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Acerca del Perfume y el Olor

Este es nuestro trabajo más elaborado. Nos ocupamos del perfume y del olor: ese maravilloso sentido que es el olfato; una compleja estructura puesta al servicio de nuestros instintos más primarios, pero tambien de nuestra imaginación. ¿Qué es el olor? ¿Cómo olía Alejandro Magno? ¿Cual era el perfume favorito de Julio Cesar? ¿Quién fue el primer perfumista de la Historia? ¿Cómo falsificar en el siglo X un perfume en la ciudad de Bagdad? A estas y otras muchas cuestiones responde este ensayo novelado del que estamos muy orgullosos. Está publicado en Amazón.

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La apasionante vida de las hormigas. Amor y guerra en el hormiguero

La vida de Sonia no es nada fácil. Su madre no la puede atender como ella se merece. No es de extrañar, Sonia tiene veinte millones de hermanos. Sonia es una hormiga y la sorprendemos en un momento importante de su vida: se muda de casa. Esta es la Primera Parte de un viaje al mundo de las hormigas del que nos encontramos tan satisfechos que se encuentra entre nuestros favoritos. No es para menos, estos seres diminutos serían los dueños del planeta si no tuvieran tantos enemigos. La fotografía es de Andrey Pavlov

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Parsis: la religión amable

Son los Parsis, una comunidad religiosa que viajó desde Persia (Iran) hasta la India hace de ello mil años. Son muy pocos; una gota entre un océano de Hindúes, pero tienen un extraordinario poder económico, industrial y cultural en este formidable país. Su religión se pierde en la memoria de la humanidad. Su Dios se llama Aura-Mazda y su profeta, Zaratustra. Practican una religión amable y solidaria que tiene, en cambio, reservado el derecho de admisión; no hacen apostolado, de tal forma que solo es Parsi quién nace Parsi. Los perritos son para ellos animales sagrados........

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Acerca del Perfume y el Olor. Nuestro mejor trabajo

Este es nuestro trabajo más elaborado. Nos ocupamos del perfume y del olor: ese maravilloso sentido que es el olfato; una compleja estructura puesta al servicio de nuestros instintos más primarios, pero tambien de nuestra imaginación. ¿Qué es el olor? ¿Cómo olía Alejandro Magno? ¿Cual era el perfume favorito de Julio Cesar? ¿Quién fue el primer perfumista de la Historia? ¿Cómo falsificar en el siglo X un perfume en la ciudad de Bagdad? A estas y otras muchas cuestiones responde este ensayo novelado del que estamos muy orgullosos. Está publicado en Amazón.

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Marca España: Una historia de ovejitas

La epopeya de esta ovejita no tiene nombre. Fueron dueñas de La Península Ibérica durante siglos. Cuidadas y mimadas hasta la extenuación. Protegidas con celo por Reyes y pastores pues su lana se consideraba y se considera única. Víctima de secuestros y tráfico ilegal con el proposito de conseguir suficientes ejemplares para asegurarse su reproducción. Estimada como pocas especies en Argentina y Australia. Es una institución en Nueva Zelanda donde ya la consideran una especie propia. Es la oveja merina española, un animalito que ha conquistado el mundo. La foto es de National Geographic

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China. La vida cotidiana de un emperador.




Un día en la vida de un emperador chino


 Si un observador extraterrestre llegara a la Tierra se encontraría con dos grupos humanos: uno pertenecería al ámbito de lo que conocemos por China, y otro, al resto de la Humanidad. De hecho, creo que las leyendas chinas, cuando establecen el origen del primer ser humano, solo admiten categorizar en esta especie  al hombre chino. Esta efectivamente es la importancia de China en el contexto global, aunque la comparación pueda parecernos exagerada los cuatro mil años de antigüedad de China la hacen merecedora, en parte,  de esta  relevancia. Si bien un estudio pormenorizado de esta cultura nos llevaría a establecerse importantes matizaciones a esta continuidad, en líneas generales, los 450 emperadores de este país han forjado una sucesión institucional que nos lleva a considerar a China como la nación más antigua del mundo. Pues bien, la idea que tenemos elaborada sobre cada uno de estos autócratas se nutre de aspectos tenidos por ciertos, pero que en buena medida no obedecen a la rutina diaria de un emperador. Cierto que estaban revestidos de un poder absoluto, cuyos actos,  no estaban sometidos a jurisdicción ni control alguno. Su poder se ejercía sobre un colectivo impreciso de súbditos despersonalizados a los que incluso el feroz protocolo privaba del rostro e identidad, toda vez que al emperador no se le podía mirar de frente. De hecho un observador occidental creía que cuando el emperador chino se desplazaba por sus tierras pareciera que lo hiciera más bien por un país conquistado que sobre su propia nación. La clemencia y la moderación eran platos extraños al ejercicio del poder y frecuentemente sus días transcurrían en una sucesión perversa de excesos de todo orden, lo que deparaba  personalidades patológicas y paranoides. Pues bien, esto es cierto, pero no nos da una imagen completa de su acontecer diario. Es más, hay un dato que en parte puede explicar esa naturaleza alienada de muchos soberanos; los emperadores chinos son, de todos los gobernantes que ha habido en la historia de la humanidad, los que estadísticamente han vivido menos tiempo, evidencia cierta de que el ejercicio del poder en China era más un riesgo que un placer. 

    Siempre se ha dicho que China ha pervivido en el tiempo gracias a la existencia de una sofisticada administración, hasta el punto de que se la llamado imperio funcionarial vista la procelosa densidad de cargos y estamentos oficiales mantenidos por el imperio. Es así que la dignidad y la autoridad imperial estaba de alguna manera mediatizada por esta extensa colonización funcionarial, hasta el punto de que el mero sentido común nos lleva a considerar que el propio emperador debía de cuidarse en el ejercicio de su autoridad por respetar las reglas del juego, si no quería ver comprometida su seguridad. Además, al mero cuerpo de funcionarios profesionales de estricta disciplina confucionista, se agregaba un tipo particular de servidor publico: los eunucos cuyo perfil siempre fue ambiguo, oscilando entre la obediencia jerárquica y el compromiso corporativo hacia aquellos que participaban de sus mismas limitaciones físicas e inclinados a la intriga. El enfrentamiento entre funcionarios, eunucos, círculos de poder trabados en torno a las concubinas y el propio ejercito, menguaron la figura despótica de los emperadores convirtiéndoles con frecuencia en el primero de los funcionarios, cautivos con frecuencia en esa tormenta perfecta de intereses, ambiciones y crueldad.

    Esta puede ser más o menos la fotografía diaria del trabajo de un emperador chino:


Primer Despertar 4.00 horas

El emperador despachaba los asuntos más urgentes a instancias de sus consejeros. Hecho lo cual, el emperador volvía a descansar nuevamente.


Segundo Despertar 7.00 horas

El emperador desayunaba a las 7 de la mañana en primavera e invierno y a las seis en verano. De una bandeja que le presentaban los eunucos escogía el nombre de los funcionarios que recibiría durante el día. Tras el desayuno abría el memorial que le presentaban para la jornada los funcionarios . Abre y lee el memorial y efectúa sus observaciones si es conveniente. Muchos emperadores hacían uso del buen saber de sus funcionarios, pero otros autócratas no admitían objeción alguna a sus deseos, la más leve contrariedad era castigada con una humillante ración de azotes.


Mediodía 11 a 12 horas

A esta hora podía realizarse una segunda audiencia si la jornada había sido fructífera. Sus deberes principales consistían en leer y hacer las correcciones oportunas a los memoriales presentados. Cada día podían llegar a palacio más de cien memoriales de todas las regiones del Imperio


Almuerzo 13 a 15 horas

Hora de asueto, tras la comida el emperador se podía relajar, bien paseando por los jardines bien componiendo poemas. Una comida tipo podía ser esta, teniendo en cuenta de que una de las pocas restricciones a la dieta venia de la prohibición del consumo de carne de buey pues se consideraba inadecuado el consumo de bestias de carga:

  • Una olla caliente elaborada con pato asado o carne asada
  • Una olla caliente con sopa de pato o ñame chino
  • Plato de ensalada de hierbas silvestres
  • Espinacas salteadas
  • Raíz de loto al vapor con loto
  • Tofu guisado con champiñones
  • Pollo troceado con salsa de soja
  • Rollitos de bambú
  • Bollos al vapor rellenos de cordero y calabaza
  • Pollo estofado con frijol
  • Encurtidos
  • Arroz cocido
(Almuerzo servido al emperador Qianlong (1711-1799). Dinastía Qing)

Como se ve la relación de platos es abundante, pero no exagerada, Además, su composición es sencilla y están elaborados con productos vegetales, sobre todo. La moderación alimenticia, al menos de forma oficial, era un elemento primordial en el entramado salud-espíritu al que la idiosincrasia china es tan proclive. Con todo, la noticia debe ser tratada con cierta prudencia, a la vista de los gustos sencillos de este emperador. Por contra, el derroche culinario practicado por la emperatriz Cixi (1835-1908) no tiene límites; se le preparaban unos 140 platos al día, de los cuales, solo probaba dos o tres, en parte, por su miedo a ser envenenada.


Tarde de 15.00 a 19.00

Continua el despacho de memoriales. Al final de la tarde el emperador firmará las órdenes con tinta roja. En realidad la mayoría de los emperadores estaba asistido por una nube de consejeros, pero la naturaleza autocrática del sistema podía hacerlos fácilmente prescindibles, como de hecho lo fueron. Sus competencias eran, en muchos casos, limitadas o nulas. Nepotismo y corrupción fueron una constante, las raras excepciones fueron muchas veces recompensadas con el exilio o la muerte. La preocupación fundamental del emperador era la de asegurar su vida y la de sus herederos. Con el fin de salvaguardar en lo posible la integridad de estos últimos se mantenía en secreto la identidad del elegido para sucederle en el trono. Con este fin el emperador firmaba por duplicado un decreto: uno lo conservaba en su poder, el otro se guardaba en una caja sellada que se colocaba sobre el trono imperial.


Noche a partir de las 20.00

Los deberes del emperador han terminado. A partir de esta hora, y tras una cena ligera, puede retirarse a sus habitaciones.  La Ciudad Prohibida de Pekín posee unas dimensiones extraordinarias, pero de sus 720.000 metros cuadrados,  el emperador eligió habitualmente para su descanso una alcoba con unos 20 metros cuadrados. En esta estancia se dispone el lecho, de unos 3,5 metros de largo, oculto tras una gasa, y otros tres enseres más: un orinal, una escupidera y una bañera lacada en rojo. Esta estancia solo era utilizada para el descanso del emperador. Cuando así lo precisaba, se disponían varias salas para mantener una intimidad con las concubinas, aunque por razones de seguridad una sola de aquellas estancias era utilizada. Los emperadores chinos, en general, mantuvieron y fomentaron una constante cautela, observando medidas de seguridad extremas. En muchos casos, y  con el fin de asegurar su integridad,  mantuvieron una disposición hostil y paranoide hacia su entorno. El tamaño de su alcoba puede responder a esa desconfianza hacia todo, inclinándose por espacios pequeños fáciles de vigilar.





Perfume y Olor. Fragancias, aromas y olores en la Historia de la Humanidad



Acerca del Perfume y el Olor


Perfume y Olor. Historia y Mito


De tanto tratar post sobre el perfume y su entorno social,  nos hemos animado a escribir un libro, este es su título «Acerca del Perfume y el Olor». Creemos que no nos ha salido mal,  se puede encontrar en Amazon. El ensayo nos presenta un particular viaje narrativo en torno a las características de un sentido sorprendente y también maravilloso: el olfato. El sistema olfativo ha tenido una relación conflictiva con las denominadas Ciencias Sociales, pues más allá de su aspecto puramente fisiológico y anatómico, el sentido del olfato es el candidato más relevante para enfrentar al hombre con su condición animal; de tal manera que el aspecto más incomodo y controvertido del olfato es el olor. No podemos controlar el olor de las cosas, pero lo que es aún peor, no podemos controlar las percepciones que nos sugiere el olor. El olor es como un detonante, un interruptor que apaga y enciende aspectos relativos tanto a nuestra memoria; en forma de recuerdos; como a sensaciones de incomodidad o confort: hedor y fragancia. El olfato es un edificio en el que habita un solo inquilino: el olor, pero con infinidad de disfraces. Carecemos hasta de un lenguaje adecuado para definir ese atavío: «esto huele a aquello», «se parece a...» «me recuerda…». De hecho, este edificio olfativo tiene sus cimientos asegurados en lo más profundo de nuestro cerebro; sabemos mucho de él, pero estamos lejos de conocerlo del todo. Hedor y fragancia, por ejemplo, utilizan los mismos canales perceptivos, pero generan resultados bien diferentes: asco y embeleso. Una gentileza del olor es la del perfume. Decididamente el perfume es la parte más grata y celebrada de la olfacción. Su uso no es inocuo, ha sido siempre una exhibición del lujo, por eso, un ensayo sobre el perfume y el olor, no puede quedar limitado a un análisis conciso y técnico del producto. Además, el perfume tiene numerosas lecturas; ha marcado a las clases sociales, estableciendo un frontera olfativa entre ricos y pobres; también es el embalaje de la seducción. Como regalo de los dioses tiene una sólida proyección mitológica, y en su momento, fue tan codiciado como el oro y las piedras preciosas, hasta el punto de que marcó estables itinerarios comerciales entre Oriente y Occidente. Su faceta hedónica determina vivencias difícilmente objetivables, es, en este sentido, una experiencia única e intransferible. Vivimos el perfume de una manera personal; como filosofía, pero también como mito y hasta lo incorporamos a nuestros códigos sociales. Este ensayo sobre el perfume y el olor ocupa más de cuarenta siglos de la Historia de la Humanidad, pues abarca hasta el siglo XVIII; por eso, he decidido abordarlo en dos partes. Esta primera se ocupa del llamado periodo clásico: Egipto, Mesopotamia, Grecia, Roma y la civilización Arabo-islámica ¿Cómo vivieron el perfume estos pueblos y culturas? A esa pregunta quiere dar respuesta este trabajo. Espero que sea de su agrado.


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Sultanes del Imperio otomano. Origen y nombre de sus madres.




Quienes eran las madres de los sultanes otomanos


Sultán Nombre de la MadreOrigen
cerocerocero
Osman Gazi (1281-1326) Halime Hatun*Persa?
Orhan Gazi (1326-1360) Malhun HatunTurca
Murat I (1360-1389)NilüferBizantina
Yildirim Bayazid I (1389-1402) GülzicekDesconocida
Mehmet I (1413-1421) DevletTurca
Murat II (1421-1451) EmineTurca
Fatih Mehmet II (1451-1481)HümaSerbia o Italiana
Beyazid II (1481-1512) GülbaharAlbanesa
Yavuz Selim I (1512-1520) Ayse GülbaharTurca
Suleiman I (1520-1566)Hafsano Turca
Selim II (1566-1574)HürrenRusa o Polaca
Murad III (1574-1595) NurvanuVeneciana o judía
Mehmet III (1595-1603)SafiyeAlbanesa
Ahmed I (1603-1617) HandanDesconocida
Mustafa I (1617-1618)(1622-1623) HalimeAbjasia
Osman II(1618-1622)MahfiruzDesconocida
Murad IV (1623-1640) MahpeykerGriega
Ibrahim I   (1640-1648) MahpeykerGriega
Mehmet IV (1648-1687)TurhanRusa
Suleiman II(1687-1691)AsubDesconocida
Ahmed II(1691-1695)MuazezzPolaca-Lituana
Mustafa II (1695-1703) GulnusCretense
Ahmed III (1703-1730)GulnusCretense
Mahmud I (1730-1754)SalihaDesconocida
Osman III (1754-1757)SehsuvarRusa
Mustafa III (1757-1774)Mihrisah SermiFrancesa?
Abdul Hamid I   (1774-1789)Mihrisah SermiFrancesa?
Selim III   (1789-1807)MihrisahGeorgiana
Mustafa IV (1807-1808)SineperverBúlgara
Mahmud II (1808-1839)SineperverBúlgara
Abdulmecit I (1839-1861)BezmialenGeorgiana
Abdulaziz I (1861-1876)PertevniyalRumana
Murad V (1876-1876)SevkfzaCircasiana
Abdulhamid II (1876-1909)TirimüjganCircasiana
Mehmed V (1909-1918)GülcemalBosnia
Mehmed VI (1918-1922)GülüstüAbjasia




* El idioma turco carece de géneros, Hatun: mujer, sobre todo de alta dignidad.





Sultanes del Imperio otomano. Listado. ¿De qué murieron?


Yildirim Bayezid



¿De qué murieron los sultanes otomanos?


Aunque no son todos, si que están la mayoría de los sultanes. Estas son las causas aparentes que determinaron la muerte de los sultanes otomanos. Probablemente los determinantes reales de sus muertes fueran otros bien distintos, pero esta es la historia más o menos oficial. En la imagen Yildirim Bayazid, apodado «el relámpago», murió envenenado



Osman Gazi (1281-1326) Insuficiencia cardíaca
Orhan Gazi (1326-1360) Derrame cerebral
Murat I (1360-1389)Asesinado
Yildirim Bayazid I (1389-1402) Envenenado
Mehmet I (1413-1421) Derrame cerebral
Murat II (1421-1451) Derrame cerebral
Fatih Mehmet II (1451-1481)Envenenado
Beyazid II (1481-1512) Insuficiencia cardíaca
Yavuz Selim I (1512-1520) Cáncer
Suleiman I (1520-1566)Derrame cerebral
Selim II (1566-1574)Hemorragia interna
Murad III (1574-1595) Cáncer
Mehmet III (1595-1603)Infarto
Ahmed I (1603-1617) Cáncer
Mustafa I (1617-1623) Crisis epiléptica
Murad IV (1623-1640) Cirrosis
Mehmet IV (1648-1687)Asesinado
Mustafa II (1695-1703) Cáncer
Ahmed III (1703-1730)Diabetes
Mahmud I (1730-1754)Accidente
Osman III (1754-1757)Tuberculosis
Mustafa III (1757-1774)Hemorragia cerebral
Mustafa IV (1807-1808)Asesinado
Mahmud II (1808-1839)Cirrosis
Abdulmecit I (1839-1861)Tuberculosis
Abdulaziz I (1861-1876)Asesinado
Murad V (1876-1876)Diabetes
Abdulhamid II (1876-1909)Neumonía



Mujeres. El Reino de las Mujeres. Una experiencia social en el siglo XV

 


El reino de los placeres y las delicias del sultán Ghiyath  


Desde el principio de los tiempos el hombre ha aspirado a la felicidad. Para ello, ha construido espacios ideales de convivencia, lugares en los que las duras aristas de la existencia hubieran sido superadas. Los llamaron de distintas maneras: Yanna,  Edén,  Paraíso,  Campo de Juncos,  Arcadias,  Shambhala..... Casi todos eran la culminación de propuestas religiosas o cuasi religiosas cuya validez era imposible de verificar. Existen excepciones, muy puntuales, en los que el ánimo de un visionario intenta aclimatar al mundo real un lugar idílico en el que la paz, el orden, la ausencia de violencia, la belleza; ¿y por qué no? también el placer, fueran los bastiones de ese microcosmos social. 


1. El Hombre


Hemos de viajar al siglo XV, en el Sultanato de Malwa, en el centro  de la India. Transcurre el año 1469, el sultán ha muerto y Ghiyath Shahi, su hijo, se convierte en el nuevo gobernante. Ha guerreado por su padre durante los últimos 30 años al frente de su ejército, batallado un día sí y otro también. De tal forma que el reposo de una jornada solo anticipaba la batalla del día siguiente. No había piedad, ni para mujeres, ni para niños. Se arrasaban las tierras con sal, se enterraba vivos a los prisioneros, se daba fuego a las viviendas con sus habitantes dentro y las tierras se regaban con sangre. El norte y el centro de la India eran un hervidero de atrocidades, musulmanes peleando contra musulmanes, musulmanes contra hindúes, hindúes contra hindúes. Nadie que se tenga por ser humano puede salir de esta experiencia sin haber sufrido radicales transformaciones; Ghiyath Shahi había cambiado. Creía que ya había hecho lo suficiente por su reino y aquella carga que recibía como heredero la iba a utilizar para el fomento de la paz, la belleza y el placer. Así pues, su primera determinación fue la de delegar en su propio hijo las competencias más amargas del poder, en tanto que reservaba para él un proyecto en el que su imaginación había venido trabajando en los duros años de la milicia. Se propuso impulsar una corte en la que la violencia no tuviera cabida, fomentando la instrucción y las bellas artes, dando carta de naturaleza a todas aquellas actividades que facilitaran las disciplinas o habilidades destinadas a aplacentar los sentidos, como la comida, el sexo, la caza, la filosofía, perfumería, etcétera. Para ello y como buen conocedor de la naturaleza humana, contrató un ejército formado solo por mujeres turcomanas y abisinias porque, si bien la paz era uno de sus objetivos, sabía de los muchos peligros que amenazaban su proyecto. 


2. El Proyecto


Ghiyath Shahi había advertido que los únicos momentos de felicidad durante sus muchos año de feroz guerrero se los habían proporcionado las mujeres del harén. No era el único gobernante del mundo musulmán que se había refugiado en los harenes con el fin de encontrar entre sus paredes momentos de asueto y reposo, pero en su caso, la convivencia con las mujeres del harenato puso en valor las muchas virtudes del género femenino, hasta el punto de hacerle más grata la compañía femenina que la de los hombres. Ellas habían monopolizado la belleza, tenían un trato afable, eran alegres por naturaleza y su objetivo en la vida parecía estar destinado a conseguir la felicidad para sí y para todos aquellos que las rodeaban. Además, su conversación era en extremo inteligente y mantenían una viveza intelectual que solo podía ser el espejo de espíritus dinámicos, abiertos a todo tipo de conocimiento. Dominaban todo aquello que el hombre tenía por bueno y que parecía haber sido creado por Dios para agradar su enérgica y violenta existencia: empezando por la comida, las artes de la relajación, las conversaciones teológico filosóficas, el arte del perfume. Todo esto le llevo a diseñar un plan que iba más allá del recinto del harén y que pasaba por activar socialmente al género femenino, teniéndolas de esta manera por el principal activo de una nueva ciudad. Hizo de  Mandu su nueva capital, aunque la urbe  pronto empezaría a conocerse como Shadiabab «ciudad de la  alegría», ya que las intenciones del sultán eran la de reglamentar el placer como el principal elemento inspirador de su legislación y gobierno. 


3. Su Destino



        Los años que Alá le permitiera permanecer en este mundo los dedicaría al placer, pero no solo al placer propio, perspectiva que en nada beneficiaria su propuesta hedónica colectiva, si no un placer que estuviera al alcance de todos aquellos que le rodearan, pues solo así, socializando el confort, podría él gozar completamente.  Como quiera que había encontrado entre el sexo femenino una disposición natural hacia la convivencia cortés y pacífica, decidió rodearse de mujeres para su proyecto urbano y social. Mandó pues edificar varios palacios, uno de ellos conocido como «el barco» porque su forma recordaba la de una quilla, también jardines y barracones, así como amplias piscinas destinadas al solaz de él mismo y su población femenina. Jahangir, uno de los emperadores mogoles de la India, estimaba que 15000 mujeres habitaban las dependencias[1] habilitadas por  Ghiyath Shahi.  Ellas, como ya he referido, no solo se ocupaban de las competencias defensivas, sino de la instrucción y la enseñanza de aquellas niñas que destacaban por su interés y capacidad, hasta el punto de que «las madrazas», escuelas coránicas se habilitaron específicamente para proporcionar enseñanza a las mujeres. De ellas dependía la administración de este reino, llamado impropiamente epicúreo. Las más instruidas y brillantes nutrieron el círculo íntimo del sultán, adornando intelectualmente las sobremesas con vivas y divertidas discusiones o sesudas disputas religiosas y filosóficas. También eran mujeres las que le acompañaban en jornadas de caza, en las que el propio Ghiyath Shahi había cifrado uno de sus momentos de mayor solaz. Solía decir que la felicidad de un hombre era completa cuando viaja a lomos de un elefante, acompañado por una buena conversadora, saboreando una buena bebida y refrescados sus pies con pasta de alcanfor. Se le consideró un gran mecenas de la perfumería y la química, pues en la India es esta última disciplina la que responde de la impagables variedad de aromas que generó el país. Toda esta experiencia vital quedo delicadamente ilustrada en un texto conocido como «Nimatnama» (Libro de las Delicias), texto rapiñado en su momento, como botín de guerra, por la siniestra Compañía Británica de las Indias Orientales (una empresa privada en la que la monarquía Británica había delegado la gestión de la India), y hoy expuesto en el Museo Británico. En este delicioso libro se paginan, ilustración a ilustración, los numerosos episodios vitales que durante más de treinta años constituyeron la actividad diaria de este «gran vividor»: higiene, elaboración de menús, festines, francachelas, imágenes de caza, bucolismo, y un apartado especial dedicado, como ya he referido, a la elaboración de perfumes. Aunque fue un gobernante pío y devoto, nos cabe la duda de que se retrajera en todo momento del consumo de narcóticos, pues el Subcontinente Indio ha manejado históricamente los opiáceos casi de forma litúrgica. El espejo infinito de reyes, reyezuelos,  príncipes, sultanes y castas guerreras de la India medieval apunta a un consumo protocolizado y habitual, tanto de alcohol, como de otras sustancias embriagantes (de hecho, varios emperadores mogoles, de estricta obediencia coránica, fueron alcohólicos). El Libro de las Delicias exhibe también un capitulario dedicado al sexo, la peculiar y delicada literatura sexual de la India encajó perfectamente con el sensualismo de los conquistadores musulmanes, embebidos de la tradición arabo-persa. El apartado dedicado a la perfumería[2] en el Libro de las Delicias es consistente con lo antedicho por un doble motivo, primero porque el perfume se ocupa de vestir y acompañar la seducción y segundo, porque la materia prima comprometida en la elaboración de bienes fragantes posee propiedades que van más allá de sus virtudes olorosas. Ghiyath Shahi propone, por ejemplo, una pomada que reactivaría el deseo sexual y que se aplicaría sobre la piel. 

        Ghiyath Shahi  vivió como quiso y cuanto pudo. Vivió hasta que un día su hijo, aquel en quién había delegado la gestión del país, decidió matarlo. Parece ser que utilizó el veneno para ello. A continuación se ocupó de borrar toda la obra de su padre, haciendo retornar a las mujeres a sus oficios acostumbrados y a su habitual dependencia.



[1] Jahangirnama

[2] J.García. «Acerca del Perfume y el Olor»


También podéis ver:

Mogoles de la India. Perfumes

Inmolación de mujeres en la India: el sati





ACERCA DEL PERFUME Y EL OLOR. OLOR Y PERFUME

 



HISTORIA DEL PERFUME


Me ha llevado diez años de trabajo, pero por fin es una realidad. Está publicado en Amazon, y aunque no era mi plataforma ideal, buenos y cercanos consejos han acabado por decidirme. La búsqueda de canales adecuados, quiero decir editoriales dispuestas a publicar el trabajo de un autor desconocido, es desalentadora, aunque comprensible; arriesgar el dinero en un proyecto editorial requiere buenas dosis de compromiso y fe. Ni uno ni otro forman parte de los criterios comerciales de cualquier empresa que se tenga por tal, al fin y al cabo una editorial es una empresa que busca el beneficio, y en el peor de los casos, esquivar las pérdidas, además de no perder reputación publicando cualquier memez. Este, sin duda, es el aspecto más amargo de un escritor novel que, en numerosas ocasiones, se ve obligado a utilizar soportes tenidos por menores o inapropiados. !Quién sabe¡

Veamos. Este es un ensayo; un trabajo que ofrece un recorrido narrativo en torno a cinco grandes civilizaciones y culturas: Egipto, Mesopotamia, Grecia, Roma y la civilización Araboislámica. En este caso, el guion queda señalado por un aspecto tenido por menor, algunos opinan que frívolo: el Perfume. La percepción de esta gentileza del olor que es el buen olor, pese a parecer irrelevante, acompaña el trayecto vital de la especie desde hace milenios y tiene una continuidad en el tiempo. Esta perdurabilidad obedece a imperativos de naturaleza biológica: el perfume remunera los sentidos, pero también es cultural. Todas las civilizaciones han encontrado en la recreación olfativa, bien una fuente de inspiración, bien un elemento primordial en su liturgia religiosa, o sencillamente, un instante de recreación sensitiva. Pero el bienestar olfativo no es gratuito, determinó toda una sofisticada técnica para la elaboración de productos gratos al olfato. Sus exotica fueron uno de los principales objetos de codicia, alimentado las vías comerciales entre Oriente y Occidente, bien a través de la ruta de la seda y la de las especias o a lomos de camellos, en interminables caravanas, atravesando los desiertos arábigos y asiáticos. Pero el perfume no solo es un objeto; es también una emoción, al ser una particular instancia del sentido del olfato, participa de las peculiares propiedades de este sentido tan menoscabado en la historia. Su faceta hedónica determina vivencias difícilmente objetivables, es, en este sentido, una experiencia única e intransferible. Vivimos el perfume de una manera personal; como filosofía, pero también como mito, y hasta lo incorporamos a nuestros códigos sociales, lo que le hace antropológicamente apetecible. Mas el perfume es solo una de las evidencias del sentido del olfato, hay otro aspecto más inquietante en la olfacción: el hedor. Perfume y hedor, como ya refiero en el texto, utilizan los mismos canales sensitivos pero causan emociones diferentes. Esto es paradójico, pues muchos de sus ingredientes son perfectamente intercambiables: sorprendentemente existen matices en el hedor que animan el formulado de las más sofisticadas esencias.  A diferencia del hedor, el perfume ha sido aceptado dentro de la familia cosmética como un elemento nuclear, incorporando el bienestar olfativo a los códigos de belleza tenidos al uso en cada momento de la Historia. Espero que el texto sea de su agrado.


J. García 

Con mis agradecimientos a Casamundo







Pobres y olor. Pobreza y clases sociales. El perfume y las clases sociales. ¿Cómo huelen los pobres?

 

 



Pobres y olor


El perfume conserva aún cierta herencia intelectual que lo hace incómodo. Hasta hace menos de un siglo su uso era patrimonio de determinadas clases sociales, de tal manera que la práctica de perfumarse era sinónimo de riqueza o bienestar. Si no me equivoco Engels, el amigo rico y benefactor de Marx, se indignaba con las condiciones de vida del proletariado inglés, en uno de sus viajes a la ciudad de Londres, siendo la apestosa rutina de los obreros uno de los elementos que más le llamaron la atención. La percepción olfativa es un elemento clave para categorizar al otro. El extranjero, el diferente, el extraño, lo es en base a muchos determinantes, pero uno, y bien importante, es el del olor.


El componente emocional del olfato es uno de los principales factores que ayudan a marcar con numerosos interrogantes toda su estructura fisiológica. Sabemos mucho del sentido del olfato, pero las lagunas sobre su funcionamiento son tales que, permiten aún aventurar datos sobre su actividad real. Sea como fuere, perdemos un poco la pista de las sensaciones olfativas más allá de los glomérulos, unas estructuras que canalizan los impulsos olfatorios hacia las entrañas del llamado cerebro profundo. Es el sistema límbico el que, en última instancia, fagocita el olor y se encarga de articular la información. Gráficamente podemos imaginarnos los paquetes olorosos como bolas de billar impactando en las paredes de nuestro yo más emocional, activando sucesivamente los distintos niveles comprometidos en nuestra subjetividad y en el que la herencia recibida juega un papel importante. 


Trabajamos en el mundo con algoritmos imperfectos: los prejuicios. No nos engañemos, aunque tengan mala prensa  tienen un cierto sentido, están ahí porque garantizan de alguna manera nuestra supervivencia, armando nuestro instinto ante eventos desconocidos o extraños. Los poseen todas las especies. Las hormigas, por ejemplo, pelean inmisericordes con sus familiares más próximos, y lo hacen hasta el exterminio. En cuanto a los mamíferos refiere, tampoco aceptan de buen grado individuos de la misma especie, pero de distinto clan. Los etnógrafos pueden dar fe de la elevada beligerancia entre grupos humanos, no tan dispares ni en conformación física ni en rasgos culturales. Toda la fuerza de los instintos animales se ejerce de forma inmoderada. En la especie humana esta agresividad se canaliza de alguna manera a través de los prejuicios. Preconceptos frente al otro, unas veces ante sus ideas, otras, por miedo a la pérdida de la identidad, pero también ante sus diferencias fisionómicas, color de la piel, forma corporal; sobre todo la del rostro, y un elemento inquietante: el olor. En efecto, el olor es un determinante clave en la percepción del otro.


El olor no se vive de forma idéntica en todas las culturas. Existe una teoría que agrupa a los pueblos y a las civilizaciones por su relación con el olor. En la India, por ejemplo, se celebra el perfume como un acto social; el olor es para los demás, para ser reconocido grupalmente, de ahí, a veces, su apremiante intensidad. Sin embargo, en Japón y otros pueblos con parecido perfil como es Corea, el olor puede llegar a ser una impertinencia, una invasión de la intimidad. Factores genéticos, junto a aspectos culturales, determinan que el perfume se viva en estos pueblos como una evidencia sensible que exige moderación, cuando no privación. El arco mediterráneo requiere también una detallada atención, no en balde, puede decirse que el perfume apareció muy precozmente en sus costas. Aquí también se vive el perfume como una celebración que instiga las emociones humanas más intensas. Sin embargo en América del Norte, y haciendo alarde de ese espíritu práctico de su herencia puritana, el perfume se vive higiénicamente; el olor debe remitir a la pureza del agua; integrando sus notas con las propias de la higiene corporal: olor a ropa limpia. Es así que, el perfume en particular, y el olor en general, se vive como una extensión emocional. La relación entre limpieza y perfume es bien curiosa, porque la higiene corporal no necesariamente ha de oler, de hecho, hay una higiene neutra o transparente que no huele a nada.


Categorizamos al otro por el olor. Aunque no está muy claro que exista un olor tenido como objetivamente fétido, es cierto que determinados pulsos aromáticos se viven con repugnancia y causan una desazón incómoda; el olor de la descomposición posee tal agresividad que causa estímulos en el bulbo raquídeo responsable del vómito. El olor es lesivo de otra manera; tendemos a establecer refugios aromáticos, espacios cómodos en los que la vivencia olorosa nos cause gozo y placer, incorporando a ellos a aquellos miembros que guarden una cierta afinidad con nuestro horizonte olfativo. A veces, gregarizamos hasta tal punto esa vecindad, que la incorporamos a nuestra zona de confort, de tal forma que, aquellos olores que no se ajustan al molde, al muestrario oloroso que conserva nuestro cerebro, se rechazan. La pobreza es un importante foco de inquietud en este sentido. Sobre todo porque el paquete oloroso viene acompañado de otros legados inquietantes: indumentaria, abandono,  comportamiento. Excepción hecha de algunos colectivos ilustrados como los filósofos, que hacían del desaseo una de sus señas de identidad, la pobreza ha venido señalada históricamente no tanto por su desapego al buen olor, como a una suerte de síndrome, que haría del pobre alguien consustancial al hedor. 


La pobreza no solo generaba hábitos sociales inadecuados, comportamientos antisociales, envilecimiento y promiscuidad, sino que también impregnaba a estos actores de la desdicha, de un manto fétido tan connatural a ellos que ni siquiera parecían advertirlo. Esta indiferencia por el mal olor propio suponía un aldabonazo para aquellas teorías que harían de los pobres a gente que merecía su destino, pues eran hasta incapaces de corregir esa afrenta desquiciante del mal olor. En la sofisticada Bagdad del siglo X se les tenía como río de escoria. Bagdad era una ciudad atestada, cuyas calles eran un hervidero de personas y animales, cercada por muladares, pozos negros y otras fuentes de contaminación olorosa. En este sentido no tenían  nada que envidiar a Roma; un hito urbano que llegaría a alcanzar el millón de habitantes y que  fue centrifugado a su nobleza hacia extra muros de la ciudad;  Roma era invivible, atestada de muchedumbres, ruidosa y olorosa. Podían disponer de los mejores aromas del mundo, los traían incluso desde la India, pero las nocivas emanaciones de la plebe los hacían vanos. Hasta uno de aquellos gobernantes, de nombre Cayo Verres, utilizaba una suerte de mascarilla, bien cargada de material fragante, con el fin de evitar que su delicada naturaleza se viera ofendida con el contacto apestoso de la gente del común, mendigos, borrachos, dementes… pueblo. Julio César, intentaba ganarse la complicidad de esta gente, alabando el buen olor del pueblo de Roma; pero Julio César era un político, por eso sabemos que mentía. Conocemos muy bien el itinerario de la civilización romana, cierto que aunque más distante, China ofrece unas claves vitales muy similares. «La ciudad prohibida» fue diseñada, entre otras cosas, para mantener alejado al populacho y su apestosa indumentaria, de la delicada frialdad del jade y las exquisitas sedas, con las que varias dinastías se hacían acompañar. Nadie que quisiera conservar su vida podía prescindir, en presencia del emperador, de los clavos de olor que ayudaban a la bonanza del aliento. La dinastía Yuan, herederos de la rusticidad nómada de los mongoles,  exigía a las concubinas una prestancia natural en sus pieles; olían sus cuerpos antes de permitirles atravesar los límites del palacio imperial. Quién iba a suponer de aquellos hijos de las destempladas praderas del Asia Central, ellos que despreciaban a los pueblos sedentarios porque llenaban sus narices de la picante coreografía de las heces de sus cabalgaduras, se embebieran hasta tal punto en el cruel refinamiento del mandarinato . En cuanto a la vivencia del olor en la India hay tanto que decir que solo la endiablada gramática del sánscrito evita una mayor divulgación. Conviene apuntar que el sistema de castas vigente durante más de dos mil años, y que sigue activo aún hoy en el inconsciente colectivo del país, tiene al olor como una de sus principales señas de identidad. De hecho, el perfume es una recreación restringida a las cuatro clases dominantes: brahmanes, príncipes y guerreros, comerciantes y por último, agricultores. Es sabida que la obra más significativa de la sensualidad hindú, el Kamasutra, es un código de comportamiento destinado al servicio de caballeros diletantes.


El Kamasutra dedica un espacio muy significativo al adecentamiento oloroso del cuerpo, y en particular, a la limpieza y odorificación de la boca. Adviertan que ese recinto dentado es una bomba hedionda, hasta el punto de que las diversas reacciones químicas que en ella se producen son similares a las del intestino grueso, es decir, el recto. Por eso no es extraño que el aliento establezca fronteras invisibles, aquellas marcadas por la capacidad del hálito para desplazarse en el espacio. Desde luego el régimen de distancia social, el espacio que mantenemos con nuestro interlocutor, una zona privativa que nos permite mantener cómodamente una conversación sin sentirnos agobiados por el otro, viene establecido por el alcance del aliento del otro. Esta distancia es directamente proporcional al grado de espesura olorosa que acompañaría nuestra respiración, siendo este más intenso en sujetos con deficiente higiene. 


Hasta fechas muy recientes las clases más menesterosas solían añadir a la dificultad de sus vidas una higiene deficiente o económicamente sobrevenida, carecían de agua corriente por no decir de jabón. Las clases burguesas, en la Europa del siglo XIX, intentaban alejarse de las embrutecidas masas de trabajadores fabriles, agotados y sudorosos tras interminables jornadas laborables. Su cansancio era tal, que apenas daba para mantenerlos despiertos mientras se alimentaban de unas gachas acompañadas de aguardiente; el único líquido que les permitía olvidar la espesura amarga de su existencia. Vivían confinados en una campana de degradación urbana, recluidos en arrabales, compartiendo viviendas, destinos y camas. Efectivamente, en muchas ciudades alemanas los modestos propietarios de cuartuchos, alquilaban sus propias camas a obreros recién llegados del campo con el fin de aliviar así su precaria existencia en espacios de menos de 15 metros cuadrados, compartiendo en este caso su miseria, pero también su olor Su horizonte olfativo, eso que olemos permanentemente, pero que el cerebro se encarga de amortizar por mera economía, era el mismo, les identificaba allá donde fueran. En la India, megalópolis como Mumbai, con 20 millones de habitantes y una densidad media inimaginable en occidente de 30.000 habitantes por kilómetro cuadrado, sería posible identificar a los habitantes de los barrios por el peculiar microcosmos oloroso de cada uno de los mismos. 


Hay momentos en los que esa distancia social a la que me refería se rompe; bien en los espacios urbanos, convenientemente delimitadas las zonas de tránsito o estadía, bien en eventuales o esporádicos contactos por demanda de servicios. Este último es el caso de las lavanderas; personajes ya desaparecidos del entramado urbano, cargaron durante toda su existencia con el estigma de la inmoralidad. No se concebía que un oficio ocupado en la limpieza de las excrecencias humanas, pudiera mantenerse al margen de aquellas impurezas orgánicas que manchaban las prendas de vestir o el ajuar doméstico. Por supuesto que el olor ocupaba en este proceso un lugar determinante, pues de alguna manera podía incriminar el decoro de una persona, habida cuenta de que lo sucio solía significarse por la emisión de fetidez. Enterradores, matarifes, en general, todos aquellos oficios relacionados con actividades odoro-significantes, quedaban señalados socialmente, porque el olor es como una etiqueta. Los médicos medievales y todos aquellos galenos que enfrentaron las sucesivas epidemias de peste, enfundados bajo estrafalarias indumentarias, no andaban descaminados al exigir prendas sin arrugas ni costuras, pues pensaban que las miasmas pestíferas quedarían allí prendidas, ya que el olor queda aferrado a las prendas de vestir, constituyendo un delator de nuestro itinerario vital. Se nos conoce por aquello a lo que olemos. Es más, otra visión de la modernidad, puede estar en relación con la transformación que realizamos al higienizarnos;  no solo debemos estar limpios, tenemos que demostrarlo, oler a limpio, un olor prestado incorporado a nuestra piel. Perfumarnos para que ese otro olor que nos impregna, el de nuestro oficio, por ejemplo, no revele lo que somos violando nuestra intimidad. Es así que preservamos aquello que somos o hacemos mediante disfraces aromáticos. Por un lado queremos destacar, utilizando algún tipo de perfume que  sobresalga sobre el resto, pero por otro, aquel olor que nos puede hacer significantes entre la masa, el olor a pescadero o mecánico,  por ejemplo, nos parece inapropiado. No hay nada peor para nuestra autoestima que la carga consciente de un olor desagradable. Vilma Rousseff, que creo que fue presidenta de Brasil, hablaba de la insoportable indignidad de esta locución: "oler mal". Las condiciones de su reclusión, fue prisionera política, fueron tan restrictivas que fue privada de la higiene. Otro aspecto, quizás más lesivo para nuestra memoria colectiva, es la de la esclavitud, teniendo en cuenta que la condición de esclavo no es efectiva hasta que no se interioriza por el propio sujeto, pues se puede ser esclavo estatutariamente, pero libre mentalmente. Las condiciones en las que se efectuaba la trata de esclavos inter oceánica eran tan brutales: hacinados en jaulas, en espacios tan reducidos que el permanente contacto físico era inevitable; que las posibilidades de intimidad para los actos más orgánicos de la naturaleza humana, junto al olor autopercibido, convertían a los hombres en auténticas piltrafas; seres privados de voluntad humana y degradados a ojos de sus carceleros en especies animales. Hay un episodio referido a la gesta de Alejandro Magno en sus conquistas que nos trae ecos de esta misma naturaleza, me refiero a las condiciones del cautiverio sufridas  por Calístenes (360-328 a.C.), a instancias del propio Alejandro,  los griegos no le perdonaron aquella sevicia, pues le dejo perecer rodeado de sus propias heces. Un aspecto quizá más terrible es el de una agónica condena practicada en la antigua Etruria y que se conoce como el "suplicio de Mezencio", el cual consiste en amarrar al condenado a un cadáver con el que comparte su descomposición, hasta que un colapso o una infección generalizada le matara. 


Hoy sabemos mucho del hedor, de la descomposición de la materia viva y los procesos implicados en esta transformación, pero el poso de nuestros prejuicios sigue siendo básicamente alimentado por los mismos impulsos. La corrección social y el decoro humano, lo que nos caracteriza como seres inteligentes, empujan a engalanar o civilizar nuestros instintos más primarios. Hay algo en el interior de nuestras cabezas que nos empuja a mantener las distancias ante aquello que genera olores desagradables, y que probablemente tenga que ver con nuestro yo más animal; ese alma indómita al que los ritos y protocolos sociales no son capaces de domesticar.


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Dientes y dentaduras postizas. Historia. De cuando llevábamos muertos en la boca. El asunto Waterloo


dientes tomados en Waterloo dispuestos para la venta



    Se dice que Don Luis de Requesens (1528-1576) fue un hombre de carácter apacible y bonachón al que Felipe II nombró Gobernador de los Países Bajos con el fin de que practicara allí el arte de la conciliación y el diálogo que su predecesor en el cargo, el Gran Duque de Alba, no había sabido poner en práctica. Llegó ya ciertamente entrado  en años y achacoso. Sus males, el clima en nada le beneficiaba, llegaron a acorralarle. Precisamente en una de sus cartas (correspondencia) se queja a su hermano del deplorable estado de su dentadura, pues los dientes le cabalgaban en las encías y sobresalían de tal manera que, aun teniéndolos sujetos con hilo de oro, no encajaban los unos sobre los otros. Los había lijado, incluso había mordido con unas tenazas sus puntas, pero todo había sido en vano. Se veía obligado a comer carne picada, purés, pan y bizcochos mojados en leche. Puede decirse que de su dentadura solo se salvaban aquellas dos piezas postizas, situadas en la caverna de su boca. Don Luis de Requesens expresaba ya en su correspondencia un mal que ha acompañado a la especie humana desde que decidimos alimentar a nuestros retoños con una dieta a base de papilla[1]. Probablemente el Gobernador de los Países Bajos no sabía que aquella flojedad dental que padecía, era el resultado de una mala higiene que afectaba a todas las clases sociales, aunque seguramente solo la suya se podía permitir sustituir las piezas perdidas, bien por razones estéticas, bien por facilitar una alimentación basada principalmente en el consumo de carne, por supuesto entre la nobleza.  Desde el Antiguo Egipto se ha practicado el urbanismo dental, piezas perdidas que necesitan ser sustituidas por otras de similar o parecida dureza y que necesitan ser fijadas a la boca con el fin de que resistan el trabajo de la masticación. Parece que la primera prótesis dental fue elaborada por los etruscos, utilizando a tal efecto dientes de animales para sustituir a los propios,  montándolos sobre soportes de oro. Cayo Lucilio, un escritor romano del siglo II, emigrado como tantos  a Grecia a fin de labrarse una cultura filosófica, utiliza la compra de dientes postizos por parte de las mujeres patricias como acicate para sus chanzas[2] . Marcial[3]  también lo refiere, y conociendo las costumbres y usos de su tiempo, se supone que los romanos, caso de precisarlo, no harían reparo alguno a la extracción en vivo, es decir se los arrancaban directamente a sus esclavos, tal y como hacían con sus cabellos. La civilización maya, en torno  al siglo VII de nuestra era, utilizaba en los implantes conchas marinas y hasta piedras talladas. Los japoneses, además de teñirse los dientes de negro (también se teñían los dientes en la antigua isla de Ceylán[4] ), diseñaban dentaduras de madera para aquellas pérdidas completas del cuerpo dental toscamente labradas, pero que a veces servían como nicho para encastrar dientes. Cervantes, en la Ilustre Fregona, advierte la ruina dental de uno de sus personajes femeninos, hasta el punto de que toda la dentadura del maxilar superior le es extraña, pero no precisa la forma de anclaje, aunque era cierto que estos polizones dentales en nada ayudaban a aliviar el hedor de su boca. Sabemos que el gesto circunspecto, perfil de madera,  de George Washington    era     debido a su absoluta orfandad dental, carecía de dientes propios prácticamente desde los treinta años, y a lo largo de su vida fue preciso elaborarle al menos cuatro ingenios de esta naturaleza, ajustados de tal manera a sus encías, que difícilmente podían soportar el ejercicio continuado de la masticación requerido solo en una comida. En este caso las prótesis superior e inferior estaban unidas por resortes fabricados a partir de cuerdas de piano. María Luisa de Parma (1751-1819), esposa de Carlos IV, rey de España, debía en parte su desafortunada fisonomía al uso de dentadura postiza inadecuada. 


LOS MUERTOS QUE LLEVÁBAMOS EN LA BOCA


    Podíamos enfrascarnos en una enumeración sin fin de personajes desdentados, pues probablemente, y aunque se carezca de documentación adecuada, buena parte de las clases acomodadas dispuso en algún momento de piezas extrañas en su boca, teniendo en cuenta que la pérdida de los dientes frontales, incisivos y caninos, sobre todo, causaba un deplorable aspecto. La ausencia completa de la dentadura acarreaba el exilio social por el retraimiento de la mandíbula y el aviejamiento del rostro, por no mentar las insufribles limitaciones en la alimentación. Hasta el siglo XVII el acceso a las prótesis dentales era muy limitado, utilizándose por lo general dientes de origen animal, los de hipopótamos sobre todo, pero también la porcelana. Ambos se trabajaban convenientemente con el fin de  adecuarlos al tamaño de la mandíbula. Los dientes se engarzaban a la dentadura aprovechando las piezas propias, donde se fijaban merced a ingeniosos anudamientos, utilizando a tal efecto hilo de oro o plata por su resistencia a la oxidación. Cuando la pérdida dental era completa, se proporcionaba una dentadura elaborada con marfil en cuya superficie se había labrado una suerte de línea dental, muchas veces de forma insatisfactoria. Es por eso que sobre esta base se empezaron  a practicar incrustaciones con dientes humanos, los cuales proporcionaban un aspecto más natural. No olvidemos que la boca es un recinto de alta patogenicidad, hasta el punto de que puede afirmarse que existe un auténtico ecosistema propio de la cavidad bucal. Había un importante inconveniente, los dientes elaborados con marfil, carecían de dentina y pronto empezaban a descomponerse en el interior de la boca, lo que producía un desagradable sabor y un peor olor. Los dientes humanos eran mejores aunque también debían de ser sustituidos con el tiempo. Por ello, es del todo probable que las piezas implantadas acabaran por deteriorarse con relativa rapidez, lo que exigía la reposición de las mismas con cierta periodicidad.

LACASAMUNDO
Caricatura siglo XVIII. Trasplante dental. Thomas Rowlandson


    La demanda de prótesis dentales se intensificó en el tiempo, llevando un recorrido paralelo a la prosperidad de la población. Quiera que los tradicionales nichos quedaran agotados, bien porque los resultados no eran los deseados, bien porque la demanda desbordaba la oferta,  empezó a prosperar un tipo de suministro dental inquietante y ciertamente repulsivo, pero que de forma discreta se había venido practicando desde hacía mucho tiempo, como he referido. Es precisamente el pintor  Goya, que tanto maltrató con sus pinceles la fisonomía de María Luisa de Parma, de la que más arriba hemos hablado, quién  nos regala en otra de sus pinturas la estampa truculenta de una mujer hurtando la dentadura de un ajusticiado que se balancea en la horca. Efectivamente la ciencia, y más las de la salud, tienen un lado oscuro y sórdido que las han hecho avanzar, pero a cambio de no realizar preguntas incomodas. La religión ha sido en todo tiempo y lugar un importante obstáculo ante la osadía practicada por los más arrojados científicos. Muchas veces, la clandestinidad de sus prácticas, les obligaba a pactar con los profanadores de tumbas.  El mercado negro de la dentadura, llegó a involucrar a numerosos granujas volcados en el expolio de cementerios, disputando por los dientes de los ajusticiados como una manada de perros. Existía una connivencia entre estos tipos patibularios y todos los oficios implicados en esta rentable práctica: los cirujanos, los torneros, joyeros, químicos peluqueros y hasta herreros. El precio de las dentaduras servía de bálsamo apaciguador ante cualquier reparo moral.


A La caza del diente. Goya
A la caza del diente. Museo del Prado. Goya. 


    El oficio de dentista, tal y como hoy lo conocemos, no existía. La práctica tenía más que ver con el espectáculo que con la clínica. En París era famoso un sacamuelas conocido como Le grand Thomas, que fiaba de la fuerza de la gravedad para sus extracciones dentales, es decir, levantaba del suelo a sus pacientes tirando de los dientes, de tal manera que el peso del cuerpo se ocupaba de arrancar la pieza de la encía. Los dientes, al igual que el cabello, fueron los primeros productos biológicos utilizados por la especie como prótesis.  La odontología que no acabo de fijarse como disciplina sanitaria hasta finales del siglo XIX, no fue una excepción. Llegó a institucionalizarse la extracción inter vivos, es decir, sujetos situados en circunstancias tan apuradas que se veían obligados a vender sus dientes previo pago. No debía de ser una experiencia agradable visto que la extracción se efectuaba sin anestesia alguna, quizás la de algunas copas de alcohol, las reseñas relativas al siglo XVIII y XIX dan testimonio de intervenciones de esta naturaleza.


LOS CAMPOS DE WATERLOO


    Como quiera que tradicionalmente los actos de profanación realizados sobre cadáveres han estado sujetos a severas sanciones, las fuentes de material dental quedaban claramente limitadas y eran irregulares. Sin embargo, y a principios del siglo XIX, un acontecimiento llegó a paliar la natural escasez de dentaduras. Había que  viajar al corazón de Europa, cerca de Bruselas, en el pueblo de Waterloo, en cuyas proximidades se alzaría una colina rematada por la escultura de un león que sirve para conmemorar una batalla que dejaría sembrada de sangre estas tierras. Nos referimos a la batalla de Waterloo, que como bien sabemos, marcó el definitivo final de Napoleón y el declive de la hegemonía militar de Francia en el Continente en beneficio de Inglaterra. Librada en el año de 1815 entre franceses por un lado y aliados por otro, principalmente ingleses y prusianos,  dejo sembrada la campiña belga con casi cincuenta mil muertos. Los cadáveres de las tropas francesas fueron los primeros en ser mancillados por la población local y un sinfín de granujas. Se las despojaría de sus ropas, sus armas, el valioso correaje, las botas de campaña, sus bienes personales. Un ejército de rastreadores de la desdicha, los cuervos de la guerra, que como infecta estela siguen a los ejércitos en sus batallas, aparecieron en el campo victimado de Waterloo. Primero tímidamente, después con la insolente seguridad de la impunidad. Merodeaban en torno a los cadáveres, ya desnudos, estudiaban su porte, la juventud; lo que en vida debió de ser un cuerpo sano y vigoroso; el estado de su dentadura. La retirada del ejército francés impidió que se ocuparan de dar digna sepultura a sus compatriotas, hurtando así los cadáveres de la profanación. Pero británicos y prusianos sufrieron la misma suerte, pero en este caso fueron sus propios compatriotas los que se lucraron de su mórbida cosecha: oficiales, suboficiales,  médicos de campaña, contratistas militares... 

     Aquel campo de batalla en el corazón de Bélgica se convirtió en el principal proveedor de valiosos dientes humanos, destinados a cubrir las dentaduras de honorables personajes pertenecientes todos ellos a la más refinada aristocracia y la burguesía. Los dientes naturales se hervían con el fin de alejar contaminaciones indeseables. A pesar de que la rumorología popular los hacía responsables de numerosas infecciones en sus nuevos huéspedes (ver el Bello Brummell. El apogeo del dandismo), nada pudo retraer el mercado de las prótesis dentales, a la vista de la falta de alternativas, que aún tardarían en llegar. Cierto que la mayoría de la personas sabía que los dientes empleados era de origen humano, pero probablemente pocos conocieran su puntual origen, aunque de haberlo sabido, nada les hubiera retraído de su puntual consumo y uso. 


[1] Peter Ungar. El mordisco de la evolución: una historia de dientes, alimentación y los orígenes del ser humano (2017).  Aeon Media.

[2] De Lucilio XI 310. Epigramas burlescos

[3] Acerca del Perfume y el Olor. Jaime García. Ed autor. Ver Notas. Cap. Roma

[4] Efectivamente, y por motivos estéticos, ya que los dientes blancos eran propios de los perros (Diario Noticioso Universal 4595. Historia General de los Viages. 1773. Costumbres y usos de la isla de Ceylán. Documentos digitalizados de la BNE)