Persia, un mundo por descubrir. Lo que debemos a los persas

 

Jerjes, rey de los persas


Persia e Irán, dos realidades complementarias


Hace ya casi mil quinientos años arribaron a las costas de la actual India, procedentes de Poniente, un grupo numeroso de personas ataviadas con ropa extraña y hablando un idioma extraño. El gobernador de la zona se interesó por su origen y sus intenciones. Llegaban de un país lejano llamado Persia, huyendo del huracán musulmán, que no tardaría en llegar a la propia India, y su intención era pacífica: disolverse como un azúcarillo se disuelve en el agua del universo hindú, es decir, mestizarse. No lo hicieron, pero mantuvieron una actitud pacífica, colaborativa y hacendosa; se reconocían en su nueva tierra como parsis, una gota de agua en un mar de hindúes, pero tan orgullosos de su herencia, sus costumbres y su religión que tan solo los nacidos de hijos parsis podían profesar la religión y ser admitidos en la comunidad parsi. Hoy las cosas no son tan estrictas, pero no todos son bienvenidos en esta próspera comunidad.


Efectivamente, los parsis son, pese a su insignificancia numérica, un colectivo muy influyente tanto en la India como en Pakistán: políticos, intelectuales, grandes industriales [la corporación TATA pertenece a una familia parsi] e incluso populares en Occidente gracias a personajes como el infortunado Freddie Mercury. Los parsis fueron los últimos testimonios humanos de una civilización brillante que claudicó bajo la espada del islam en el año 650, tras un progresivo proceso de conquista. No desapareció, desde luego; su solidez cultural acabó por embeber la rústica belicosidad de los árabes, que acabaron por aceptar su sofisticada cultura, pero los hombres del desierto sí que se ocuparon de enterrar parte de su patrimonio más esencial: su religión.


Durante siglos, los iranios practicaron una religión monoteísta anunciada por una figura esencial: Zoroastro, un profeta determinante, pues su influencia se extiende a la cultura judaica y, a través de ella, al Occidente cristiano, y también a los principios que inspiran el Corán, cuya idea del Paraíso deriva directamente del persa, así como al concepto de buenas y malas acciones que serán determinantes en el juicio final. La escatología cristiana, a través del judaísmo, incorpora las figuras de los ángeles y los demonios, así como la creencia en un Dios único de naturaleza bondadosa que interviene positivamente en el decurso del tiempo. En un terreno más entrañable, el Zend-Avesta, el libro sagrado de los persas, es una de las fuentes de las que se nutre la Biblia y, al igual que la tradición islámica, incorpora un principio determinante en la religión: existe un principio del bien y otro del mal que dejan huella, merecen un premio y un castigo; nuestros actos en el mundo no son inocuos. El Avesta recoge relatos incorporados a la tradición cristiana, como la presencia de los Magos de Oriente, que son efectivamente eso: magos, nigromantes, observadores del cielo; una narrativa que expresa una inquietud por la dinámica astral y la observación como medio precientífico para llegar a conclusiones verificables. También nos ofrece el Avesta un relato que nos resulta extraordinariamente familiar, en el que se anuncia el nacimiento de un redentor, Zoroastro, que será perseguido con el fin de darle muerte.


Aunque todos los pueblos tienen una variedad cromática que va del blanco al negro, conocemos la civilización persa a través de los prejuicios formados por los griegos en sus conflictos. Se trataría de una guerra psicológica que acompañaría al conflicto puro y duro de la civilización helénica con la persa. Fueron las fake news de la antigüedad, transmitidas a la cultura clásica como una amenaza real para Occidente. Alejandro Magno, que no era griego, pero que sí bebía de su cultura, empezó la conquista de Persia como un macedonio y progresivamente se fue mestizando, de tal manera que su imperio tuvo más de oriental que de helénico. Los últimos avatares de la cultura persa fueron escritos por los rústicos árabes en su conquista del mundo, a tal punto que, cuando sus guerreros tomaron los palacios de Ecbatana, Susa o Persépolis, quedaron maravillados por la sofisticada y delicada cultura iraní. Tal era su ignorancia que se dice que llegaron a confundir con harina el almidón que utilizaban los iranios. Harún al-Rasid, quizás el más eminente califa musulmán, empleaba tecnología persa para refrescar sus pabellones de descanso, utilizando al efecto una técnica desarrollada por estos que consistía en levantar paredes dobles, rellenando el hueco entre ambas con nieve traída de las montañas. De los iranios tomó prestadas las capas de seda, la poesía, el arte de la jardinería, el sitr o velo semitransparente que separa a los califas del resto de los mortales en las recepciones públicas, también el arte de la buena cocina y hasta el uso de las zapatillas. Sobre esto último conviene recuperar la anécdota, referida a la madre del califa Al Mutadid (857-902), muy inclinada a estas cómodas prendas, que reponía semanalmente, y cuyas suelas se habían impregnado con exóticos aromas. Los griegos hablaban de la extraordinaria comodidad de las camas persas, que, por lo visto, fueron los inventores de los primeros colchones de agua capaces de atenuar la feroz climatología de los desiertos. Los primeros apuntes sobre las buenas maneras en el comer llegan de la mano de los persas, que llegaron a convertir el empleo de la cosmética en un arte. Pero no solo fueron competentes en las artes de la vida; también, en el desarrollo del intelecto, alcanzaron cotas importantes ya bajo el dominio del islam. Avicena, Hali Abbas, Rhazes, al-Thusi y Ferdowsi constituyen destacadas luminarias del ingenio persa en filosofía, medicina, química, astronomía y literatura.