en el año 1977 una extraordinaria cinta dedicada a los duelos; su título es bien ilustrativo, Los duelistas. La película narra la peripecia real de dos personajes enfrentados en sucesivos desafíos durante 15 años. En todo este tiempo son incapaces, por diversos avatares, de concluir sus duelos, con lo que estos se van encadenando indefinidamente causándose numerosas heridas. El final apunta el hartazgo de uno de ellos que se decide a perdonar la vida al otro, pues dispone de dos balas para utilizar a quemarropa, las cuales decide no utilizar. Le perdona la vida, pero en cambio le considera muerto ante sus ojos, exigiéndole que desaparezca. 
Deber y honor están por encima de todo. Un hombre sin palabra es poco menos que una bestia. Es así que la Historia nos ha presentado una biografía del honor que parecía corresponder solo a los varones, pero esto no es cierto. Las mujeres han desempeñado refriegas violentas con el fin de responder a ultrajes y conflictos de toda índole, incluidas las pendencias amorosas, bajo cuyo dominio se han practicado numerosos episodios de clamorosa violencia.



Afrodita y Perséfone


Este es uno de los más antiguos. Recuerda la disputa entre la diosa griega del amor Afrodita y la ninfa Perséfone, enfrentadas por el amor de Adonis. La reyerta  obligan a Zeus a intervenir repartiendo el año en tres partes; cuatro meses con cada uno de ellas, mientras que el resto se lo dejaba a Adonis, que puede utilizarlo como mejor le convenga. 

Isabela de Carazzi y Diambra de Pottinella (1552)


Durante el siglo XVI Italia era tenida como el santuario del duelo. De hecho el duelo, aunque prohibido, atraía la atención de numerosos jurisconsultos que se planteaban extremos teóricos rocambolescos, planteándose cuestiones del siguiente tenor: ¿que era más honrado, cegar a un oponente o cortarle la nariz? Aunque progresivamente el duelo se deslizó hacia la clandestinidad, tenía sus reglas. Un tratado de Girolamo Muzio, titulado el Duello, pasó a convertirse en el breviario del duelista del siglo XVI. No es pues extraño que esta vivencia del duelismo en Italia acabara por sensibilizar a todas las clases sociales, y a los dos sexos por igual. El amor fue el responsable de un singular riepto acaecido en tierras italianas  durante el siglo XVI, dos mujeres Isabela de Carazzi y Diambra de Pottinella, se enfrentaron a muerte por los favores de un galán, Fabio de Zeresola. Cierto que se desconoce el desenlace del mismo, pero casi un siglo después, José de Ribera, el pintor, haciéndose eco de la historia decidió llevarlo al lienzo. El cuadro cuelga en las paredes del Museo del Prado y su título no admite duda alguna: duelo de Isabella de Carazzi Y Diambra de Pottinella.


Lady Almeria Braddock y Mrs Elphinstone. 1792


Un dudoso duelo, conocido como el duelo de las enaguas, se celebró en 1792 en Londres. La discusión sobre la edad de una de los contendientes derivo en un lance, primero a pistola y después a espada. Lady Almeria consideró intolerable que Mrs. Elphinstone diera por buena la edad que un diario de la ciudad le atribuía, 61 años, frente a los 30 años que ella sostenía haber cumplido. El duelo se celebró en Hyde Park y las mujeres, ambas heridas, acabaron por llegar a un acuerdo aunque difícilmente y vista la disparidad en años objeto de la disputa, pudieran  establecer a algún tipo de entendimiento.



Madame De Polignac y Madame De Nesle. 1721?


El amor y su reflejo oscuro, el odio, son los sentimientos más poderosos. La condesa de Polignac se había enamorado de la persona menos adecuada, François Armand de Vignerot, un notable mujeriego, vividor y duelista que no tardaría en sustituirla por otra amante, la Marquesa de Nesle. Aunque la condesa de Polignac era famosa por sus emociones cambiantes y su frívola emotividad, había acabado por enamorarse de Vignerot, de forma que al despecho causado por su abandono, vino a unir la absoluta ignorancia que el malandrín  hacía de su persona, menospreciándola constantemente e ignorando sus muestras de amor. El odio, expresión violenta de sus celos, no tardó en afincarse en su corazón proyectándolo sobre aquella que había ocupado su lugar. Frenética, desafió en duelo a la Marquesa de Nesle, reto que fue sorprendentemente aceptado por esta, estableciéndose el mismo en el Bois de Boulogne. El arma elegida fue la pistola. Quiera que ninguna de las dos estuviera muy experimentada en el uso del arma, quiera que la fortuna desvió el plomo, lo cierto es que la marquesa de Nesle cayó herida al suelo, aunque el gran derramamiento de sangre hizo creer a Polignac que estaba muerta o próxima a estarlo. Por eso, cuando recibió la noticia del estado de la marquesa de Nesle, que solo había sido herida en el hombro, Polignac expresó su decepción, tanto más cuanto que había manifestado públicamente que aquella era la consecuencia de robarle el amante a una mujer como ella. Pero la venganza se sirve en frío, Polignac tuvo al cabo del tiempo oportunidad de saborear sus frutos, pues el vano Vignerot pronto abandonaría a la marquesa de Nesle para sustituirla por otra.

Las duelistas de la enagua
Las duelistas de la enagua



Marta Duran y Juana Luna 1900


También fueron las disputas sentimentales las que llevaron a estas dos mujeres mejicanas. Marta Duran, acompañada por su amante Rafael, asistía a un baile de sociedad cuando sorprendió a este coqueteando con Juana Luna, la cual parecía recibir con agrado las atenciones del tipo. Explotó una discusión entre ambas y Juana retó a Marta Duran a duelo. La cita se acordó al día siguiente, en un lugar desierto, alrededor de la ciudad de México. A tal efecto, se utilizaron espadas y el encuentro fue violento y sangriento. No se concluyó a primera sangre, como solía ser habitual, las duelistas se emplearon con coraje y determinación. Tras varios asaltos Marta fue herida de gravedad, pero con todo se negó a concluir el duelo. Sin embargo una inesperada lesión en el brazo obligaría a Juana a parar la pelea. Ante el alcance de sus lesiones Marta renunció por fin a Rafael y ambas mujeres se separaron. No obstante, la gravedad de Marta exigió atención médica y esto tuvo como consecuencia que las autoridades fueran advertidas de la reyerta, que al ser ilegal, envió a prisión a las dos duelistas y sus testigos. Este hecho parece que determinó que tanto Marta como Juana perdieran interés por Rafael

Olga Zavaroka y Ekaterina Polesova 1829


El duelo entre Olga y Ekaterina es sorprendente y terrible. Lo es por un doble motivo llegaron a él por meras disputas de vecindad que acabaron por alimentar un odio feroz, y segundo porque puede decirse que se disputó en dos tiempos, separados entre sí por cinco años. Olga y Ekaterina mantenían una crispada convivencia hasta el extremo de que decidieron solventar sus disputas mediante un duelo. El arma elegida fue el sable de caballería, pues sus maridos eran oficiales de este cuerpo. Además de los testigos estaban presentes las hijas de ambas, de catorce años de edad. El duelo fue en extremo brutal, ni siquiera la presencia de sus hijas y la intervención de las institutrices logró evitar un desenlace fatal: Olga murió prácticamente en el acto, de un tajo en la cabeza, pero a Ekaterina le llevó más tiempo, pues herida en el estómago solo consiguió sobrevivir un día más, eso sí tras una dolorosa agonía

…………………Alexandra Zavarova y Anna Polesova 1834


Cinco años después, como ya he referido, aquellas niñas que habían presenciado el duelo y muerte de sus madres se citaron en el mismo bosque donde se había desarrollado aquel sangriento lance. Esta vez solo hubo una vencedora: Alexandra,  que mató a Anna Polesova, vengando de alguna manera la muerte de su madre.

Madame Astié de Valsayre y Miss Shelby 1886


Astié de Valsayre fue una militante feminista de finales del siglo XIX en Francia. Vindicó el voto femenino, acceso a todas las profesiones e igualdad de salarios. Intentó persuadir a las mujeres de la alta sociedad sobre la conveniencia de amamantar a sus propios hijos[1], renunciando a los servicios de las amas de cría, y exigió al Gobierno la derogación de una ley que impedía a las mujeres el uso de pantalones, excepto cuando montaran en bicicleta, en un caballo o tuviera autorización policial (dato curioso la ley no se abolió en Francia hasta el año 2013). Había conseguido licenciarse en Medicina porque esta disciplina era la más permeable a las mujeres. Precisamente por la dignidad de las mujeres médicos en Francia desafió a una médico norteamericana que sostenía la superioridad de sus colegas sobre las francesas. Los pródromos del duelo incluyeron el clásico uso del guante con el que Astié de Valsayre golpeó la cara de la americana. El duelo en sí solo exigió un mínimo derramamiento de sangre debido a un arañazo sufrido en el brazo de Miss Shelby, que se disculpó dando por vencedora a la enérgica francesa.

Pauline Metternich y la condesa Kielmannsegg 1892


El duelo entre la princesa Pauline Metternich y la condesa Kielmannsegg tiene más trascendencia por las circunstancias que concurrieron en el mismo que por los detonantes que lo causaron. En realidad se trató de una disputa banal que tenía que ver con la disposición de un arreglo floral. De aquí en adelante interviene la morbosa escenografía utilizada para el desarrollo del riepto, que al parecer exigió desprenderse de la ropa que cubría su abdomen y pecho. Esta desnudez vino determinada por el temor a que cualquier herida causada arrastrara restos de las prendas de vestir y estas causaran una infección. Esta fue la razón por la que la baronesa Lubinska, encargada de presidir el duelo, exigió a los varones allí presentes que presentaran solo sus espaldas, absteniéndose de proporcionar ayuda alguna a los duelistas, pues la baronesa creía que aquel interés solo podía ser el resultado de una lujuriosa compasión. El resultado del duelo no debió de ser relevante, pero encontramos ecos del mismo en Madrid, a finales del siglo XIX; dos cupletistas también se enfrentaron a pecho descubierto en el parque del Retiro, al parecer bajo la estatua del ángel caído







Galeones de España. Cruzar el Océano Atlántico en el siglo XVII

 



PARTE SEGUNDA


     .............................. La cubierta inferior era un infierno. Ponía a prueba  las naturalezas más duras, pues al calor, la humedad y el hacinamiento se unía la imposible convivencia con un enemigo invisible; el olor, el terrible hedor que llegaba desde las sentinas del barco. La sentina en realidad era un espacio que se llenaba de piedras con el fin de evitar que el barco se inclinara peligrosamente, pero también un depósito situado sobre la quilla donde iba a dar el agua que penetra en el barco, y que a su vez arrastra todos los residuos y deshechos del mismo, orinas y deposiciones del ganado, ratas muertas, restos de comida. Todo esto fermenta con la falta de ventilación, el calor y la humedad. Como esta es la zona mas inferior del barco, solo por encima de la quilla, debe limpiarse con frecuencia, pues hiede como el aliento del diablo y apesta toda la embarcación. Periódicamente debía ser vaciada utilizando para ello la bomba manual. Una de las peores noticias que puede recibir un marinero es la de que, por avería del mecanismo, se debe vaciar manualmente el pozo de sentinas. Si bien es cierto que el olor no mata, ellos lo tenían por homicida, pues los riesgos de perecer en aquella operación eran considerables[1].
 

           Por eso los rostros desencajados de los pasajeros de la cubierta inferior eran bien ilustrativos de las penosas condiciones de su viaje. Por turnos, se les permitía disfrutar del aire puro, dos o tres veces al día.  Muchos de ellos aprovechaban para aliviarse en cualquier lugar discreto, que no lo había, o lo empleaban en despiojarse unos a los otros. Desesperados por las picaduras de pulgas y chinches, lanzaban al agua sus camisas y otras prendas de vestir, sujetas con una cuerda, y al cabo las retiraban. Hacían caso omiso de las advertencias de los marinos, que ya habían experimentado la insufrible comezón en la piel, causada por la sal pegada a los tejidos. Aunque había varias decenas de barriles con agua dulce, esta solo se utilizaba para beber, de tal manera que había dos opciones para limpiar la ropa: o se esperaba algún benéfico chaparrón o la prenda debía aguantar sobre la piel,  junto a su incómoda población, durante toda la travesía. Sea como fuere los hombres llegaban a su destino prácticamente desnudos. Yago empezó a sentir el azote del Sol en su piel, reseca e irritada por el efecto de la sal. Solo encontraba un fugaz alivio al humedecerla con agua salada, pero el efecto a la larga era peor, como intentar apagar el fuego con hierba seca. El viaje se había convertido en una sucesión de incómodas penalidades, a cual peor, y solo quedaba el consuelo de que las más severas acallaran aquellas tenidas por más leves.  

 

       El capitán resolvió sacrificar varios corderos y gallinas, aunque la sangre de estos sacrificios se precipitó sobre parte de las hamacas dispuestas en la primera cubierta. El hambre saciada causaba una algarabía festiva entre los pasajeros, cuyos estómagos aún podían disfrutar de los alimentos frescos embarcados. Poco podían imaginar que estas jornadas ya no se repetirían hasta tocar tierra. El cercano arribo a las Islas Canarias, donde se reforzaría el avituallamiento del barco, permitía este dispendio, que no a todos alcanzaba, puesto que solo la tripulación y algunos pasajeros, previo pago,  podían comer carne fresca. El resto tenía acceso al agua, pero debía procurarse la alimentación hasta la inevitable dieta de los bizcochos secos que a partir de los treinta o cuarenta días de navegación se hacían obligados. Cada uno de los tripulantes disponía de un litro de vino al día aproximadamente. El vino o el mosto, solos o mezclados con agua, eran uno de los pocos alivios en las agotadoras jornadas de la marinería. Los primeros días el agua dulce se distribuyó generosamente, fue a partir de la terrible tormenta que zarandeo el buque a los 15 días de abandonar las Canarias cuando se empezó a racionar. De su distribución se ocupó el "alguacil de agua", acompañado por hombres armados. Las ordenanzas exigían que este sujeto, junto al despensero encargado del reparto de la comida, fueran de naturaleza callada y cortés, siendo de absoluta confianza del capitán. Los motines en el interior de un barco eran relativamente frecuentes, siendo el detonante principal tanto el hambre como la sed. 

 

      




Bomba de achique del buque Vasa. XVI



Galeones de España. Cruzar el Océano Atlántico en el siglo XVII
Escorbuto. Musée del Moulages Dermatologiques de l'Hopital Saint-Louis. París


         Las restricciones en la dieta empezaron a tomar una cierta carta de naturaleza, pero aún se hacían tolerables. La tormenta había zarandeado el barco durante cuatro horas, causando severos daños en el pañol donde se conservaba el agua potable y los alimentos en salazón. Era una muy mala noticia. No tardarían en corromperse por lo que el capitán determinó hacer uso de ellos en las siguientes jornadas, hasta que su olor se hiciera intolerable. Mas esta dieta en salmuera, si bien cubría las necesidades alimenticias, exigía incrementar la ingesta de agua que, en las siguientes jornadas, al entrar el barco en una inesperada calma, se hizo perentoria. La tormenta había causado víctimas; diez personas fueron barridas de la cubierta por las olas, pese a que se habían amarrado con sogas a los mástiles. También se perdió uno de los caballos, al desprenderse parte de los tirantes que le anclaban, quedó al pairo de su terror, emprendiendo una corta carrera suicida por la cubierta cayendo al agua para ser devorado por la mar enardecida. Las últimas gallinas vivas se ahogaron en sus jaulas y dos marineros perecieron aplastados por el corrimiento de la carga. Yago comprendió al fin el material sobre el que había construido sus temores. Los desastres que alimentaban las terribles leyendas urdidas sobre este abismo líquido, en el que como una insignificante nuez, flotaba su galeón. No daba miedo aquello que ves, sino aquello que imaginas. Por eso no puede decirse que viniera engañado, al embarcar se había encomendado a la Providencia. Hizo todo lo posible por no ahogarse, aunque las violentas sacudidas del oleaje sobre el galeón a veces le hicieran perder el sentido de la orientación. Hubo momentos en los que juraría haber confundido el cielo con la mar embravecida, tal era el parecido entre el cielo rasgado por los rayos y las aguas rotas por las olas. Cuán cierto era que en estos momentos en los que el destino no acababa de decidirse, la vida toda se nos pasa por delante: su hogar, si a aquella cochiquera en la que había nacido se le podía llamar tal cosa, su madre, su padre también, el primer amor, el primer desamor, las penalidades, los amigos, quizás una vida mejor. 

    Albergaba la esperanza de que las violentas batidas del oleaje habrían aligerado el barco de aquella población de indeseables oportunistas: ratas, ratones, cucarachas y chinches. Mas vano ensueño el suyo, no tardaron en reemprender su saqueo, si cabe más osado y violento. Su presencia se hacía insoportable durante aquella terrible calma chicha que mantuvo tres semanas anclado el galeón, chapoteando torpemente sobre el agua, sumiendo a los pasajeros y la tripulación a una prueba de fuego que solo era acompañada por el tímido movimiento de alguna que otra ola golpeando sin fuerza el casco,  animando así el crujido de las arboladuras.  A veces, una sacudida de las velas llenaba de esperanza sus corazones, pero estas se armaban sin ganas y pronto el paño recuperaba su vertical inactividad. Jarcias y cuadernales se balanceaban monótonamente, un día sí y otro también.
 

─!Moriremos todos¡  Un grito femenino, como el filo de un cuchillo, dejo a todos sobrecogidos, pues a muchos les pareció que anticipaba un destino que se les hacía angustiosamente presente. Era una de las hijas del Gobernador de... La pobre niña no sobreviviría.  De hecho, todos los días se lanzaban al mar cuerpos rotos por la enfermedad, inánimes y debilitados, hasta el extremo de que la muerte les había sorprendido durante las horas de sueño. Los hules o las pieles de cabra, con los que intentaban conservar el calor, eran su mortaja. A veces ni eso. A los muertos se les retiraban hasta los calzones, apergaminados por la sal. La marinería, sobre todo si eran ex presidiarios, disponía de pocos enseres por lo que el reparto era escaso. Si el fallecido era un viajero, lo que era bastante más probable, a la vista de la dureza de los hombres del mar, sus bienes se conservaban hasta llegar a puerto. Con todo el saqueo era lo habitual, y si tenían algún valor, con mayor razón.

 

    Yago supo ver en el rostro grave del capitán la importancia del momento, si no soplaba pronto el viento morirían de sed o de hambre, o de ambas cosas a la vez. Las consecuencias no se hicieron esperar, todo el pasaje, incluido el capitán, estaban obligados a respetar el racionamiento, tanto más cuanto que por un descuido de la tripulación las ratas habían roído la base de numerosas pipas de agua dulce, derramándose su contenido. El resto del líquido empezaba a corromperse; en el interior de algunos toneles había aparecido cadáveres de roedores, y lo que es peor; cucarachas. Pese a ciertos tópicos, el más duro enemigo en un barco lo constituye este insecto voraz. A diferencia de la rata, que se nutre, la cucaracha es un depredador total; se alimenta de todo, incluso de la madera del barco, del metal y de sus propios congéneres muertos. Además posee un olor desagradable que deja impregnado todo aquello que toca. Se dice que Colón, en uno de sus viajes, se vio tan apurado en sus suministros que obligó a su tripulación a comer durante la noche, de esta manera parece que los hombres se mostraban menos reacios a digerir alimentos en deplorable estado.

     Si bien las galletas empezaban a apuntar en el paladar un cierto sabor a moho, Yago sabía que este no era el principal problema. La falta de agua era más inmediata y perentoria. La ración diaria se iba reduciendo, porque el "alguacil de agua", que repartía el líquido dos veces al día,  utilizaba cada vez un recipiente más pequeño en su reparto, mientras que la dotación de marinería armada que lo acompañaba se iba doblando por momentos. Una cosa acarreaba la otra. Los episodios de indisciplina en el reparto se cortaban de inmediato. Un motín era un episodio violento incontrolable, abocado a la ejecución de la oficialidad del buque, porque los insumisos sabían que serían ejecutados de inmediato de no hacerlo. Además muchos de los galeones alistaban a presidiarios, maleantes, fugitivos de la justicia y hasta esclavos. Los presidiarios, que firmaban por un número de travesías, veían compensadas así sus penas, que no eran menores, pero llegaban engañados al mar. Creían que no había castigo mayor que su reclusión. Estaban confundidos. El mar lo era, entre otras cosas porque se trataba de una reclusión en libertad: sin barrote alguno. Los trabajos a ellos reservados eran los más penosos; la limpieza de las sentinas, el trabajo de la arboladura. En episodios de calma, como el que nos ocupa, debían baldear constantemente la cubierta; la ausencia de viento y el calor, resecaban las maderas del puente. La cubierta era constantemente castigada por los elementos, pero la falta de humedad la abría. Los motines solían empezar por alborotos menores a los que no se había sabido parar a tiempo: discusiones, agresiones menores, peleas, amenazas, miradas que matarían de no ser eso... miradas. Toda la oficialidad lo sabía.  El capitán del buque podía tener muchos defectos, estar corrompido hasta la médula; mercancía de contrabando, pasaje embarcado como polizones, sobornos, pero ejercía el principio de autoridad de forma terminante. Cualquier protesta era cortada de raíz y el alborotador principal recluido en total obscuridad en el interior del buque, cerca de la sentina, durante un día seguido. Veinticuatro horas respirando el aliento húmedo y ponzoñoso del corazón del galeón amansaban los corazones más violentos e indisciplinados. 

     Hasta que se agotaron las reservas de vino, este se solía añadir al agua para adecentar su sabor a cloaca. El capítulo del reparto de agua tuvo visos de resignada compostura, pero una vez acabado el vino se hubo de recurrir al vinagre, utilizado a veces para limpiar la cubierta, y en los barcos de guerra, empleado para refrigerar las piezas de artillería tras su uso. El paladar era más grosero pero el vinagre era capaz de aliviar mejor la sed. Cierto día se anunció que el reparto de agua quedaba reducido a la mitad, que no había mas vinagre y que la distribución se efectuaría a media noche. Prácticamente había que tantear el vaso. El capitán resolvió emplear el recurso de Colón y decidió apagar la sed de su tripulación con un líquido baboso resultado de la descomposición de miles de cucarachas caídas al interior de las pipas de agua. Esta repugnante colación a la que se llamaba "agua mareada", fue la ración de agua durante diez días hasta que cierta jornada, precisamente durante el reparto del líquido, Yago notó como una pequeña gota de agua le golpeaba la frente y después otra la mejilla. La tripulación toda, como movida por un resorte, miró al cielo, incrédula al principio,  pero tornando pronto el silencio en gritos de júbilo: la Providencia se había acordado de ellos: estaba lloviendo. Al principio eran gotas pequeñas, como la punta de un alfiler, casi habían olvidado el refrescante tacto del agua pura, pero solo eran unas gotas, no aguantarían otra jornada más sin agua. De pronto, como si sus ruegos hubieran sido escuchados, el cielo todo se abrió y la lluvia empezó a golpear torrencialmente al sufriente galeón. Al principio todos quedaron paralizados, deleitándose con aquella deliciosa afusión,  perplejos, hasta que la fuerza de la realidad les devolvió a su precariedad. No había tiempo que perder, se desmontaron rápidamente las lonas que cubrían tanto la tolda como la toldilla, formando con ellas sendas bolsas con el fin de represar allí el agua dulce. Sacaron de las bodegas todas las pipas vacías, y con ayuda de los calderos y otros recipientes las rellenaron del preciado líquido. Fue entonces cuando descubriendo la causa del extraño sabor del agua, que era debido a los centenares de cucarachas que tapizaban el fondo de los toneles. Afortunadamente el activo gozo que todos experimentaba por aquel milagroso chaparrón consiguió apagar  los brotes de repugnancia. 

    Fue una noche fatigosa y mágica, por eso todos la dieron por bien empleada. La lluvia había traído el viento y las velas empezaron a tomar cuerpo. Ya de madrugada, cuando Yago despertó, sintió el frío del amanecer y por primera vez desde hacía mucho tiempo abrigó sólidas esperanzas de concluir con bien aquella travesía. No fue sin embargo el último episodio desagradable, pues dos jóvenes polizones fueron sorprendidos en pecado "nefando", lo que acarreó el severo castigo de su ejecución, siendo colgados de uno de los palos que vestía el galeón y allí permanecieron balanceándose 24 horas para escarmiento de toda la tripulación. La sodomía, era de todos los delitos, el más despreciado por aquellos hombres tanto tiempo privados de compañía femenina. Un pecado que a fuer de despreciarse acompañaba discretamente la realidad de cualquier travesía y cualquier buque, alimentando con silencios incómodos el diario de la tripulación. Por lo demás la abundancia de agua dulce hizo que las privaciones alimenticias fueran más llevaderas, pese a que las galletas estaban húmedas, albergando en su interior desconocidas larvas.  A veces los tripulantes pescaban algún que otro pez con el que aliviaban su modesta y monótona dieta en la cocina del buque, que solo se encendía una vez al día, cuando el mar estaba más calmo, y que se hallaba dispuesta en la cubierta a fin de prevenir incendios. La inquietante presencia de escualos siguiendo el buque, traía a los más experimentados marineros los peores miedos, siendo testigos y supervivientes de espantosos naufragios en los que la mitad de la tripulación y pasajeros, habían sido devorados por aquellos odiosos monstruos. Afortunadamente los únicos mordiscos que habían sufrido los navegantes eran debidos a las hambrientas ratas. Tanto se habían reproducido en el interior de las bodegas que a falta de alimento se devoraban unas a otras, atacando al pasaje durante las horas de sueño y haciendo de las orejas su manjar mas apetecido. Roían hasta la madera del barco de forma que causaron sendos estropicios por debajo de la línea de flotación del buque. Fue esto y no otra cosa, lo que determinó al capitán a establecer contra ellas una campaña de exterminio, ocupándose parte de la tripulación en este menester,  lanzándolas aún vivas por la borda, lo que contribuyó a acercar al barco a numerosos tiburones atraídos por el desesperado movimiento de los roedores en su denuedo por no ahogarse. Las refriegas fueron numerosas sobre el puente y sobre todo en las bodegas, lo que de alguna manera sirvió para entretener a la tripulación, y sobre todo, a los pasajeros atormentados por la agresiva rapacidad de aquellos animales. Solo en aquel momento empezó a significarse por su capacidad de liderazgo el capellán del barco que, afectado por disentería, había permanecido convaleciente en su camarote de popa durante buena parte del viaje. Nadie se explicaba cómo había podido sobrevivir, aunque su enfermedad se hubiera llevado al menos veinte kilos de su generoso corpachón. Cierto que aquellas operaciones de exterminio redujeron la población de ratas en el barco, pero nada se pudo hacer contra las cucarachas, los piojos y las liendres, las cuales, por cierto, habían empujado a parte del pasaje a aligerar el vello de sus axilas y su entrepierna por el rápido procedimiento de darle fuego al cabello, chamuscándolo. 

    Fue entonces cuando Yago se dio cuenta de que apenas le quedaba la suela de sus zapatos y que el resto había desaparecido. No tardaron en avistar tierra, de forma que la navegación hasta Buenos Aires se hizo costeando. Había perdido todos sus enseres, pero al menos le quedaba una camisa, unos calzones y una cuerda con la que fijar las suelas a sus pies. Suficiente indumentaria para empezar una nueva vida. 

   Yago vivió cuarenta años más, tuvo doce hijos, más o menos, y murió en su cama, rodeado de sus seres queridos. Fue un buen hombre, nunca golpeó a su esposa a la que permaneció fiel, más o menos. Jamás olvidó aquella travesía.

[1] efectivamente el olor no mata, pero si previene de zonas contaminadas por gases nocivos, en este caso se trataría del ácido sulfhídrico


Revisión Ortotipo 10/07/2021


Galeones de España consta de dos entradas:




Galeones. Historia de un viaje en el siglo XVII






Primera Parte



Decía Fray Antonio de Guevara [1480-1545] que la palabra «mar» en nada podía evocar experiencias placenteras pues derivaba ni más ni menos que de «amargura». Su juicio, pues nunca estuvo embarcado, fue resultado de las experiencias referidas por marineros y tripulantes sobre la vida a bordo de los barcos. Desde luego muy alejadas sus vivencias de recreación romántica alguna. Hermoso, sin duda, pero terrible y cruel. Decididamente el elemento del hombre no es el agua sino la tierra que le vio nacer, como ya se ocupó de referir un misionero italiano del siglo XVII  Durante los siglos XVI y XVII centenares de miles de emigrantes españoles decidieron por diversos motivos, aunque la pobreza se apunte como el principal móvil, decidieron, decía, emigrar al Nuevo Mundo y el barco era el único medio para hacerlo. Muchos de ellos perdieron la vida y su esperanza yace desde entonces en el fondo abisal y oscuro del Océano. Aunque hasta bien entrado el siglo XVII la emigración a las Indias estaba prohibida para los no nacionales, el ingenio que proporciona las acuciantes necesidades materiales, la promesa de oportunidades y la esperanza de conseguir una vida más próspera en un territorio inexplorado, hicieron virtud de la necesidad y numerosos aventureros y hombres sin fortuna procedentes de toda Europa acudieron a los puertos de Sevilla y Lisboa dispuestos a embarcar hacia las Indias. No era desde luego una empresa para pusilánimes. 

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Interior de un galeón [picar para ampliar]



          La conocida como  «carrera de las Indias» fue una epopeya aún no suficientemente valorada ni narrada, en la que sufrimiento, coraje y valor se mezclan a partes iguales en ese mar español que fue en algún momento el Océano Atlántico. Cualquiera de estos hombres sin futuro, jóvenes por lo general,  podía suscribir los detalles de este viaje iniciado en la ciudad de Sevilla en torno al año 1630 el día 15 de enero y que llevó 120 días de navegación  con lo que no pusieron pie en la ciudad de Buenos Aires hasta finales del mes de mayo. Esta es la historia de una travesía accidentada que emprendió un tal Yago Garcifernan,  nacido en la Herradura de Granada, en cuya bahía se ahogaron más de 5000 hombres, mujeres y niños en el año de 1562, hundidas sus naves por el feroz viento que asomó desde el conocido como cerro gordo. De esta tragedia tuvo cumplida cuenta Yago por su abuelo que acudió en auxilio de los infelices y por su padre que se lo refirió. En cualquier caso la tragedia tuvo eco en su momento pues Cervantes ya aludió a la misma en el Quijote. Yago miró desde entonces al mar con respeto, cuando no miedo. Su imaginación infantil se ocupó de convertir este y otros episodios de parecido tenor en escenarios que espantaban su alma. Pero el tiempo se ocuparía de borrar la intensidad de su pánico y las penurias fueron tantas y tan continuas que cierto día resolvió abandonar su tierra, pensando que el riesgo merecía la pena y que como a muchos de sus paisanos el Nuevo Mundo le ofrecería otras oportunidades.
          En el año de 1630, como he dicho,  embarcó en un galeón de la flota cuyo nombre había olvidado. Iba provisto solo de dos camisas, dos calzas y un par de zapatos que las ratas se comieron en mitad del Océano por lo que desembarcó descalzo en Buenos Aires. Descalzo, pero vivo. Tomó el barco en la ciudad de Sevilla, en el conocido como «muelle de tablada» en un galeón de más de trescientas toneladas, tan pasado de peso que su capitán temió tocar fondo en algún punto del curso fluvial del río Guadalquivir. Se trataba solo de  quince leguas hasta llegar a mar abierto. Un lecho fluvial de tierra cambiante y traicionera que a pesar de ser conocida por los capitanes obligaba a una navegación lenta, tanto, que a veces el buque debía de fondear hasta que las condiciones fueran favorables. En nuestro caso el exceso de mercancía no se había declarado  en la Casa de Contratación de Sevilla, como era harto frecuente,  por lo que el capitán y sus oficiales, en buena parte responsables de este exceso, en nada podían acudir al alijamiento [aliviar] parcial de la carga desembarcándola, para después, ya en mar abierto, volverla a recuperar. Fue un autentico milagro que los bajos del buque pudieran rebasar la barra de Sanlúcar de Barrameda un muro submarino formado por el aluvión de tierras causado por el rio en su desembocadura. Los bajos del galeón expresaron este difícil momento y su quilla toco ligeramente la arena del fondo. Por primera vez la algarabía de casi trescientas gargantas, las que  atestaban el barco entre tripulantes y pasajeros,   quedó enmudecida ante el temor de que el viaje terminara de forma tan precipitada. Afortunadamente, la arena de la barra se limitó a lijar los bajos del buque, arañando la quilla. El capitán, que tenía por incierta esta parte de la navegación,  había aconsejado al más ilustre de sus pasajeros y a su familia, el Gobernador de.... seguir al galeón a bordo de una barca de pequeño calado embarcando una vez el buque hubiera salvado la barra. Esto efectivamente sucedió y el ilustre pasajero, junto a sus tres hijas, su mujer y diez o doce sirvientes, tomó posesión del único camarote de pasajeros que merecía tal nombre, aposentándose en su interior junto a sus hijas y el servicio femenino, mientras que los seis varones que le seguían formaron una suerte de barricada con sus equipajes ante la puerta del camarote.  Mal presentimiento tuvo por eso Yago ya que la navegación del río les llevó la friolera de siete jornadas, quedando el barco detenido otras dos jornadas más a la espera del Gobernador. 




Galeones Historia de un viaje en el siglo XVII
Galeón español del siglo XVI. Peter Dennis [Picar para ampliar]





          Iba el galeón cargado con 175 pasajeros y una tripulación de 75 hombres, más cuatro mujeres que el capitán había embarcado por su cuenta a fin de que la travesía se le hiciera más leve, además de diez o veinte polizones por cuenta de la marinería, que de esta forma se procuraba unos ingresos extras. Además llevaban tres caballos pertenecientes al Gobernador, una vaca, veinte cerdos, 300 gallinas y un número indeterminado de gatos que debían de ocuparse de mantener a raya a los ratones. Solo el Gobernador había cargado las bodegas del galeón con utillaje que pesaba más de 1500 kilos. Teniendo en cuenta que el galeón media 40 de largo y 8 o 9 metros de ancho, la distribución del espacio era más bien escasa y en ocasiones acuciante. Afortunadamente la tripulación y parte del pasaje dormía sobre hamacas, un sistema de descanso importado del Nuevo Mundo por los españoles y aceptado por todas las flotas de Europa; los camastros podían retirarse durante el día con lo que en parte se aumentaba la movilidad. Los pasajeros que podían  permitírselo habían pagado por estos catres; dormían en seco, pero en cambio debían permanecer en pie el resto de la jornada ya que todo el suelo de la primera cubierta, donde se disponían aquellas, estaba ocupado por otros pasajeros y sus equipajes. Disponían estos de  menos de 2 metros cuadrados para su descanso directamente sobre el entablamento, utilizando someras esteras que a veces eran utilizadas como mortajas en el caso de una suerte funesta. El hacinamiento obligaba a soportar la respiración de sus vecinos, pero también su mal olor, y llegado el caso, los vómitos de aquellos que no soportaban el balanceo constante de los barcos. Cierto que llegado el caso, y ante los grandes temporales, ningún tripulante, incluida la marinería más veterana, era capaz de apaciguar sus estómagos. Las evacuaciones mayores solían efectuarse por la noche, aprovechándose del amparo de la oscuridad, aliviando en parte el  bochorno, pues no existía recinto cerrado para realizarlo. Un cierto avance en este sentido en las flotas había permitido practicar unas letrinas junto al castillo de proa aunque las mas de las veces era preciso encaramarse a    la borda,   confiando en la placidez del mar, si bien prudentemente asido a algún cabo, pues cualquier golpe de mar o un mal paso podía hacer perder el equilibrio. Prácticamente todas las travesías sufrían misteriosas perdidas de pasajeros e incluso de experimentados tripulantes debido a caídas accidentales al agua. Tanto el capitán como la oficialidad así como los pasajeros ilustres, disponían de unos pequeños cubículos donde su intimidad estaba asegurada así como una cierta  limpieza.

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Transporte de caballos en un galeón




          Yago ya había sido advertido de estas circunstancia y había preferido permanecer en la cubierta superior bajo el amparo de sendas lonas que se habían dispuesto tanto sobre la tolda como la toldilla del barco. El hacinamiento en la cubierta inferior había aconsejado disponer este irregular acomodo. El entoldado procuraba una protección ante los calcinantes rayos del Sol. Más adelante se hizo fuerte bajo la escalera que salvaba la altura entre la cubierta principal y la toldilla, los espacios en el barco debían defenderse con uñas y dientes y aquel le permitía hasta cierto grado de intimidad. Le costó repartir algún que otro mamporro y la pérdida de un diente, por su resolución se ganó entre los vecinos una cierta jerarquía. Era esto un reparto de la miseria, porque la cubierta, pasado el Ecuador, castigaba los cuerpos con el frío de las noches, que apenas podía ser aliviado con una piel de cabra que poseía. Sabía que a cambio de respirar aire puro, podía sufrir las penalidades de una mala mar ,incluso, ser barrido del barco por una ola, pero prefería esto a soportar la angustia de la oscuridad de las cubiertas inferiores, en las que no se podía permanecer erguido, y el aire era tan sofocante, que parecía respirarse a través de una esponja humedecida.  Yago observaba con zozobra la pálida geografía de aquellos rostros fatigados, heridos por la luminosidad del Sol pues la única luz que llegaba a las bodegas era la poca que se filtraba a través de los portillos permanentemente cerrados a fin de evitar que el agua irrumpiera en el barco




Continuará............................



Revisión ortotipo 27/07/2021

Galeones de España consta de dos entradas:

El Olor ¿Qué es el olor? ¿Cómo olemos?


Hemos elaborado varias entradas sobre el perfume en este blog, pero no hemos hablado del olor en sí; esa inefable sensación invisible que a veces nos arrebata y otras nos espanta con su punzante intolerancia ¿De dónde sale el olor? ¿Por qué huelen las cosas? ¿Cómo llegan hasta nuestro olfato? ¿Para qué sirve el olfato? ¿Todo huele?

       No, no todo huele, gases como el argón y el hidrógeno, el elemento más abundante en el Universo, carecen de olor. Tampoco huele el dióxido de carbono presente en nuestra respiración ni el monóxido de carbono, llamado «gas asesino» precisamente por este déficit odorante ya que te mata sin que adviertas su presencia. El oro no huele, como tampoco huelen muchos minerales siempre que no sean golpeados o humedecidos. El olor es la capacidad que tienen numerosos seres vivos para capturar los compuestos químicos volátiles  presentes en la Naturaleza, teniendo en cuenta que la volatilidad es la propensión de moléculas y átomos para escapar de un líquido o un sólido. La volatilidad es la principal característica que debe poseer dicho compuesto para ser percibido, además de una cierta miscibiliad en al agua pues de no ser así no traspasaría la fina capa de humedad que protege nuestras mucosas. Nótese el termino compuesto, pues existen muy pocos   olores simples [elementos]. 
    Los olores son el resultado de una combinación de átomos agrupados en compuestos[1]: moléculas  de lo que se puede colegir que el olor es la consecuencia del impacto de una molécula en nuestro sistema olfativo. Los odorantes -moléculas cargadas con información- llegan a través del aire, el agua -los peces huelen- o las sustancias grasas, todos ellos son buenos conductores del olor

Si la fisiología de nuestro sistema olfativo es una estructura admirable, la forma como procesamos el olor es algo maravilloso y complejo tanto que aún se desconoce en parte. Es por eso por lo que el sistema olfativo de los mamíferos compromete hasta el 4% de todo el material genético de la especie. En torno a 1300 genes están comprometidos en el proceso del olfacción, si tenemos en cuenta que solo tres genes intervienen en la discriminación de los colores podremos advertir los intrincados procedimientos habidos en el sistema olfativo. Como resultado de sus avatares evolutivos en la especie humana el número de genes activos ha quedado reducido a 350 siendo los demás seudogenes con nula o muy escasa implicación en el proceso olfativo. 

Nuestra nariz es un dispositivo muy sensible, es un sensor químico. El olfato, junto con el gusto, forma parte de los sentidos químicos del organismo, esto es un inconveniente porque el cerebro suelen trabajar con pulsos eléctricos lo que obliga a transformar la información química aportada por los odorantes al impactar con los cilios que recubren la mucosa. Existen al menos 6 tipos de células a este nivel, aunque cuatro son las que nos interesan, dos de ellas se ocuparían del reemplazo celular[2] en el neuroepitelio, donde se ubica la mucosa, lo que suele suceder cada 30 o 120 días . Otras dos son las que interaccionan con los odorantes a través de los cilios [terminaciones de los axones neuronales] es aquí donde se efectúa el proceso de transducción que comporta el paso de una señal química a otra eléctrica capaz de ser transferida el Sistema Nervioso Central. Estos estímulos se transmiten a través de los axones de las células que abandonan el epitelio formando grupos y se agrupan en estructuras esféricas denominadas glomérulos paso previo al cerebro profundo que organizará la información. 


El olor ¿Qué es el olor? ¿Cómo olemos?
Esquema fisiológico del sistema olfativo


Hasta aquí todo parece muy simple, casi es un engranaje mecánico, pero el olor tiene truco. Los obstáculos comienzan ya en el interior de nuestro apéndice nasal. En realidad nuestro sistema olfatorio es un gran organizador del material volátil disperso en forma molecular. Ya dijimos que la mayoría de los olores que percibimos son compuestos, están formados por varias moléculas que contribuyen, en mayor o menor medida, a la identidad del material en cuestión. El café por ejemplo, su aroma está formado por más de quinientos componentes,el jazmín cien, la rosa 150. el aceite de neroli 125. Se dice que Demócrito [IV-V a.C], el filosofo griego que imaginaba el mundo construido por átomos, consiguió demorar su muerte solo por recrearse en el olor del pan recién elaborado, el cual, por cierto compromete 160 moléculas ¿Cómo puede reconstruir nuestro cerebro la integridad de los odorantes a partir de esta información difusa? Es decir ¿Cómo sabe que una partícula pertenece al grupo aromático de un crisantemo y no a otra cosa? ¿Cómo procesa, por ejemplo, la identidad de una molécula de Beta-ionona que se incorpora tanto en el aroma de una violeta como en el de una rosa indistintamente? Hablaremos de ello en la parte segunda.

[1] Cierto que existen moléculas formadas por un solo tipo de átomos como es el caso del oxigeno O2
[2] Se trataría de células madre


Revisada en Marzo de 2021




El olor de los recuerdos ¿A qué olía tu padre?

Dicen que Napoleón prácticamente se bañaba todos los días en «Agua de Colonia», aficionado a las friegas reconstituyentes solía llevar consigo una botella de esta solución aromática incluso en las batallas, tal es así que los más veteranos soldados de su «Vieja Guardia» incorporaron el olor de esta solución, elaborada por un italiano residente en la ciudad de Colonia, al imaginario colectivo de sus más afines partidarios. Efectivamente hay algunos productos cosméticos, como las aguas aromáticas, que se han fijado en nuestra memoria, se trata de esos productos ligados a nuestro pasado, objetos o experiencias sensitivas, como las del olor, capaces de desatar una tormenta de recuerdos y evocaciones muy intensos ¿Quién de nosotros no ha sido sorprendido por una ráfaga de olor tremendamente familiar que desencadena en nuestra memoria una reexperimentación melancólica del pasado?. ¿A qué olían nuestros padres? ¿A qué olía nuestro padre?. 
Aprovechando que el pasado es aquel lugar en el que se fijan a fuego los recuerdos queremos recuperar un producto de nombre añejo, pero al que muchos asociamos con la  masculina autenticidad de nuestro padre: «Varón Dandy». Un agua perfumada que se vendía por litros y que se utilizaba generosamente después del afeitado causando un ardor en la piel que solo el sufrido y resistente ánimo de nuestros progenitores toleraba. Se comercializó en 1919 como producto estrella de la casa Parera, fundada por Joan Parera Casanovas, aunque el producto data del año 1912, incorporaba las refrescantes notas de los cítricos en su composición, y esto, junto al alcohol, era lo primero que estallaba en las narices pues no en balde se utilizaba como aftershave. Poco trabajada, no era en modo alguno un perfume con glamour, pero era justa en su masculinidad, de hecho, la publicidad llegó a presentarla como «el más alto blasón de la elegancia varonil» con el fin de resaltar su naturaleza viril. Recordemos que el hombre español de mediados del siglo XX era un sujeto sin matices, duro, dicen que sufrido, parco y con frecuencia autoritario. Las etiquetas al uso colocaban al hombre en una categoría en la que cualquier hermoseamiento del cuerpo era impropio a su carácter. «Varón Dandy» se convierte en la loción estrella de la postguerra española acompañando el pestazo a tabaco negro y aguardiente con el que muchos de nuestros padres estaban familiarizados y que tanto ilustraron nuestras narices. 

Varón Dandy el agua de colonia más veterana de nuestro país
Varón Dandy el agua de colonia más veterana de nuestro país en cerrada disputa con otro clásico del tocador femenino: Alvarez Gómez

Una evolución del «Varón Dandy» lo encontramos en la marca «Brummell», un sello con aspiraciones pero que definitivamente ha quedado relegada a los estantes de los supermercados donde no hay malas colonias, pero claro, solo hay eso: colonias. Parece que la casa Puig quiso auspiciar una marca odorífera con mayor distinción y un punto de jovial modernidad, su éxito queda reflejado en el hecho de que ya veteranos  usuarios de «Varon Dandy», un tanto fatigados de los acordes del clásico, evolucionaron hacia esta etiqueta, aunque en general responde ya a las expectativas de una nueva generación de hombres nacidos en los sesenta. El producto fue lanzado en 1975, con lo que cronológicamente se corresponde ya con la siguiente generación de varones. Son la generación de la transición española, aquellos que quieren dar un paso hacia la modernidad pero sin desafectarse en sus gustos de un punto de distinción. El nombre elegido, Brummell, se define por ese aspecto de exclusividad.  Brummell cuyo nombre completo era George Bryan Brummell [1778-1840] y que fue conocido en su época por el sobrenombre de «beau Brummell» [le hemos dedicado una entrada en este mismo blog], fue un diletante inglés conocido por marcar la moda de su país durante parte del siglo XIX. Embebido de su soberbia, ocurrente y faltón, oso llamar «gordo» al mismo rey de Inglaterra Jorge IV lo que le valió el exilio de la Corte y su caída en desgracia. Brummell, como casi cualquier producto de similares características, incorpora cítricos, pero los toques amaderados le dieron una particular personalidad. 


Tabac, un producto de la perfumería alemana
Tabac, un producto de la perfumería alemana

Una peculiar evolución lo encontramos en otro clásico que ha conseguido permanecer joven: Tabac y su inconfundible packaging de principios de los años 80, un envase de vidrio blanco, aporcelanado, en el interior de una caja amaderada. Se presento en el año 1959 siendo el producto de perfumería más afamado de Alemania [excepción hecha del «agua de colonia» claro y la incombustible 4711]. Es un material más trabajado que los anteriores, aunque esto no necesariamente se traduzca en mayor calidad. La presencia del almizcle combinado con otros exótica: el sándalo por ejemplo, y acompañado por la hoja de tabaco la hacen inconfundible. Este, sin duda, es el olor de mi padre.







España. Historia del Perfume. Apuntes.



    El perfume siempre ha sido testigo, y no precisamente mudo, de los grandes momentos de la Humanidad. En la Edad Media, como otros bienes muebles, servía para aliviar en parte un tiempo cruel y arbitrario, en el que los hombres parecían soportar la Historia como un peso; inermes, sin alivio alguno a sus muchos pesares.

   La Historia del Perfume, y por no decir la de su hermana mayor; la cosmética, está aún por escribir en nuestro país. La documentación es escasa, cabos sueltos aquí y allá. Es necesario filtrar una gran cantidad de información para obtener ralos resultados, pero sobre todo hay que saber buscar. Si este empeño se orienta hacia un periodo tan fuertemente manido en acontecimientos «tipo» como es la Edad Media peninsular, el anhelo es doblemente dificultoso, porque a la limitación de las fuentes se une el discurso oficial, que raramente se desvía de los tópicos al uso: Reconquista, Reinos Cristianos, Reinos de Taifas, cronología de los Reyes y cosas por el estilo.

    Este páramo testimonial, la cicatería de las fuentes, la endiablada lexicografía, o la mera displicencia hacia lo que se consideran evidencias menores de la Historia, pueden llevarnos a considerar que el conocimiento en torno al perfume debe, por lo que respecta a la Edad Media española, sufrir una elusión; como si no hubiera existido. Pero esto no es así. Hemos encontrado un mecanismo capaz de reconstruir una parte del pasado a partir de la «deducción contextual» que, grosso modo, pasa por exprimir los datos que verazmente poseemos, para deducir de estos, escenarios no previstos en el guion original. 

    Claudio Sánchez Albornoz, notable medievalista, intentó una aproximación al cifrado de la vida cotidiana en una ciudad del año 1000, probablemente se estaba refiriendo a León. Este hombre manejaba una descomunal cantidad de legajos, incunables y fuentes, además de escritos originales. Se extendió con sabiduría y paciencia, sobre los abundantes útiles y artefactos que acompañaron la vivencia de un sujeto del año 1000. En realidad Albornoz pertenecía a una generación de historiadores volcados en disputas metafísicas sobre la «esencia o el ser de España», y para los que la vida material  era una mera acumulación de objetos que en nada se relacionaban con las personas, carecían de importancia o era difícilmente visibilizables. Vivía un paradigma cultural en el que no había lugar para encajar sustancias que recrearan el olfato; no merecían ser historiadas. Y eso que este aspecto hedónico de la realidad estaba frente a él: menciona Albornoz los numerosos especieros que adornaban las mesas de los ricos hombres de la ciudad, pero vincula su presencia solamente con los usos culinarios de la época. 



Antiforario de la Catedral de León
Antiforario de la Catedral de León

    A poco que hubiera sido sensible a la actividad comercial y suntuaria de la época, habría reparado en el importante compromiso aromático de «las especias» que adornaban aquella mesa: canela, azafrán, acaso clavo. Productos exóticos destinados a adecentar la aburrida dieta de las clases pudientes, saborizantes, pero sobre todo, bienes olorosos. En sentido estricto no existe el sabor a canela, existe el olor a canela, y ese olor es el que acompaña la ingestión de una vianda de origen oriental y que recibe tal nombre. La canela, junto a otros «simples», posee también una utilidad fragante, era un implemento básico para cualquier ungüento aromatizado destinado a sofocar los descuidados olores corporales, y seguramente se utilizaba en la ciudad de León, aunque no haya testimonio de esto que refiero. Con este mismo espíritu abordamos y nos replanteamos el episodio, casi arqueológico, de Santa María del Naranco en el lejano 842, que parece destinada, pese a la ornamentación religiosa de su título, a una suerte de explotación lúdico cosmética de la monarquía astur-leonesa, tenida como heredera del reino visigodo y sin el menor compromiso religioso en su planteamiento. Nos inclinamos por esta perspectiva a la vista de lo que parece un baño o caldarium situado en la planta inferior del edificio. Esto daría pábulo  a la consolidación rutinaria de una cultura hedonista, capaz de sobrevivir a los rigores teológicos del cristianismo medieval más montaraz, y ya apuntando a un modesto pulso en la cultura urbana. Otro autor, Menéndez Pidal, entre el colosalismo de su Historia de España[1], también deja penetrar algún que otro hilo de vivencia íntima en su crónica de los siglos XI y XII, cual es su aproximación a las escuetamente confortables residencias de la nobleza; atemperada la fría superficie de sus losas por pequeños escabeles sobre los que reposar los pies, evitando así el frío invernal, pero también cubiertas por flores y plantas fragantes en primavera y verano.

    Con todo, no sabemos casi nada de cómo olía la Edad Media más allá de los consabidos tópicos. En realidad nunca lo sabremos porque, aunque formalmente pudiéramos recrear una presentación aromática del pasado, la percepción no sería la misma. El olor tiene una peculiar querencia por embeberse de todo lo que le rodea: la luz, la calidad del aire, el tipo de planta utilizado como materia prima, la piel sobre la que se impregna. No existen casi olores simples en la Naturaleza, todos son mezcla. Mas dicho esto, sí que podemos rastrear sus ocurrencias, completando poco a poco un paisaje desdibujado. Por eso retornamos a León. Aquí nos aguarda otra provechosa e ilustrativa pieza; se encuentra en su Catedral, es un manuscrito litúrgico del siglo X,  ilustrado en el folio 271v. Se trata de una composición con tres personajes que nos brinda un nuevo indicio; esta vez atañe al envase en el que se solían conservar los productos aromáticos. En este caso se trata del «óleo sagrado»; observad el cuerno litúrgico empleado por la autoridad eclesial para ungir a un desconocido monarca. Pese a la sencillez, casi infantil, de la ilustración no hay simbolismo alguno, es totalmente realista y el pintor refiere lo que ve: «un cuerno». ¿Qué sentido tiene esto? Pues bien, a falta de un recipiente más adecuado los cuernos eran uno de los útiles dispuestos  para la conservación y el transporte de los valiosos aceites esenciales, aprovechando la impermeabilidad que le proporcionaba la queratina de su estructura. En realidad «el cuerno» fue el envase ideal para un producto aromático de origen animal llamado «algalia», de origen árabe, que fue muy reputado hasta el siglo XVI y principios del XVII, tanto en la corte española como en el resto de Europa[2]. Así pues, como decía, vestigios de esta naturaleza adecuadamente contextualizados, permiten colegir la existencia de una técnica, si bien minoritaria, destinada a satisfacer las placientes inclinaciones aromáticas de los poderosos, apuntando también a un plausible comercio de exótica con el sur Peninsular.

    Cabe decir que, incluso la extrema pobreza, o la mera subsistencia de la mayoría de la población sometida a un permanente precario existencial, permitía a los más modestos personajes conservar espacios para la recreación olfativa. La magnitud de la penuria en la que las gentes del común vivían, queda bien reflejada en la crónica de un viajero medieval, Aymeric Picaud; observa este que los habitantes de los valles vizcaínos y alaveses carecen de cualquier ropa interior pues, acuclillados para calentarse enseñaban sus partes íntimas, fueran hombres o mujeres; comiendo todos del mismo plato y bebiendo de la misma jarra. Sanchez Albornoz refiere que hasta las mismas puertas de las casas podían ser embargadas y retiradas del marco por deudas. La arbitrariedad de los poderosos, el hambre y la enfermedad añadían un plus de fatalidad. Piénsese que un hecho tan corriente como la perdida de la dentadura abocaba a las personas a triturarse la comida si no quería perecer. La vida era terrible, las condiciones que se procuraban entre sí los hombres no enmendaban en nada la dureza del medio. A las enfermedades se unía la constante amenaza de los lobos, los accidentes que dejaban incapacitado. El hambre era la condición natural de cualquier siervo, atormentado de común por los rugidos de su estómago. La pérdida de los seres queridos procuraba una dureza de ánimo rayana en el desapego; la crueldad y la indiferencia entre todos y hacia todo. Se destacaba el pavoroso miedo a la muerte tras una vida cumplida de excesos que eran, paradójicamente, el único medio de sobrellevarla sin perder la cabeza. Las mujeres morían antes que los hombres, sometidas a un plus de riesgo que llegaba de la mano de sus numerosos embarazos y partos, hasta el punto de que la viudedad masculina era frecuente, si bien, por escaso tiempo, toda vez que volvía a matrimoniar o emparejar. Los huérfanos podían ser o no aceptados por la nueva pareja, por lo general el padre solía desatenderse de su prole cuyo destino quedaba al albur de la recién llegada. En el mejor de los casos su existencia no debía interferir en el bienestar de los niños que estaban por llegar como resultado del nuevo matrimonio. La mortalidad infantil no se explica solo por la virulencia de las enfermedades sino que compete también al instinto de supervivencia de sus progenitores, incapaces, las más de las veces, de procurar sustento a sus necesidades más básicas. Llegado el caso, los hijos se vendían, se infantizaban, se les dejaba perecer inánimes. El sistema era cruel, las penas extremas y los hombres apalizaban a sus mujeres y a sus hijos después de haber sido apalizados ellos mismos por el señor feudal. Con veinticinco años se era viejo. 

    Nada nos impide curiosear en la vida de cualquier personaje,. En realidad esto es lo que les saca del anonimato de las masas, ofreciéndonos la posibilidad de empatizar con ellos. Me permito acudir a una de esas personas que nunca aparece en los libros de Historia, soporta la Historia, es protagonista de la Historia, pero la Historia le niega un nombre. Tomemos al azar cualquier mujer.....Esta misma. Se llama María. Tiene veinte años pertenece a una clase que fluctúa entre la indigencia y el relativo bienestar que le proporciona una vaca y un pequeño terreno. Cualquier mal año la convierte en pobre de solemnidad. Entre tanto, puede, llegado el caso, acompañar la alimentación de sus cuatro hijos con la leche de la vaca. Esta vale tanto como cualquiera de sus retoños, por eso la vaca se encierra por la noche con el resto de la familia dentro del chamizo que les sirve de vivienda, separada solo por una cuerda de esparto para impedir que el animal les pisotee durante el descanso ....................


[1] Como es bien sabido se trata de una obra de 60 volúmenes.
[2] En realidad el "cuerno de algalia" se convirtió en una unidad de medida. 



Nota: El Texto pertenece al libro «Sobre el olor y el Perfume». Capítulo «El Perfume en España». Está sujeto a las limitaciones de la Ley de la Propiedad Intelectual.

Revisado: 04/07/2021



Historia. Filosofía y Mito alrededor del Perfume y del Olor

Volvemos, un año después. Hemos estado trabajando en esto Si quieres saber más.

Califato de Córdoba. Califas y Emires del Califato de Córdoba. Línea del Tiempo



ALMANZOR
Almanzor


Emirato Independiente de Córdoba


  • Abderraman I                         756-788
  • Hixem I                                  788-796
  • Alhakam I                              796-822
  • Abderraman II                       822-852
  • Muhammad I                         852-886
  • Al-Mundir                              886-888
  • Abd Allah I                            888-912 

Califato Independiente de Córdoba 


  • Abderraman III                      912-961
  • Al-hakam II                            961-976
  • Hixem II                                976-1013  
  • Sulaimán al-Musta'in           1013-1016
  • Alí ben Hamud al-Násir       1016-1018
  • Abderraman IV                   1018-1018
  • Al-Cásim al-Mamún            1018-1023
  • Abderraman V                     1023-1024
  • Muhammad III                     1024-1025
  • Yahya I al-Muhtal                1025-1027
  • Hisham III                             1027-1031


                                   Reinos de Taifas