feat0

Parsis: la religión amable

Son los Parsis, una comunidad religiosa que viajó desde Persia (Iran) hasta la India hace de ello mil años. Son muy pocos; una gota entre un océano de Hindúes, pero tienen un extraordinario poder económico, industrial y cultural en este formidable país. Su religión se pierde en la memoria de la humanidad. Su Dios se llama Aura-Mazda y su profeta, Zaratustra. Practican una religión amable y solidaria que tiene, en cambio, reservado el derecho de admisión; no hacen apostolado, de tal forma que solo es Parsi quién nace Parsi. Los perritos son para ellos animales sagrados........

Leer Más
feat2

La apasionante vida de las hormigas. Amor y guerra en el hormiguero

La vida de Sonia no es nada fácil. Su madre no la puede atender como ella se merece. No es de extrañar, Sonia tiene veinte millones de hermanos. Sonia es una hormiga y la sorprendemos en un momento importante de su vida: se muda de casa. Esta es la Primera Parte de un viaje al mundo de las hormigas del que nos encontramos tan satisfechos que se encuentra entre nuestros favoritos. No es para menos, estos seres diminutos serían los dueños del planeta si no tuvieran tantos enemigos. La fotografía es de Andrey Pavlov

Leer Más
feat3

Venenos. Envenenadores y envenenados.

Os presentamos la serie Veneno. Unas entradas (post) de los que estamos bien satisfechos. Nos ha costado lo suyo pero ha merecido la pena. Después de documentarnos como lo hemos hecho no somos ya los mismos. Pensamos que las sepulturas están llenas de pobres infelices a los que alguién, que no les quería nada, les ha enviado al otro mundo antes de lo que era menester. Y no son casos contados, son miles, decenas de miles.........quién sabe. En cualquier caso bastantes más de los que pensamos ¿Exageramos? Bueno, juzga tu mismo y lee

Leer Más
feat4

La historia del pañal

Estos pantalones sin entrepierna que utilizan los niños de corta edad en China se llaman "kaidangku" y tienen ya un largo recorrido. Al parecer se utilizan en China desde la época de Mao. Están en vías de extinción y poco a poco son sustituidos por los pañales desechables. En Occidente, sin embargo, los pañales de un sólo uso se ven cuestionados y regresa el pañal reutilizable...

Leer Más
feat5

Marca España: Una historia de ovejitas

La epopeya de esta ovejita no tiene nombre. Fueron dueñas de La Península Ibérica durante siglos. Cuidadas y mimadas hasta la extenuación. Protegidas con celo por Reyes y pastores pues su lana se consideraba y se considera única. Víctima de secuestros y tráfico ilegal con el proposito de conseguir suficientes ejemplares para asegurarse su reproducción. Estimada como pocas especies en Argentina y Australia. Es una institución en Nueva Zelanda donde ya la consideran una especie propia. Es la oveja merina española, un animalito que ha conquistado el mundo. La foto es de National Geographic

Leer Más

Mujeres. El Reino de las Mujeres. Una experiencia social en el siglo XV

 


El reino de los placeres y las delicias del sultán Ghiyath  


Desde el principio de los tiempos el hombre ha aspirado a la felicidad. Para ello, ha construido espacios ideales de convivencia, lugares en los que las duras aristas de la existencia hubieran sido superadas. Los llamaron de distintas maneras: Yanna,  Edén,  Paraíso,  Campo de Juncos,  Arcadias,  Shambhala..... Casi todos eran la culminación de propuestas religiosas o cuasi religiosas cuya validez era imposible de verificar. Existen excepciones, muy puntuales, en los que el ánimo de un visionario intenta aclimatar al mundo real un lugar idílico en el que la paz, el orden, la ausencia de violencia, la belleza; ¿y por qué no? también el placer, fueran los bastiones de ese microcosmos social. 

Hemos de viajar al siglo XV, en el Sultanato de Malwa, en el centro  de la India. Transcurre el año 1469, el sultán ha muerto y Ghiyath Shahi, su hijo, se convierte en el nuevo gobernante. Ha guerreado por su padre durante los últimos 30 años al frente de su ejército, batallado un día sí y otro también. De tal forma que el reposo de una jornada solo anticipaba la batalla del día siguiente. No había piedad, ni para mujeres, ni para niños. Se arrasaban las tierras con sal, se enterraba vivos a los prisioneros, se daba fuego a las viviendas con sus habitantes dentro y las tierras se regaban con sangre. El norte y el centro de la India eran un hervidero de atrocidades, musulmanes peleando contra musulmanes, musulmanes contra hindúes, hindúes contra hindúes. Nadie que se tenga por ser humano puede salir de esta experiencia sin haber sufrido radicales transformaciones; Ghiyath Shahi había cambiado. Creía que ya había hecho lo suficiente por su reino y aquella carga que recibía como heredero la iba a utilizar para el fomento de la paz, la belleza y el placer. Así pues, su primera determinación fue la de delegar en su propio hijo las competencias más amargas del poder, en tanto que reservaba para él un proyecto en el que su imaginación había venido trabajando en los duros años de la milicia. Se propuso impulsar una corte en la que la violencia no tuviera cabida, fomentando la instrucción y las bellas artes, dando carta de naturaleza a todas aquellas actividades que facilitaran las disciplinas o habilidades destinadas a aplacentar los sentidos, como la comida, el sexo, la caza, la filosofía, perfumería, etcétera. Para ello y como buen conocedor de la naturaleza humana, contrató un ejército formado solo por mujeres turcomanas y abisinias porque, si bien la paz era uno de sus objetivos, sabía de los muchos peligros que amenazaban su proyecto. 

Ghiyath Shahi había advertido que los únicos momentos de felicidad durante sus muchos año de feroz guerrero se los habían proporcionado las mujeres del harén. No era el único gobernante del mundo musulmán que se había refugiado en los harenes con el fin de encontrar entre sus paredes momentos de asueto y reposo, pero en su caso la convivencia con las mujeres del harenato puso en valor las muchas virtudes del género femenino, hasta el punto de hacerle más grata la compañía femenina que la de los hombres. Ellas habían monopolizado la belleza, tenían un trato afable, eran alegres por naturaleza y su objetivo en la vida parecía estar destinado a conseguir la felicidad para sí y para todos aquellos que las rodeaban. Además, su conversación era en extremo inteligente y mantenían una altura intelectual que ya desearan para sí muchos ceñudos varones, Dominaban todo aquello que el hombre tenía por bueno y que parecía haber sido creado por Dios para agradar su enérgica y violenta existencia: empezando por la comida, las artes de la relajación, las conversaciones teológico filosóficas, el arte del perfume. Todo esto le llevo a diseñar un plan que iba más allá del recinto del harén y que pasaba por activar socialmente al género femenino, teniéndolas de esta manera por el principal activo de una nueva ciudad. Hizo de  Mandu su nueva capital, aunque la urbe  pronto empezaría a conocerse como Shadiabab «ciudad de la  alegría», ya que las intenciones del sultán eran la de reglamentar el placer como el principal elemento inspirador de su legislación y gobierno. 

        Los años que Alá le permitiera permanecer en este mundo los dedicaría al placer, pero no solo al placer propio, perspectiva que en nada beneficiaria su propuesta hedónica colectiva, sino un placer que estuviera al alcance de todos aquellos que le rodearan, pues solo así, socializando el confort podría él gozar completamente.  Como quiera que había encontrado entre el sexo femenino una disposición natural hacia la convivencia cortés y pacífica, decidió rodearse de mujeres para su proyecto urbano y social. Mandó pues edificar varios palacios, uno de ellos conocido como «el barco» porque su forma recordaba la de una quilla, también jardines y barracones, así como amplias piscinas destinadas al solaz de él mismo y su población femenina. Jahangir, uno de los emperadores mogoles de la India, estimaba que 15000 mujeres habitaban las dependencias[1] habilitadas por  Ghiyath Shahi.  Ellas, como ya he referido, no solo se ocupaban de las competencias defensivas, sino de la instrucción y la enseñanza de aquellas niñas que destacaban por su interés y capacidad, hasta el punto de que «las madrazas», escuelas coránicas se habilitaron específicamente para proporcionar enseñanza a las mujeres. De ellas dependía la administración de este reino, llamado impropiamente epicúreo. Las más instruidas y brillantes nutrieron el círculo íntimo del sultán, adornando intelectualmente las sobremesas con vivas y divertidas discusiones o sesudas disputas religiosas y filosóficas. También eran mujeres las que le acompañaban en jornadas de caza, en las que el propio Ghiyath Shahi había cifrado uno de sus momentos de mayor solaz. Solía decir que la felicidad de un hombre era completa cuando viaja a lomos de un elefante, acompañado por una buena conversadora, saboreando una buena bebida y refrescados sus pies con pasta de alcanfor. Se le consideró un gran mecenas de la perfumería y la química, pues en la India es esta última disciplina la que responde de la impagables variedad de aromas que generó el país. Toda esta experiencia vital quedo delicadamente ilustrada en un texto conocido como «Nimatnama» (Libro de las Delicias), texto rapiñado en su momento, como botín de guerra, por la siniestra Compañía Británica de las Indias Orientales (una empresa privada en la que la monarquía Británica había delegado la gestión de la India), y hoy expuesto en el Museo Británico. En este delicioso libro se paginan, ilustración a ilustración, los numerosos episodios vitales que durante más de treinta años constituyeron la actividad diaria de este «gran vividor»: higiene, elaboración de menús, festines, francachelas, imágenes de caza, bucolismo, y un apartado especial dedicado, como ya he referido, a la elaboración de perfumes. Aunque fue un gobernante pío y devoto, nos cabe la duda de que se retrajera en todo momento del consumo de narcóticos, pues el Subcontinente Indio ha manejado históricamente los opiáceos casi de forma litúrgica. El espejo infinito de reyes, reyezuelos,  príncipes, sultanes y castas guerreras de la India medieval apunta a un consumo protocolizado y habitual, tanto de alcohol, como de otras sustancias embriagantes (de hecho, varios emperadores mogoles, de estricta obediencia coránica, fueron alcohólicos). El Libro de las Delicias exhibe también un capitulario dedicado al sexo, la peculiar y delicada literatura sexual de la India encajó perfectamente con el sensualismo de los conquistadores musulmanes, embebidos de la tradición arabo-persa. El apartado dedicado a la perfumería[2] en el Libro de las Delicias es consistente con lo antedicho por un doble motivo, primero porque el perfume se ocupa de vestir y acompañar la seducción y segundo, porque la materia prima comprometida en la elaboración de bienes fragantes posee propiedades que van más allá de sus virtudes olorosas. Ghiyath Shahi propone, por ejemplo, una pomada que reactivaría el deseo sexual y que se aplicaría sobre la piel. 

        Ghiyath Shahi  vivió como quiso y cuanto pudo. Vivió hasta que un día su hijo, aquel en quién había delegado la gestión del país, decidió matarlo. Parece ser que utilizó el veneno para ello. A continuación se ocupó de borrar toda la obra de su padre, haciendo retornar a las mujeres a sus oficios habituales y a su habitual dependencia.



[1] Jahangirnama

[2] J.García. «Acerca del Perfume y el Olor»


También podéis ver:

Mogoles de la India. Perfumes

Inmolación de mujeres en la India: el sati



ACERCA DEL PERFUME Y EL OLOR. OLOR Y PERFUME

 



ACERCA DEL PERFUME Y EL OLOR


Me ha llevado diez años de trabajo, pero por fin es una realidad. Está publicado en Amazon, y aunque no era mi plataforma ideal, buenos y cercanos consejos han acabado por decirme. La búsqueda de canales adecuados, quiero decir editoriales dispuestas a publicar el trabajo de un autor desconocido, es desalentadora, aunque comprensible; arriesgar el dinero en un proyecto editorial requiere buenas dosis de compromiso y fe. Ni uno ni otro forma parte de los criterios comerciales de cualquier empresa que se tenga por tal, al fin y al cabo una editorial es una empresa que busca el beneficio, y en el peor de los casos, esquivar las pérdidas, además de no perder reputación publicando cualquier memez. Este, sin duda, es el aspecto más amargo de un escritor novel que, en numerosas ocasiones, se ve obligado a utilizar soportes tenidos por menores o inapropiados. !Quién sabe¡

Veamos. Este es un ensayo; un ensayo que ofrece un recorrido narrativo en torno a cinco grandes civilizaciones y culturas: Egipto, Mesopotamia, Grecia, Roma y la civilización Araboislámica. En este caso, el guión queda señalado por un aspecto tenido por menor, algunos opinan que frívolo: el Perfume. La percepción de esta gentileza del olor que es el buen olor, pese a parecer irrelevante, acompaña el trayecto vital de la especie desde hace milenios y tiene una continuidad en el tiempo. Esta perdurabilidad obedece a imperativos de naturaleza biológica: el perfume remunera los sentidos, pero también es cultural. Todas las civilizaciones han encontrado en la recreación olfativa, bien una fuente de inspiración, bien un elemento primordial en su liturgia religiosa, o sencillamente, un instante de recreación sensitiva. Pero el bienestar olfativo no es gratuito, determinó toda una sofisticada técnica para la elaboración de productos gratos al olfato. Sus exotica fueron uno de los principales objetos de codicia, alimentado las vías comerciales entre Oriente y Occidente, bien a través de la ruta de la seda y la de las especias o a lomos de camellos, en interminables caravanas, atravesando los desiertos arábigos y asiáticos. Pero el perfume no solo es un objeto; es también una emoción, al ser una particular instancia del sentido del olfato, participa de las peculiares propiedades de este sentido tan menoscabado en la historia. Su faceta hedónica determina vivencias difícilmente objetivables, es, en este sentido, una experiencia única e intransferible. Vivimos el perfume de una manera personal; como filosofía, pero también como mito, y hasta lo incorporamos a nuestros códigos sociales, lo que le hace antropológicamente apetecible. Mas el perfume es solo una de las evidencias del sentido del olfato, hay otro aspecto más inquietante en la olfacción: el hedor. Perfume y hedor, como ya refiero en el texto, utilizan los mismos canales sensitivos pero causan emociones diferentes. Esto es paradójico, pues muchos de sus ingredientes son perfectamente intercambiables: sorprendentemente existen matices en el hedor que animan el formulado de las más sofisticadas esencias.  A diferencia del hedor, el perfume ha sido aceptado dentro de la familia cosmética como un elemento nuclear, incorporando el bienestar olfativo a los códigos de belleza tenidos al uso en cada momento de la Historia. Espero que el texto sea de su agrado.


J. García







Pobres y olor. Pobreza y clases sociales. El perfume y las clases sociales. ¿Cómo huelen los pobres?

 

 



Pobres y olor


El perfume conserva aún cierta herencia intelectual que lo hace incómodo. Hasta hace menos de un siglo su uso era patrimonio de determinadas clases sociales, de tal manera que la práctica de perfumarse era sinónimo de riqueza o bienestar. Si no me equivoco Engels, el amigo rico y benefactor de Marx, se indignaba con las condiciones de vida del proletariado inglés, en uno de sus viajes a la ciudad de Londres, siendo la apestosa rutina de los obreros uno de los elementos que más le llamaron la atención. La percepción olfativa es un elemento clave para categorizar al otro. El extranjero, el diferente, el extraño, lo es en base a muchos determinantes, pero uno, y bien importante, es el del olor.


El componente emocional del olfato es uno de los principales factores que ayudan a marcar con numerosos interrogantes toda su estructura fisiológica. Sabemos mucho del sentido del olfato, pero las lagunas sobre su funcionamiento son tales que, permiten aún aventurar datos sobre su actividad real. Sea como fuere, perdemos un poco la pista de las sensaciones olfativas más allá de los glomérulos, unas estructuras que canalizan los impulsos olfatorios hacia las entrañas del llamado cerebro profundo. Es el sistema límbico el que en última instancia fagocita el olor y se encarga de articular la información. Gráficamente podemos imaginarnos los paquetes olorosos como bolas de billar impactando en las paredes de nuestro yo más emocional, activando sucesivamente los distintos niveles comprometidos en nuestra subjetividad, y en el que la herencia recibida juega un papel importante. 


Trabajamos en el mundo con algoritmos imperfectos: los prejuicios. No nos engañemos, aunque tengan mala prensa  tienen un cierto sentido, están ahí porque garantizan de alguna manera nuestra supervivencia, armando nuestro instinto ante eventos desconocidos o extraños. Los poseen todas las especies. Las hormigas, por ejemplo, pelean inmisericordes con sus familiares más próximos, y lo hacen hasta el exterminio. En cuanto a los mamíferos refiere tampoco aceptan de buen grado individuos de la misma especie, pero de distinto clan. Los etnógrafos pueden dar fe de la elevada beligerancia entre grupos humanos, no tan dispares ni en conformación física ni en rasgos culturales. Toda la fuerza de los instintos animales se ejerce de forma inmoderada. En la especie humana esta agresividad se canaliza de alguna manera a través de los prejuicios. Preconceptos frente al otro, unas veces ante sus ideas, otras, por miedo a la pérdida de la identidad, pero también ante sus diferencias fisionómicas, color de la piel, forma corporal; sobre todo la del rostro, y un elemento inquietante: el olor. En efecto, el olor es un determinante clave en la percepción del otro.


El olor no se vive de forma idéntica en todas las culturas. Existe una teoría que agrupa a los pueblos y a las civilizaciones por su relación con el olor. En la India, por ejemplo, se celebra el perfume como un acto social; el olor es para los demás, para ser reconocido grupalmente, de ahí, a veces, su apremiante intensidad. Sin embargo, en Japón y otros pueblos con parecido perfil como es Corea, el olor puede llegar a ser una impertinencia, una invasión de la intimidad. Factores genéticos, junto a aspectos culturales, determinan que el perfume se viva en estos pueblos como una evidencia sensible que exige moderación, cuando no privación. El arco mediterráneo requiere también una detallada atención, no en balde, puede decirse que el perfume apareció muy precozmente en sus costas. Aquí también se vive el perfume como una celebración que instiga las emociones humanas más intensas. Sin embargo en América del Norte, y haciendo alarde de ese espíritu práctico de su herencia puritana, el perfume se vive higiénicamente; el olor debe remitir a la pureza del agua; integrando sus notas con las propias de la higiene corporal: olor a ropa limpia. Es así que el perfume en particular, y el olor en general, se vive como una extensión emocional. La relación entre limpieza y perfume es bien curiosa, porque la higiene corporal no necesariamente ha de oler, de hecho, hay una higiene neutra o transparente que no huele a nada.


Categorizamos al otro por el olor. Aunque no está muy claro que exista un olor tenido como objetivamente fétido, es cierto que determinados pulsos aromáticos se viven con repugnancia y causan una desazón incómoda; el olor de la descomposición posee tal agresividad que causa estímulos en el bulbo raquídeo responsable del vómito. El olor es lesivo de otra manera; tendemos a establecer refugios aromáticos, espacios cómodos en los que la vivencia olorosa nos cause gozo y placer, incorporando a ellos a aquellos miembros que guarden una cierta afinidad con nuestro horizonte olfativo. A veces, gregarizamos hasta tal punto esa vecindad, que la incorporamos a nuestra zona de confort, de tal forma que, aquellos olores que no se ajustan al molde, al muestrario oloroso que conserva nuestro cerebro, se rechazan. La pobreza es un importante foco de inquietud en este sentido. Sobre todo porque el paquete oloroso viene acompañado de otros legados inquietantes: indumentaria, abandono,  comportamiento. Excepción hecha de algunos colectivos ilustrados como los filósofos, que hacían del desaseo una de sus señas de identidad, la pobreza ha venido señalada históricamente no tanto por su desapego al buen olor, como a una suerte de síndrome, que haría del pobre alguien consustancial al hedor. 


La pobreza no solo generaba hábitos sociales inadecuados, comportamientos antisociales, envilecimiento y promiscuidad, sino que también impregnaba a estos actores de la desdicha, de un manto fétido tan connatural a ellos que ni siquiera parecían advertirlo. Esta indiferencia por el mal olor propio suponía un aldabonazo para aquellas teorías que harían de los pobres a gente que merecía su destino, pues eran hasta incapaces de corregir esa afrenta desquiciante del mal olor. En la sofisticada Bagdad del siglo X se les tenía como rio de escoria. Bagdad era una ciudad atestada, cuyas calles eran un hervidero de personas y animales, cercada por muladares, pozos negros y otras fuentes de contaminación olorosa. En este sentido no tenían  nada que envidiar a Roma; un hito urbano que llegaría a alcanzar el millón de habitantes y que  fue centrifugado a su nobleza hacia extra muros de la ciudad;  Roma era invivible, atestada de muchedumbres, ruidosa y olorosa. Podían disponer de los mejores aromas del mundo, los traían incluso desde la India, pero las nocivas emanaciones de la plebe los hacían vanos. Hasta uno de aquellos gobernantes, de nombre Cayo Verres, utilizaba una suerte de mascarilla, bien cargada de material fragante, con el fin de evitar que su delicada naturaleza se viera ofendida con el contacto apestoso de la gente del común, mendigos, borrachos, dementes… pueblo. Julio César, intentaba ganarse la complicidad de esta gente, alabando el buen olor del pueblo de Roma, pero Julio César era un político, por eso sabemos que mentía. Conocemos muy bien el itinerario de la civilización romana, cierto que aunque más distante, China ofrece unas claves vitales muy similares. «La ciudad prohibida» fue diseñada, entre otras cosas, para mantener alejado al populacho y su apestosa indumentaria de la delicada frialdad del jade y las exquisitas sedas, con las que varias dinastías se hacían acompañar. Nadie que quisiera conservar su vida podía prescindir, en presencia del emperador, de los clavos de olor que ayudaban a la bonanza del aliento. La dinastía Yuan, herederos de la rusticidad nómada de los mongoles,  exigía a las concubinas una prestancia natural en sus pieles; olían sus cuerpos antes de permitirles atravesar los límites del palacio imperial. Quién lo iba a suponer de aquellos hijos de las destempladas praderas del Asia Central, ellos que despreciaban a los pueblos sedentarios porque llenaban sus narices de la picante coreografía de las heces de sus cabalgaduras, se embebieran hasta tal punto en el cruel refinamiento del mandarinato . En cuanto a la vivencia del olor en la India hay tanto que decir que solo la endiablada gramática del sánscrito evita una mayor divulgación. Conviene apuntar que el sistema de castas vigente durante más de dos mil años, y que sigue activo aún hoy en el inconsciente colectivo del país, tiene al olor como una de sus principales señas de identidad. De hecho el perfume es una recreación restringida a las cuatro clases dominantes: brahmanes, príncipes y guerreros, comerciantes y por último agricultores. Es sabida que la obra más significativa de la sensualidad hindú, el Kamasutra, es un código de comportamiento destinado al servicio de caballeros diletantes.


El Kamasutra dedica un espacio muy significativo al adecentamiento oloroso del cuerpo, y en particular, a la limpieza y odorificación de la boca. Adviertan que ese recinto dentado es una bomba hedionda, hasta el punto de que las diversas reacciones químicas que en ella se producen son similares a las del intestino grueso, es decir, el recto. Por eso no es extraño que el aliento establezca fronteras invisibles, aquellas marcadas por la capacidad del hálito para desplazarse en el espacio. Desde luego el régimen de distancia social, el espacio que mantenemos con nuestro interlocutor, una zona privativa que nos permite mantener cómodamente una conversación sin sentirnos agobiados por el otro, viene establecido por el alcance del aliento del otro. Esta distancia es directamente proporcional al grado de espesura olorosa que acompañaría nuestra respiración, siendo este más intenso en sujetos con deficiente higiene. 


Hasta fechas muy recientes las clases más menesterosas solían añadir a la dificultad de sus vidas una higiene deficiente o económicamente sobrevenida, carecían de agua corriente por no decir de jabón. Las clases burguesas en la Europa del siglo xix intentaban alejarse de las embrutecidas masas de trabajadores fabriles, agotados y sudorosos tras interminables jornadas laborables. Su cansancio era tal, que apenas daba para mantenerlos despiertos mientras se alimentaban de unas gachas, y el único líquido que conocían era el del aguardiente que consumían para olvidar su existencia. Vivían confinados en una campana de degradación urbana, recluidos en arrabales, compartiendo viviendas y destinos. Su horizonte olfativo, eso que olemos permanentemente, pero que el cerebro se encarga de amortizar por mera economía, era el mismo, les identificaba allá donde fueran. En la India, megalópolis como Mumbai, con 20 millones de habitantes y una densidad media inimaginable en occidente de 30.000 habitantes por kilómetro cuadrado, sería posible identificar a los habitantes de los barrios por el peculiar microcosmos oloroso de los mismos. 


Hay momentos en los que esa distancia social a la que me refería se rompe; bien en los espacios urbanos, convenientemente delimitadas las zonas de tránsito o estadía, bien en eventuales o esporádicos contactos por demanda de servicios. Este último es el caso de las lavanderas; personajes ya desaparecidos del entramado urbano, cargaron durante toda su existencia con el estigma de la inmoralidad. No se concebía que un oficio ocupado en la limpieza de las excrecencias humanas pudiera mantenerse al margen de aquellas impurezas orgánicas, que manchaban las prendas de vestir o el ajuar doméstico. Por supuesto que el olor ocupaba en este proceso un lugar determinante, pues de alguna manera podía incriminar el decoro de una persona, habida cuenta de que lo sucio solía significarse por la emisión de fetidez. Enterradores, matarifes, en general todos aquellos oficios relacionados con actividades odoro-significantes, quedaban señalados socialmente, porque el olor es como una etiqueta. Los médicos medievales y todos aquellos galenos que enfrentaron las sucesivas epidemias de peste, enfundados bajo estrafalarias indumentarias, no andaban descaminados al exigir prendas sin arrugas ni costuras, pues pensaban que las miasmas pestíferas quedarían allí prendidas, ya que el olor queda aferrado a las prendas de vestir, constituyendo un delator de nuestro itinerario vital. Se nos conoce por aquello a lo que olemos. Es más, otra visión de la modernidad, puede estar en relación con la transformación que realizamos al higienizarnos;  no solo debemos estar limpios, tenemos que demostrarlo, oler a limpio, un olor prestado incorporado a nuestra piel. Perfumarnos para que ese otro olor que nos impregna, el de nuestro oficio, por ejemplo, no revele lo que somos violando nuestra intimidad. Es así que preservamos aquello que somos o hacemos mediante disfraces aromáticos. Por un lado queremos destacar, utilizando algún tipo de perfume que  sobresalga sobre el resto, pero por otro, aquel olor que nos puede hacer significantes entre la masa, el olor a pescadero o mecánico,   por ejemplo, nos parece inapropiado. No hay nada peor para nuestra autoestima que la carga consciente de un olor desagradable. Vilma Rousseff, que creo que fue presidenta de Brasil, hablaba de la insoportable indignidad de esta locución: "oler mal". Las condiciones de su reclusión, fue prisionera política, fueron tan restrictivas que fue privada de la higiene. Otro aspecto, quizás más lesivo para nuestra memoria colectiva, es la de la esclavitud, teniendo en cuenta que la condición de esclavo no es efectiva hasta que no se interioriza por el propio sujeto, pues se puede ser esclavo estatutariamente, pero libre mentalmente. Las condiciones en las que se efectuaba la trata de esclavos inter oceánica eran tan brutales: hacinados en jaulas, en espacios tan reducidos que el permanente contacto físico era inevitable; que las posibilidades de intimidad para los actos más orgánicos de la naturaleza humana, junto al olor autopercibido, convertían a los hombres en auténticas piltrafas; seres privados de voluntad humana y degradados a ojos de sus carceleros en especies animales. Hay un episodio referido a la gesta de Alejandro Magno en sus conquistas que nos trae ecos de esta misma naturaleza, me refiero a las condiciones del cautiverio sufridas   por Calístenes (360-328 a.C.), a instancias del propio Alejandro,  los griegos no le perdonaron aquella sevicia, pues le dejo perecer rodeado de sus propias heces. Un aspecto quizá más terrible es el de una agónica condena practicada en la antigua Etruria y que se conoce como el "suplicio de Mezencio", el cual consiste en amarrar al condenado a un cadáver con el que comparte su descomposición, hasta que un colapso o una infección generalizada le matara. 


Hoy sabemos mucho del hedor, de la descomposición de la materia viva y los procesos implicados en esta transformación, pero el poso de nuestros prejuicios sigue siendo básicamente alimentado por los mismos impulsos. La corrección social y el decoro humano, lo que nos caracteriza como seres inteligentes, empujan a engalanar o civilizar nuestros instintos más primarios. Hay algo en el interior de nuestras cabezas que nos empuja a mantener las distancias ante aquello que genera olores desagradables, y que probablemente tenga que ver con nuestro yo más animal; ese alma indómita al que los ritos y protocolos sociales no son capaces de domesticar.


A la venta en Amazon










Dientes y dentaduras postizas. Historia. De cuando llevábamos muertos en la boca. El asunto Waterloo


dientes tomados en Waterloo dispuestos para la venta



    Se dice que Don Luis de Requesens (1528-1576) fue un hombre de carácter apacible y bonachón al que Felipe II nombró Gobernador de los Países Bajos con el fin de que practicara allí el arte de la conciliación y el diálogo que su predecesor en el cargo, el Gran Duque de Alba, no había sabido poner en práctica. Llegó ya ciertamente entrado  en años y achacoso. Sus males, el clima en nada le beneficiaba, llegaron a acorralarle. Precisamente en una de sus cartas (correspondencia) se queja a su hermano del deplorable estado de su dentadura, pues los dientes le cabalgaban en las encías y sobresalían de tal manera que, aun teniéndolos sujetos con hilo de oro, no encajaban los unos sobre los otros. Los había lijado, incluso había mordido con unas tenazas sus puntas, pero todo había sido en vano. Se veía obligado a comer carne picada, purés, pan y bizcochos mojados en leche. Puede decirse que de su dentadura solo se salvaban aquellas dos piezas postizas, situadas en la caverna de su boca. Don Luis de Requesens expresaba ya en su correspondencia un mal que ha acompañado a la especie humana desde que decidimos alimentar a nuestros retoños con una dieta a base de papilla[1]. Probablemente el Gobernador de los Países Bajos no sabía que aquella flojedad dental que padecía, era el resultado de una mala higiene que afectaba a todas las clases sociales, aunque seguramente solo la suya se podía permitir sustituir las piezas perdidas, bien por razones estéticas, bien por facilitar una alimentación basada principalmente en el consumo de carne, por supuesto entre la nobleza.  Desde el Antiguo Egipto se ha practicado el urbanismo dental, piezas perdidas que necesitan ser sustituidas por otras de similar o parecida dureza y que necesitan ser fijadas a la boca con el fin de que resistan el trabajo de la masticación. Parece que la primera prótesis dental fue elaborada por los etruscos, utilizando a tal efecto dientes de animales para sustituir a los propios,  montándolos sobre soportes de oro. Cayo Lucilio, un escritor romano del siglo II, emigrado como tantos  a Grecia a fin de labrarse una cultura filosófica, utiliza la compra de dientes postizos por parte de las mujeres patricias como acicate para sus chanzas[2] . Marcial[3]  también lo refiere, y conociendo las costumbres y usos de su tiempo, se supone que los romanos, caso de precisarlo, no harían reparo alguno a la extracción en vivo, es decir se los arrancaban directamente a sus esclavos, tal y como hacían con sus cabellos. La civilización maya, en torno  al siglo VII de nuestra era, utilizaba en los implantes conchas marinas y hasta piedras talladas. Los japoneses, además de teñirse los dientes de negro (también se teñían los dientes en la antigua isla de Ceylán[4] ), diseñaban dentaduras de madera para aquellas pérdidas completas del cuerpo dental toscamente labradas, pero que a veces servían como nicho para encastrar dientes. Cervantes, en la Ilustre Fregona, advierte la ruina dental de uno de sus personajes femeninos, hasta el punto de que toda la dentadura del maxilar superior le es extraña, pero no precisa la forma de anclaje, aunque era cierto que estos polizones dentales en nada ayudaban a aliviar el hedor de su boca. Sabemos que el gesto circunspecto, perfil de madera,  de George Washington    era     debido a su absoluta orfandad dental, carecía de dientes propios prácticamente desde los treinta años, y a lo largo de su vida fue preciso elaborarle al menos cuatro ingenios de esta naturaleza, ajustados de tal manera a sus encías, que difícilmente podían soportar el ejercicio continuado de la masticación requerido solo en una comida. En este caso las prótesis superior e inferior estaban unidas por resortes fabricados a partir de cuerdas de piano. María Luisa de Parma (1751-1819), esposa de Carlos IV, rey de España, debía en parte su desafortunada fisonomía al uso de dentadura postiza inadecuada. 


LOS MUERTOS QUE LLEVÁBAMOS EN LA BOCA


    Podíamos enfrascarnos en una enumeración sin fin de personajes desdentados, pues probablemente, y aunque se carezca de documentación adecuada, buena parte de las clases acomodadas dispuso en algún momento de piezas extrañas en su boca, teniendo en cuenta que la pérdida de los dientes frontales, incisivos y caninos, sobre todo, causaba un deplorable aspecto. La ausencia completa de la dentadura acarreaba el exilio social por el retraimiento de la mandíbula y el aviejamiento del rostro, por no mentar las insufribles limitaciones en la alimentación. Hasta el siglo XVII el acceso a las prótesis dentales era muy limitado, utilizándose por lo general dientes de origen animal, los de hipopótamos sobre todo, pero también la porcelana. Ambos se trabajaban convenientemente con el fin de  adecuarlos al tamaño de la mandíbula. Los dientes se engarzaban a la dentadura aprovechando las piezas propias, donde se fijaban merced a ingeniosos anudamientos, utilizando a tal efecto hilo de oro o plata por su resistencia a la oxidación. Cuando la pérdida dental era completa, se proporcionaba una dentadura elaborada con marfil en cuya superficie se había labrado una suerte de línea dental, muchas veces de forma insatisfactoria. Es por eso que sobre esta base se empezaron  a practicar incrustaciones con dientes humanos, los cuales proporcionaban un aspecto más natural. No olvidemos que la boca es un recinto de alta patogenicidad, hasta el punto de que puede afirmarse que existe un auténtico ecosistema propio de la cavidad bucal. Había un importante inconveniente, los dientes elaborados con marfil, carecían de dentina y pronto empezaban a descomponerse en el interior de la boca, lo que producía un desagradable sabor y un peor olor. Los dientes humanos eran mejores aunque también debían de ser sustituidos con el tiempo. Por ello, es del todo probable que las piezas implantadas acabaran por deteriorarse con relativa rapidez, lo que exigía la reposición de las mismas con cierta periodicidad.

LACASAMUNDO
Caricatura siglo XVIII. Trasplante dental. Thomas Rowlandson


    La demanda de prótesis dentales se intensificó en el tiempo, llevando un recorrido paralelo a la prosperidad de la población. Quiera que los tradicionales nichos quedaran agotados, bien porque los resultados no eran los deseados, bien porque la demanda desbordaba la oferta,  empezó a prosperar un tipo de suministro dental inquietante y ciertamente repulsivo, pero que de forma discreta se había venido practicando desde hacía mucho tiempo, como he referido. Es precisamente el pintor  Goya, que tanto maltrató con sus pinceles la fisonomía de María Luisa de Parma, de la que más arriba hemos hablado, quién  nos regala en otra de sus pinturas la estampa truculenta de una mujer hurtando la dentadura de un ajusticiado que se balancea en la horca. Efectivamente la ciencia, y más las de la salud, tienen un lado oscuro y sórdido que las han hecho avanzar, pero a cambio de no realizar preguntas incomodas. La religión ha sido en todo tiempo y lugar un importante obstáculo ante la osadía practicada por los más arrojados científicos. Muchas veces, la clandestinidad de sus prácticas, les obligaba a pactar con los profanadores de tumbas.  El mercado negro de la dentadura, llegó a involucrar a numerosos granujas volcados en el expolio de cementerios, disputando por los dientes de los ajusticiados como una manada de perros. Existía una connivencia entre estos tipos patibularios y todos los oficios implicados en esta rentable práctica: los cirujanos, los torneros, joyeros, químicos peluqueros y hasta herreros. El precio de las dentaduras servía de bálsamo apaciguador ante cualquier reparo moral.


A La caza del diente. Goya
A la caza del diente. Museo del Prado. Goya. 


    El oficio de dentista, tal y como hoy lo conocemos, no existía. La práctica tenía más que ver con el espectáculo que con la clínica. En París era famoso un sacamuelas conocido como Le grand Thomas, que fiaba de la fuerza de la gravedad para sus extracciones dentales, es decir, levantaba del suelo a sus pacientes tirando de los dientes, de tal manera que el peso del cuerpo se ocupaba de arrancar la pieza de la encía. Los dientes, al igual que el cabello, fueron los primeros productos biológicos utilizados por la especie como prótesis.  La odontología que no acabo de fijarse como disciplina sanitaria hasta finales del siglo XIX, no fue una excepción. Llegó a institucionalizarse la extracción inter vivos, es decir, sujetos situados en circunstancias tan apuradas que se veían obligados a vender sus dientes previo pago. No debía de ser una experiencia agradable visto que la extracción se efectuaba sin anestesia alguna, quizás la de algunas copas de alcohol, las reseñas relativas al siglo XVIII y XIX dan testimonio de intervenciones de esta naturaleza.


LOS CAMPOS DE WATERLOO


    Como quiera que tradicionalmente los actos de profanación realizados sobre cadáveres han estado sujetos a severas sanciones, las fuentes de material dental quedaban claramente limitadas y eran irregulares. Sin embargo, y a principios del siglo XIX, un acontecimiento llegó a paliar la natural escasez de dentaduras. Había que  viajar al corazón de Europa, cerca de Bruselas, en el pueblo de Waterloo, en cuyas proximidades se alzaría una colina rematada por la escultura de un león que sirve para conmemorar una batalla que dejaría sembrada de sangre estas tierras. Nos referimos a la batalla de Waterloo, que como bien sabemos, marcó el definitivo final de Napoleón y el declive de la hegemonía militar de Francia en el Continente en beneficio de Inglaterra. Librada en el año de 1815 entre franceses por un lado y aliados por otro, principalmente ingleses y prusianos,  dejo sembrada la campiña belga con casi cincuenta mil muertos. Los cadáveres de las tropas francesas fueron los primeros en ser mancillados por la población local y un sinfín de granujas. Se las despojaría de sus ropas, sus armas, el valioso correaje, las botas de campaña, sus bienes personales. Un ejército de rastreadores de la desdicha, los cuervos de la guerra, que como infecta estela siguen a los ejércitos en sus batallas, aparecieron en el campo victimado de Waterloo. Primero tímidamente, después con la insolente seguridad de la impunidad. Merodeaban en torno a los cadáveres, ya desnudos, estudiaban su porte, la juventud; lo que en vida debió de ser un cuerpo sano y vigoroso; el estado de su dentadura. La retirada del ejército francés impidió que se ocuparan de dar digna sepultura a sus compatriotas, hurtando así los cadáveres de la profanación. Pero británicos y prusianos sufrieron la misma suerte, pero en este caso fueron sus propios compatriotas los que se lucraron de su mórbida cosecha: oficiales, suboficiales,  médicos de campaña, contratistas militares... 

     Aquel campo de batalla en el corazón de Bélgica se convirtió en el principal proveedor de valiosos dientes humanos, destinados a cubrir las dentaduras de honorables personajes pertenecientes todos ellos a la más refinada aristocracia y la burguesía. Los dientes naturales se hervían con el fin de alejar contaminaciones indeseables. A pesar de que la rumorología popular los hacía responsables de numerosas infecciones en sus nuevos huéspedes (ver el Bello Brummell. El apogeo del dandismo), nada pudo retraer el mercado de las prótesis dentales, a la vista de la falta de alternativas, que aún tardarían en llegar. Cierto que la mayoría de la personas sabía que los dientes empleados era de origen humano, pero probablemente pocos conocieran su puntual origen, aunque de haberlo sabido, nada les hubiera retraído de su puntual consumo y uso. 


[1] Peter Ungar. El mordisco de la evolución: una historia de dientes, alimentación y los orígenes del ser humano (2017).  Aeon Media.

[2] De Lucilio XI 310. Epigramas burlescos

[3] Acerca del Perfume y el Olor. Jaime García. Ed autor. Ver Notas. Cap. Roma

[4] Efectivamente, y por motivos estéticos, ya que los dientes blancos eran propios de los perros (Diario Noticioso Universal 4595. Historia General de los Viages. 1773. Costumbres y usos de la isla de Ceylán. Documentos digitalizados de la BNE)







Empoderamiento femenino. Duelos. Desafíos. Combates y lances de honor entre mujeres.

Disputa entre mujeres
Disputa entre mujeres. Finales del siglo XIX. London


Duelos y desafíos han sido una constante a lo largo de la Historia de la Humanidad. Hace ya algún tiempo dedicamos varias entradas a este particular medio de lavar el honor y recuperar así la estima y el respeto social perdido o amenazado por un ofensor. En realidad, la experiencia sugiere que la lid establecida al efecto para restituir nuestro buen nombre no comprometía el valor de verdad de las acusaciones vertidas, de hecho, era bastante frecuente que los profesionales del duelo impusieran su maestría por encima de la veracidad de la cuestión en disputa. Así pues no se trata tanto de verificar la verdad, sino más bien aceptar el veredicto de la fuerza o la habilidad para resolver el duelo, los profesionales de las disputas siempre partían con ventaja, aunque siempre quedaba la esperanza de que la  Providencia, o los inescrutables destinos de la divinidad favorecieran al más débil, por lo general aquel al que le asistía la razón que no la fuerza. Hubo un tiempo en el que los desafíos fueron un recurso socialmente aceptado como espacio para determinar un veredicto, pues la justicia de los hombres era incapaz de determinarlo. Se hicieron tan numerosas que vista la sangría ocasionada entre sus clases más destacadas por los constantes y pertinaces enfrentamientos, el duelo comenzó a ser considerado una forma inadecuada para resolver los conflictos. No obstante existió cierta tolerancia en su ejercicio, y es que aunque pueda parecer sorprendente hasta la década de los setenta del siglo pasado se verificaron duelos en Argentina. El honor es, con excepciones, un patrimonio de clase y desata un bucle de acontecimientos imprevisibles y frecuentemente irracionales entre sujetos a los que se les supone una cierta instrucción. Rydlet Scott, el director de Alien el octavo pasajero y Blade runner, abordó en el año 1977 una extraordinaria cinta dedicada a los duelos; su título es bien ilustrativo, Los duelistas. La película narra la peripecia real de dos personajes enfrentados en sucesivos desafíos durante 15 años. En todo este tiempo son incapaces, por diversos avatares, de concluir sus duelos, con lo que estos se van encadenando indefinidamente causándose numerosas heridas. El final apunta el hartazgo de uno de ellos que se decide a perdonar la vida al otro, pues dispone de dos balas para utilizar a quemarropa, las cuales decide no utilizar. Le perdona la vida, pero en cambio le considera muerto ante sus ojos, exigiéndole que desaparezca. 
Deber y honor están por encima de todo. Un hombre sin palabra es poco menos que una bestia. Es así que la Historia nos ha presentado una biografía del honor que parecía corresponder solo a los varones, pero esto no es cierto. Las mujeres han desempeñado refriegas violentas con el fin de responder a ultrajes y conflictos de toda índole, incluidas las pendencias amorosas, bajo cuyo dominio se han practicado numerosos episodios de clamorosa violencia.



Afrodita y Perséfone


Este es uno de los más antiguos. Recuerda la disputa entre la diosa griega del amor Afrodita y la ninfa Perséfone, enfrentadas por el amor de Adonis. La reyerta  obligan a Zeus a intervenir repartiendo el año en tres partes; cuatro meses con cada uno de ellas, mientras que el resto se lo dejaba a Adonis, que puede utilizarlo como mejor le convenga. 

Isabela de Carazzi y Diambra de Pottinella (1552)


Durante el siglo XVI Italia era tenida como el santuario del duelo. De hecho el duelo, aunque prohibido, atraía la atención de numerosos jurisconsultos que se planteaban extremos teóricos rocambolescos, planteándose cuestiones del siguiente tenor: ¿que era más honrado, cegar a un oponente o cortarle la nariz? Aunque progresivamente el duelo se deslizó hacia la clandestinidad, tenía sus reglas. Un tratado de Girolamo Muzio, titulado el Duello, pasó a convertirse en el breviario del duelista del siglo XVI. No es pues extraño que esta vivencia del duelismo en Italia acabara por sensibilizar a todas las clases sociales, y a los dos sexos por igual. El amor fue el responsable de un singular riepto acaecido en tierras italianas  durante el siglo XVI, dos mujeres Isabela de Carazzi y Diambra de Pottinella, se enfrentaron a muerte por los favores de un galán, Fabio de Zeresola. Cierto que se desconoce el desenlace del mismo, pero casi un siglo después, José de Ribera, el pintor, haciéndose eco de la historia decidió llevarlo al lienzo. El cuadro cuelga en las paredes del Museo del Prado y su título no admite duda alguna: duelo de Isabella de Carazzi Y Diambra de Pottinella.


Lady Almeria Braddock y Mrs Elphinstone. 1792


Un dudoso duelo, conocido como el duelo de las enaguas, se celebró en 1792 en Londres. La discusión sobre la edad de una de los contendientes derivo en un lance, primero a pistola y después a espada. Lady Almeria consideró intolerable que Mrs. Elphinstone diera por buena la edad que un diario de la ciudad le atribuía, 61 años, frente a los 30 años que ella sostenía haber cumplido. El duelo se celebró en Hyde Park y las mujeres, ambas heridas, acabaron por llegar a un acuerdo aunque difícilmente y vista la disparidad en años objeto de la disputa, pudieran  establecer a algún tipo de entendimiento.



Madame De Polignac y Madame De Nesle. 1721?


El amor y su reflejo oscuro, el odio, son los sentimientos más poderosos. La condesa de Polignac se había enamorado de la persona menos adecuada, François Armand de Vignerot, un notable mujeriego, vividor y duelista que no tardaría en sustituirla por otra amante, la Marquesa de Nesle. Aunque la condesa de Polignac era famosa por sus emociones cambiantes y su frívola emotividad, había acabado por enamorarse de Vignerot, de forma que al despecho causado por su abandono, vino a unir la absoluta ignorancia que el malandrín  hacía de su persona, menospreciándola constantemente e ignorando sus muestras de amor. El odio, expresión violenta de sus celos, no tardó en afincarse en su corazón proyectándolo sobre aquella que había ocupado su lugar. Frenética, desafió en duelo a la Marquesa de Nesle, reto que fue sorprendentemente aceptado por esta, estableciéndose el mismo en el Bois de Boulogne. El arma elegida fue la pistola. Quiera que ninguna de las dos estuviera muy experimentada en el uso del arma, quiera que la fortuna desvió el plomo, lo cierto es que la marquesa de Nesle cayó herida al suelo, aunque el gran derramamiento de sangre hizo creer a Polignac que estaba muerta o próxima a estarlo. Por eso, cuando recibió la noticia del estado de la marquesa de Nesle, que solo había sido herida en el hombro, Polignac expresó su decepción, tanto más cuanto que había manifestado públicamente que aquella era la consecuencia de robarle el amante a una mujer como ella. Pero la venganza se sirve en frío, Polignac tuvo al cabo del tiempo oportunidad de saborear sus frutos, pues el vano Vignerot pronto abandonaría a la marquesa de Nesle para sustituirla por otra.

Las duelistas de la enagua
Las duelistas de la enagua



Marta Duran y Juana Luna 1900


También fueron las disputas sentimentales las que llevaron a estas dos mujeres mejicanas. Marta Duran, acompañada por su amante Rafael, asistía a un baile de sociedad cuando sorprendió a este coqueteando con Juana Luna, la cual parecía recibir con agrado las atenciones del tipo. Explotó una discusión entre ambas y Juana retó a Marta Duran a duelo. La cita se acordó al día siguiente, en un lugar desierto, alrededor de la ciudad de México. A tal efecto, se utilizaron espadas y el encuentro fue violento y sangriento. No se concluyó a primera sangre, como solía ser habitual, las duelistas se emplearon con coraje y determinación. Tras varios asaltos Marta fue herida de gravedad, pero con todo se negó a concluir el duelo. Sin embargo una inesperada lesión en el brazo obligaría a Juana a parar la pelea. Ante el alcance de sus lesiones Marta renunció por fin a Rafael y ambas mujeres se separaron. No obstante, la gravedad de Marta exigió atención médica y esto tuvo como consecuencia que las autoridades fueran advertidas de la reyerta, que al ser ilegal, envió a prisión a las dos duelistas y sus testigos. Este hecho parece que determinó que tanto Marta como Juana perdieran interés por Rafael

Olga Zavaroka y Ekaterina Polesova 1829


El duelo entre Olga y Ekaterina es sorprendente y terrible. Lo es por un doble motivo llegaron a él por meras disputas de vecindad que acabaron por alimentar un odio feroz, y segundo porque puede decirse que se disputó en dos tiempos, separados entre sí por cinco años. Olga y Ekaterina mantenían una crispada convivencia hasta el extremo de que decidieron solventar sus disputas mediante un duelo. El arma elegida fue el sable de caballería, pues sus maridos eran oficiales de este cuerpo. Además de los testigos estaban presentes las hijas de ambas, de catorce años de edad. El duelo fue en extremo brutal, ni siquiera la presencia de sus hijas y la intervención de las institutrices logró evitar un desenlace fatal: Olga murió prácticamente en el acto, de un tajo en la cabeza, pero a Ekaterina le llevó más tiempo, pues herida en el estómago solo consiguió sobrevivir un día más, eso sí tras una dolorosa agonía

…………………Alexandra Zavarova y Anna Polesova 1834


Cinco años después, como ya he referido, aquellas niñas que habían presenciado el duelo y muerte de sus madres se citaron en el mismo bosque donde se había desarrollado aquel sangriento lance. Esta vez solo hubo una vencedora: Alexandra,  que mató a Anna Polesova, vengando de alguna manera la muerte de su madre.

Madame Astié de Valsayre y Miss Shelby 1886


Astié de Valsayre fue una militante feminista de finales del siglo XIX en Francia. Vindicó el voto femenino, acceso a todas las profesiones e igualdad de salarios. Intentó persuadir a las mujeres de la alta sociedad sobre la conveniencia de amamantar a sus propios hijos[1], renunciando a los servicios de las amas de cría, y exigió al Gobierno la derogación de una ley que impedía a las mujeres el uso de pantalones, excepto cuando montaran en bicicleta, en un caballo o tuviera autorización policial (dato curioso, esta ley no se abolió en Francia hasta el año 2013). Había conseguido licenciarse en Medicina porque esta disciplina era la más permeable a las mujeres. Precisamente por la dignidad de las mujeres médicos en Francia desafió a una médico norteamericana que sostenía la superioridad de sus colegas sobre las francesas. Los pródromos del duelo incluyeron el clásico uso del guante con el que Astié de Valsayre golpeó la cara de la americana. El duelo en sí solo exigió un mínimo derramamiento de sangre debido a un arañazo sufrido en el brazo de Miss Shelby, que se disculpó dando por vencedora a la enérgica francesa.

Pauline Metternich y la condesa Kielmannsegg 1892


El duelo entre la princesa Pauline Metternich y la condesa Kielmannsegg tiene más trascendencia por las circunstancias que concurrieron en el mismo que por los detonantes que lo causaron. En realidad se trató de una disputa banal que tenía que ver con la disposición de un arreglo floral. De aquí en adelante interviene la morbosa escenografía utilizada para el desarrollo del riepto, que al parecer exigió desprenderse de la ropa que cubría su abdomen y pecho. Esta desnudez vino determinada por el temor a que cualquier herida causada arrastrara restos de las prendas de vestir y estas causaran una infección. Esta fue la razón por la que la baronesa Lubinska, encargada de presidir el duelo, exigió a los varones allí presentes que presentaran solo sus espaldas, absteniéndose de proporcionar ayuda alguna a los duelistas, pues la baronesa creía que aquel interés solo podía ser el resultado de una lujuriosa compasión. El resultado del duelo no debió de ser relevante, pero encontramos ecos del mismo en Madrid, a finales del siglo XIX; dos cupletistas también se enfrentaron a pecho descubierto en el parque del Retiro, al parecer bajo la estatua del ángel caído







Galeones de España. Cruzar el Océano Atlántico en el siglo XVII

 



PARTE SEGUNDA


     .............................. La cubierta inferior era un infierno. Ponía a prueba  las naturalezas más duras, pues al calor, la humedad y el hacinamiento se unía la imposible convivencia con un enemigo invisible; el olor, el terrible hedor que llegaba desde las sentinas del barco. La sentina en realidad era un espacio que se llenaba de piedras con el fin de evitar que el barco se inclinara peligrosamente, pero también un depósito situado sobre la quilla donde iba a dar el agua que penetra en el barco, y que a su vez arrastra todos los residuos y deshechos del mismo, orinas y deposiciones del ganado, ratas muertas, restos de comida. Todo esto fermenta con la falta de ventilación, el calor y la humedad. Como esta es la zona mas inferior del barco, solo por encima de la quilla, debe limpiarse con frecuencia, pues hiede como el aliento del diablo y apesta toda la embarcación. Periódicamente debía ser vaciada utilizando para ello la bomba manual. Una de las peores noticias que puede recibir un marinero es la de que, por avería del mecanismo, se debe vaciar manualmente el pozo de sentinas. Si bien es cierto que el olor no mata, ellos lo tenían por homicida, pues los riesgos de perecer en aquella operación eran considerables[1].
 

           Por eso los rostros desencajados de los pasajeros de la cubierta inferior eran bien ilustrativos de las penosas condiciones de su viaje. Por turnos, se les permitía disfrutar del aire puro, dos o tres veces al día.  Muchos de ellos aprovechaban para aliviarse en cualquier lugar discreto, que no lo había, o lo empleaban en despiojarse unos a los otros. Desesperados por las picaduras de pulgas y chinches, lanzaban al agua sus camisas y otras prendas de vestir, sujetas con una cuerda, y al cabo las retiraban. Hacían caso omiso de las advertencias de los marinos, que ya habían experimentado la insufrible comezón en la piel, causada por la sal pegada a los tejidos. Aunque había varias decenas de barriles con agua dulce, esta solo se utilizaba para beber, de tal manera que había dos opciones para limpiar la ropa: o se esperaba algún benéfico chaparrón o la prenda debía aguantar sobre la piel,  junto a su incómoda población, durante toda la travesía. Sea como fuere los hombres llegaban a su destino prácticamente desnudos. Yago empezó a sentir el azote del Sol en su piel, reseca e irritada por el efecto de la sal. Solo encontraba un fugaz alivio al humedecerla con agua salada, pero el efecto a la larga era peor, como intentar apagar el fuego con hierba seca. El viaje se había convertido en una sucesión de incómodas penalidades, a cual peor, y solo quedaba el consuelo de que las más severas acallaran aquellas tenidas por más leves.  

 

       El capitán resolvió sacrificar varios corderos y gallinas, aunque la sangre de estos sacrificios se precipitó sobre parte de las hamacas dispuestas en la primera cubierta. El hambre saciada causaba una algarabía festiva entre los pasajeros, cuyos estómagos aún podían disfrutar de los alimentos frescos embarcados. Poco podían imaginar que estas jornadas ya no se repetirían hasta tocar tierra. El cercano arribo a las Islas Canarias, donde se reforzaría el avituallamiento del barco, permitía este dispendio, que no a todos alcanzaba, puesto que solo la tripulación y algunos pasajeros, previo pago,  podían comer carne fresca. El resto tenía acceso al agua, pero debía procurarse la alimentación hasta la inevitable dieta de los bizcochos secos que a partir de los treinta o cuarenta días de navegación se hacían obligados. Cada uno de los tripulantes disponía de un litro de vino al día aproximadamente. El vino o el mosto, solos o mezclados con agua, eran uno de los pocos alivios en las agotadoras jornadas de la marinería. Los primeros días el agua dulce se distribuyó generosamente, fue a partir de la terrible tormenta que zarandeo el buque a los 15 días de abandonar las Canarias cuando se empezó a racionar. De su distribución se ocupó el "alguacil de agua", acompañado por hombres armados. Las ordenanzas exigían que este sujeto, junto al despensero encargado del reparto de la comida, fueran de naturaleza callada y cortés, siendo de absoluta confianza del capitán. Los motines en el interior de un barco eran relativamente frecuentes, siendo el detonante principal tanto el hambre como la sed. 

 

      




Bomba de achique del buque Vasa. XVI



Galeones de España. Cruzar el Océano Atlántico en el siglo XVII
Escorbuto. Musée del Moulages Dermatologiques de l'Hopital Saint-Louis. París


         Las restricciones en la dieta empezaron a tomar una cierta carta de naturaleza, pero aún se hacían tolerables. La tormenta había zarandeado el barco durante cuatro horas, causando severos daños en el pañol donde se conservaba el agua potable y los alimentos en salazón. Era una muy mala noticia. No tardarían en corromperse por lo que el capitán determinó hacer uso de ellos en las siguientes jornadas, hasta que su olor se hiciera intolerable. Mas esta dieta en salmuera, si bien cubría las necesidades alimenticias, exigía incrementar la ingesta de agua que, en las siguientes jornadas, al entrar el barco en una inesperada calma, se hizo perentoria. La tormenta había causado víctimas; diez personas fueron barridas de la cubierta por las olas, pese a que se habían amarrado con sogas a los mástiles. También se perdió uno de los caballos, al desprenderse parte de los tirantes que le anclaban, quedó al pairo de su terror, emprendiendo una corta carrera suicida por la cubierta cayendo al agua para ser devorado por la mar enardecida. Las últimas gallinas vivas se ahogaron en sus jaulas y dos marineros perecieron aplastados por el corrimiento de la carga. Yago comprendió al fin el material sobre el que había construido sus temores. Los desastres que alimentaban las terribles leyendas urdidas sobre este abismo líquido, en el que como una insignificante nuez, flotaba su galeón. No daba miedo aquello que ves, sino aquello que imaginas. Por eso no puede decirse que viniera engañado, al embarcar se había encomendado a la Providencia. Hizo todo lo posible por no ahogarse, aunque las violentas sacudidas del oleaje sobre el galeón a veces le hicieran perder el sentido de la orientación. Hubo momentos en los que juraría haber confundido el cielo con la mar embravecida, tal era el parecido entre el cielo rasgado por los rayos y las aguas rotas por las olas. Cuán cierto era que en estos momentos en los que el destino no acababa de decidirse, la vida toda se nos pasa por delante: su hogar, si a aquella cochiquera en la que había nacido se le podía llamar tal cosa, su madre, su padre también, el primer amor, el primer desamor, las penalidades, los amigos, quizás una vida mejor. 

    Albergaba la esperanza de que las violentas batidas del oleaje habrían aligerado el barco de aquella población de indeseables oportunistas: ratas, ratones, cucarachas y chinches. Mas vano ensueño el suyo, no tardaron en reemprender su saqueo, si cabe más osado y violento. Su presencia se hacía insoportable durante aquella terrible calma chicha que mantuvo tres semanas anclado el galeón, chapoteando torpemente sobre el agua, sumiendo a los pasajeros y la tripulación a una prueba de fuego que solo era acompañada por el tímido movimiento de alguna que otra ola golpeando sin fuerza el casco,  animando así el crujido de las arboladuras.  A veces, una sacudida de las velas llenaba de esperanza sus corazones, pero estas se armaban sin ganas y pronto el paño recuperaba su vertical inactividad. Jarcias y cuadernales se balanceaban monótonamente, un día sí y otro también.
 

─!Moriremos todos¡  Un grito femenino, como el filo de un cuchillo, dejo a todos sobrecogidos. Un presagio que anticipaba un angustioso destino. Una de las hijas del Gobernador de... no pudo soportar la intensa agitación de los acontecimientos y cayó de esta manera en la desesperación. La pobre niña no sobreviviría.  De hecho, todos los días se lanzaban al mar cuerpos rotos por la enfermedad, inánimes y debilitados, hasta el extremo de que la muerte les había sorprendido durante las horas de sueño. Los hules o las pieles de cabra, con los que intentaban conservar el calor, eran su mortaja. A veces ni eso. A los muertos se les retiraban hasta los calzones, apergaminados por la sal. La marinería, sobre todo si eran ex presidiarios, disponía de pocos enseres por lo que el reparto era escaso. Si el fallecido era un viajero, lo que era bastante más probable, a la vista de la dureza de los hombres del mar, sus bienes se conservaban hasta llegar a puerto. Con todo el saqueo era lo habitual, y si tenían algún valor, con mayor razón.

 

    Yago supo ver en el rostro grave del capitán la importancia del momento, si no soplaba pronto el viento morirían de sed o de hambre, o de ambas cosas a la vez. Las consecuencias no se hicieron esperar, todo el pasaje, incluido el capitán, estaban obligados a respetar el racionamiento, tanto más cuanto que por un descuido de la tripulación las ratas habían roído la base de numerosas pipas de agua dulce, derramándose su contenido. El resto del líquido empezaba a corromperse; en el interior de algunos toneles había aparecido cadáveres de roedores, y lo que es peor; cucarachas. Pese a ciertos tópicos, el más duro enemigo en un barco lo constituye este insecto voraz. A diferencia de la rata, que se nutre, la cucaracha es un depredador total; se alimenta de todo, incluso de la madera del barco, del metal y de sus propios congéneres muertos. Además posee un olor desagradable que deja impregnado todo aquello que toca. Se dice que Colón, en uno de sus viajes, se vio tan apurado en sus suministros que obligó a su tripulación a comer durante la noche, de esta manera parece que los hombres se mostraban menos reacios a digerir alimentos en deplorable estado.

     Si bien las galletas empezaban a apuntar en el paladar un cierto sabor a moho, Yago sabía que este no era el principal problema. La falta de agua era más inmediata y perentoria. La ración diaria se iba reduciendo, porque el "alguacil de agua", que repartía el líquido dos veces al día,  utilizaba cada vez un recipiente más pequeño en su reparto, mientras que la dotación de marinería armada que lo acompañaba se iba doblando por momentos. Una cosa acarreaba la otra. Los episodios de indisciplina en el reparto se cortaban de inmediato. Un motín era un episodio violento incontrolable, abocado a la ejecución de la oficialidad del buque, porque los insumisos sabían que serían ejecutados de inmediato de no hacerlo. Además muchos de los galeones alistaban a presidiarios, maleantes, fugitivos de la justicia y hasta esclavos. Los presidiarios, que firmaban por un número de travesías, veían compensadas así sus penas, que no eran menores, pero llegaban engañados al mar. Creían que no había castigo mayor que su reclusión. Estaban confundidos. El mar lo era, entre otras cosas porque se trataba de una reclusión en libertad: sin barrote alguno. Los trabajos a ellos reservados eran los más penosos; la limpieza de las sentinas, el trabajo de la arboladura. En episodios de calma, como el que nos ocupa, debían baldear constantemente la cubierta; la ausencia de viento y el calor, resecaban las maderas del puente. La cubierta era constantemente castigada por los elementos, pero la falta de humedad la abría. Los motines solían empezar por alborotos menores a los que no se había sabido parar a tiempo: discusiones, agresiones menores, peleas, amenazas, miradas que matarían de no ser eso... miradas. Toda la oficialidad lo sabía.  El capitán del buque podía tener muchos defectos, estar corrompido hasta la médula; mercancía de contrabando, pasaje embarcado como polizones, sobornos, pero ejercía el principio de autoridad de forma terminante. Cualquier protesta era cortada de raíz y el alborotador principal recluido en total obscuridad en el interior del buque, cerca de la sentina, durante un día seguido. Veinticuatro horas respirando el aliento húmedo y ponzoñoso del corazón del galeón amansaban los corazones más violentos e indisciplinados. 

     Hasta que se agotaron las reservas de vino, este se solía añadir al agua para adecentar su sabor a cloaca. El capítulo del reparto de agua tuvo visos de resignada compostura, pero una vez acabado el vino se hubo de recurrir al vinagre, utilizado a veces para limpiar la cubierta, y en los barcos de guerra, empleado para refrigerar las piezas de artillería tras su uso. El paladar era más grosero pero el vinagre era capaz de aliviar mejor la sed. Cierto día se anunció que el reparto de agua quedaba reducido a la mitad, que no había mas vinagre y que la distribución se efectuaría a media noche. Prácticamente había que tantear el vaso. El capitán resolvió emplear el recurso de Colón y decidió apagar la sed de su tripulación con un líquido baboso resultado de la descomposición de miles de cucarachas caídas al interior de las pipas de agua. Esta repugnante colación a la que se llamaba "agua mareada", fue la ración de agua durante diez días hasta que cierta jornada, precisamente durante el reparto del líquido, Yago notó como una pequeña gota de agua le golpeaba la frente y después otra la mejilla. La tripulación toda, como movida por un resorte, miró al cielo, incrédula al principio,  pero tornando pronto el silencio en gritos de júbilo: la Providencia se había acordado de ellos: estaba lloviendo. Al principio eran gotas pequeñas, como la punta de un alfiler, casi habían olvidado el refrescante tacto del agua pura, pero solo eran unas gotas, no aguantarían otra jornada más sin agua. De pronto, como si sus ruegos hubieran sido escuchados, el cielo todo se abrió y la lluvia empezó a golpear torrencialmente al sufriente galeón. Al principio todos quedaron paralizados, deleitándose con aquella deliciosa afusión,  perplejos, hasta que la fuerza de la realidad les devolvió a su precariedad. No había tiempo que perder, se desmontaron rápidamente las lonas que cubrían tanto la tolda como la toldilla, formando con ellas sendas bolsas con el fin de represar allí el agua dulce. Sacaron de las bodegas todas las pipas vacías, y con ayuda de los calderos y otros recipientes las rellenaron del preciado líquido. Fue entonces cuando descubriendo la causa del extraño sabor del agua, que era debido a los centenares de cucarachas que tapizaban el fondo de los toneles. Afortunadamente el activo gozo que todos experimentaba por aquel milagroso chaparrón consiguió apagar  los brotes de repugnancia. 

    Fue una noche fatigosa y mágica, por eso todos la dieron por bien empleada. La lluvia había traído el viento y las velas empezaron a tomar cuerpo. Ya de madrugada, cuando Yago despertó, sintió el frío del amanecer y por primera vez desde hacía mucho tiempo abrigó sólidas esperanzas de concluir con bien aquella travesía. No fue sin embargo el último episodio desagradable, pues dos jóvenes polizones fueron sorprendidos en pecado "nefando", lo que acarreó el severo castigo de su ejecución, siendo colgados de uno de los palos que vestía el galeón y allí permanecieron balanceándose 24 horas para escarmiento de toda la tripulación. La sodomía, era de todos los delitos, el más despreciado por aquellos hombres tanto tiempo privados de compañía femenina. Un pecado que a fuer de despreciarse acompañaba discretamente la realidad de cualquier travesía y cualquier buque, alimentando con silencios incómodos el diario de la tripulación. Por lo demás la abundancia de agua dulce hizo que las privaciones alimenticias fueran más llevaderas, pese a que las galletas estaban húmedas, albergando en su interior desconocidas larvas.  A veces los tripulantes pescaban algún que otro pez con el que aliviaban su modesta y monótona dieta en la cocina del buque, que solo se encendía una vez al día, cuando el mar estaba más calmo, y que se hallaba dispuesta en la cubierta a fin de prevenir incendios. La inquietante presencia de escualos siguiendo el buque, traía a los más experimentados marineros los peores miedos, siendo testigos y supervivientes de espantosos naufragios en los que la mitad de la tripulación y pasajeros, habían sido devorados por aquellos odiosos monstruos. Afortunadamente los únicos mordiscos que habían sufrido los navegantes eran debidos a las hambrientas ratas. Tanto se habían reproducido en el interior de las bodegas que a falta de alimento se devoraban unas a otras, atacando al pasaje durante las horas de sueño y haciendo de las orejas su manjar mas apetecido. Roían hasta la madera del barco de forma que causaron sendos estropicios por debajo de la línea de flotación del buque. Fue esto y no otra cosa, lo que determinó al capitán a establecer contra ellas una campaña de exterminio, ocupándose parte de la tripulación en este menester,  lanzándolas aún vivas por la borda, lo que contribuyó a acercar al barco a numerosos tiburones atraídos por el desesperado movimiento de los roedores en su denuedo por no ahogarse. Las refriegas fueron numerosas sobre el puente y sobre todo en las bodegas, lo que de alguna manera sirvió para entretener a la tripulación, y sobre todo, a los pasajeros atormentados por la agresiva rapacidad de aquellos animales. Solo en aquel momento empezó a significarse por su capacidad de liderazgo el capellán del barco que, afectado por disentería, había permanecido convaleciente en su camarote de popa durante buena parte del viaje. Nadie se explicaba cómo había podido sobrevivir, aunque su enfermedad se hubiera llevado al menos veinte kilos de su generoso corpachón. Cierto que aquellas operaciones de exterminio redujeron la población de ratas en el barco, pero nada se pudo hacer contra las cucarachas, los piojos y las liendres, las cuales, por cierto, habían empujado a parte del pasaje a aligerar el vello de sus axilas y su entrepierna por el rápido procedimiento de darle fuego al cabello, chamuscándolo. 

    Fue entonces cuando Yago se dio cuenta de que apenas le quedaba la suela de sus zapatos y que el resto había desaparecido. No tardaron en avistar tierra, de forma que la navegación hasta Buenos Aires se hizo costeando. Había perdido todos sus enseres, pero al menos le quedaba una camisa, unos calzones y una cuerda con la que fijar las suelas a sus pies. Suficiente indumentaria para empezar una nueva vida. 

   Yago vivió cuarenta años más, tuvo doce hijos, más o menos, y murió en su cama, rodeado de sus seres queridos. Fue un buen hombre, nunca golpeó a su esposa a la que permaneció fiel, más o menos. Jamás olvidó aquella travesía.

[1] efectivamente el olor no mata, pero si previene de zonas contaminadas por gases nocivos, en este caso se trataría del ácido sulfhídrico


Revisión Ortotipo 10/07/2021


Galeones de España consta de dos entradas: