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Parsis: la religión amable

Son los Parsis, una comunidad religiosa que viajó desde Persia (Iran) hasta la India hace de ello mil años. Son muy pocos; una gota entre un océano de Hindúes, pero tienen un extraordinario poder económico, industrial y cultural en este formidable país. Su religión se pierde en la memoria de la humanidad. Su Dios se llama Aura-Mazda y su profeta, Zaratustra. Practican una religión amable y solidaria que tiene, en cambio, reservado el derecho de admisión; no hacen apostolado, de tal forma que solo es Parsi quién nace Parsi. Los perritos son para ellos animales sagrados........

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La apasionante vida de las hormigas. Amor y guerra en el hormiguero

La vida de Sonia no es nada fácil. Su madre no la puede atender como ella se merece. No es de extrañar, Sonia tiene veinte millones de hermanos. Sonia es una hormiga y la sorprendemos en un momento importante de su vida: se muda de casa. Esta es la Primera Parte de un viaje al mundo de las hormigas del que nos encontramos tan satisfechos que se encuentra entre nuestros favoritos. No es para menos, estos seres diminutos serían los dueños del planeta si no tuvieran tantos enemigos. La fotografía es de Andrey Pavlov

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Venenos. Envenenadores y envenenados.

Os presentamos la serie Veneno. Unas entradas (post) de los que estamos bien satisfechos. Nos ha costado lo suyo pero ha merecido la pena. Después de documentarnos como lo hemos hecho no somos ya los mismos. Pensamos que las sepulturas están llenas de pobres infelices a los que alguién, que no les quería nada, les ha enviado al otro mundo antes de lo que era menester. Y no son casos contados, son miles, decenas de miles.........quién sabe. En cualquier caso bastantes más de los que pensamos ¿Exageramos? Bueno, juzga tu mismo y lee

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La historia del pañal

Estos pantalones sin entrepierna que utilizan los niños de corta edad en China se llaman "kaidangku" y tienen ya un largo recorrido. Al parecer se utilizan en China desde la época de Mao. Están en vías de extinción y poco a poco son sustituidos por los pañales desechables. En Occidente, sin embargo, los pañales de un sólo uso se ven cuestionados y regresa el pañal reutilizable...

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Marca España: Una historia de ovejitas

La epopeya de esta ovejita no tiene nombre. Fueron dueñas de La Península Ibérica durante siglos. Cuidadas y mimadas hasta la extenuación. Protegidas con celo por Reyes y pastores pues su lana se consideraba y se considera única. Víctima de secuestros y tráfico ilegal con el proposito de conseguir suficientes ejemplares para asegurarse su reproducción. Estimada como pocas especies en Argentina y Australia. Es una institución en Nueva Zelanda donde ya la consideran una especie propia. Es la oveja merina española, un animalito que ha conquistado el mundo. La foto es de National Geographic

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PARTE SEGUNDA


          .............................. La cubierta inferior era un infierno, ponía a prueba  las naturalezas más duras pues al calor, la humedad y el hacinamiento se unía la imposible convivencia con un enemigo invisible; el olor, el terrible hedor que llegaba desde las sentinas del barco. La sentina en realidad era una espacio que se llenaba de piedras con el fin de evitar que el barco se inclinara peligrosamente, pero también un deposito situado sobre la quilla donde iba a dar el agua que penetra en el barco y que a su vez arrastra todos los residuos y deshechos del mismo, orinas y deposiciones del ganado, ratas muertas, restos de comida. Todo esto fermenta con la falta de ventilación, el calor y la humedad. Como esta es la zona mas inferior del barco, solo por encima de la quilla, debe limpiarse con frecuencia pues hiede como el aliento del diablo y apesta toda la embarcación. Periódicamente debía ser vaciada utilizando para ello la bomba manual. Una de las peores noticias que puede recibir un marinero es la de que, por avería del mecanismo, se debe vaciar manualmente el pozo de sentinas. Si bien es cierto que el olor no mata, ellos lo tenían por homicida pues los riesgos de perecer en aquella operación eran considerables[1]

           Por eso los rostros desencajados de los pasajeros de la cubierta inferior eran bien ilustrativos de las penosas condiciones de su viaje. Por turnos se les permitía disfrutar del aire puro dos o tres veces al día.  Muchos de ellos aprovechaban para orinar en cualquier lugar discreto, que no lo había, o lo empleaban en despiojarse unos a los otros. Desesperados por las picaduras de pulgas y chinches, lanzaban al agua sus camisas y otras prendas de vestir sujetas con una cuerda y al cabo las retiraban. Hacían caso omiso de las advertencias de los marinos que ya había experimentado la insufrible comezón en la piel causada por la sal pegada a los tejidos. Aunque había varias decenas de barriles con agua dulce esta solo se utilizaba para beber, de tal manera que había dos opciones para limpiar la ropa: o se esperaba algún benéfico chaparrón o la prenda debía aguantar sobre la piel  junto a su incomoda población durante toda la travesía. Sea como fuere los hombres llegaban a su destino prácticamente desnudos. Yago empezó a sentir el azote del Sol en su piel reseca e irritada por el efecto de la sal. Solo encontraba un fugaz alivio al humedecerla con agua salada, pero el efecto a la larga era peor, como intentar apagar el fuego con hierba seca. El viaje se había convertido en una sucesión de incomodas penalidades, a cual peor, y solo quedaba el consuelo de que las más severas acallaran aquellas tenidas por más leves.  

       El capitán resolvió sacrificar varios corderos y gallinas, aunque la sangre de estos sacrificios se precipitó sobre parte de las hamacas dispuestas en la primera cubierta. El hambre saciada causaba una algarabía festiva entre los pasajeros, cuyos estómagos aún podían disfrutar de los alimentos frescos embarcados. Poco podían imaginar que estas jornadas ya no se repetirían hasta tocar tierra. El cercano arribo a las Islas Canarias donde se reforzaría el avituallamiento del barco permitía este dispendio que no a todos alcanzaba puesto que, solo la tripulación y algunos pasajeros, previo pago,  podían comer carne fresca, el resto tenía acceso al agua, pero debía procurarse la alimentación hasta la inevitable dieta de las bizcochos secos que a partir de los treinta o cuarenta días de navegación se hacían obligados. Cada uno de los tripulantes disponía de un litro de vino al día aproximadamente, el vino o el mosto, solos o mezclados con agua, eran uno de los pocos alivios en las agotadoras jornadas de la marinería. Los primeros días el agua dulce se distribuyó generosamente, fue a partir de la terrible tormenta que zarandeo el buque a los 15 días de abandonar las Canarias cuando se empezó a racionar. De su distribución se ocupó el "alguacil de agua", acompañado por hombres armados. Las ordenanzas exigían que este sujeto, junto al despensero encargado del reparto de la comida, fueran de naturaleza callada y cortés, siendo de absoluta confianza del capitán. Los motines en el interior de un barco eran relativamente frecuentes, siendo el detonante principal tanto el hambre como la sed. 

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Aunque se trata de una carabela del siglo XV a XVI la nomenclatura es útil. Permite identificar las distintas partes de un buque [picar para ampliar imagen]




Bomba de achique del buque Vasa. XVI



Galeones de España. Cruzar el Océano Atlántico en el siglo XVII
Escorbuto. Musée del Moulages Dermatologiques de l'Hopital Saint-Louis. París


          Las restricciones en la dieta empezaron a tomar una cierta carta de naturaleza pero aún se hacían tolerables. La tormenta había zarandeado el barco durante cuatro horas, causando severos daños en el pañol donde se conservaba el agua potable y los alimentos en salazón. No tardarían en corromperse por lo que el capitán determinó hacer uso de ellos en las siguientes jornadas hasta que su olor se hiciera intolerable. Mas esta dieta en salmuera, si bien cubría las necesidades alimenticias, exigía incrementar la ingesta de agua que, en las siguientes jornadas, al entrar el barco en una inesperada calma, se hizo perentoria. La tormenta había causado victimas; diez personas fueron barridas de la cubierta por las olas pese a que se habían amarrado con sogas a los mástiles. También se perdió uno de los caballos que, al desprenderse parte de los tirantes que le anclaban, quedó al pairo de su terror, emprendiendo una corta carrera suicida por la cubierta cayendo al agua para ser devorado por la mar enardecida. Las ultimas gallinas vivas se ahogaron en sus jaulas y dos marineros perecieron aplastados por el corrimiento de la carga. Yago comprendió al fin el material sobre el que había construido sus temores, los desastres que alimentaban las terribles leyendas urdidas sobre este abismo líquido en el que como una insignificante nuez flotaba su galeón. No daba miedo aquello que ves sino aquello que imaginas. Por eso no puede decirse que viniera engañado, al embarcar se había encomendado a la Providencia. Hizo todo lo posible por no ahogarse aunque las violentas sacudidas del oleaje sobre el galeón a veces le hicieran perder el sentido de la orientación, hubo momentos en los que juraría haber confundido el cielo con la mar embravecida, tal era el parecido entre el cielo rasgado por los rayos y las aguas rotas por las olas. Cuán cierto era que en estos momentos en los que el destino no acababa de decidirse la vida toda se nos pasa por delante: su hogar, si a aquella cochiquera en la que había nacido se le podía llamar tal cosa, su madre, su padre también, el primer amor, el primer desamor, las penalidades, los amigos, quizás una vida mejor. 
    Tenía la esperanza de que las violentas batidas del oleaje habrían aligerado el barco de aquella población de indeseables oportunistas: ratas, ratones, cucarachas y chinches, mas vano ensueño el suyo, no tardaron en reemprender su saqueo, si cabe mas osado y violento. Su presencia se hacía insoportable durante aquella terrible calma chicha que mantuvo tres semanas anclado el galeón, chapoteando torpemente sobre el agua, sumiendo a los pasajeros y la tripulación a una prueba de fuego que solo era acompañada por el tímido movimiento de alguna que otra ola golpeando sin fuerza el casco  animando así el crujido de las arboladuras  A veces una sacudida de las velas llenaba de esperanza sus corazones pero estas se armaban sin ganas y pronto el paño recuperaban su vertical inactividad. Jarcias y cuadernales se balanceaban monótonamente un día sí y otro también !Moriremos todos¡ voceó desde el camarote del Gobernardor una garganta desesperada. Un grito femenino, como el filo de un cuchillo, dejo a todos sobrecogidos porque a muchos les pareció que anticipaba un manifiesto destino. De hecho todos los días se lanzaban al mar cuerpos rotos por la enfermedad, inánimes y debilitados hasta el extremo de que la muerte les había sorprendido durante las horas de sueño.
    Yago supo ver en el rostro grave del capitán la importancia del momento, si no soplaba pronto el viento morirían de sed o de hambre o de ambas cosas a la vez. Las consecuencias no se hicieron esperar, todo el pasaje, incluido el capitán, estaban obligados a respetar el racionamiento tanto mas cuanto que por un descuido de la tripulación las ratas habían roído la base de numerosas pipas de agua dulce, derramándose su contenido. El resto del líquido empezaba a corromperse; en el interior de algunas toneles había aparecido cadáveres de roedores y lo que es peor; cucarachas. Pese a ciertos tópicos, el más duro enemigo en un barco lo constituye este insecto voraz. A diferencia de la rata, que se nutre, la cucaracha es un depredador total; se alimenta de todo, incluso de la madera del barco, del metal y de sus propios congéneres muertos, ademas posee un olor desagradable que deja impregnado todo aquello que toca. Se dice que Colón, en uno de sus viajes, se vio tan apurado en sus suministros que obligó a su tripulación a comer durante la noche, de esta manera parece que los hombres se mostraban menos reacios a digerir alimentos en deplorable estado.
     Si bien las galletas empezaban a apuntar en el paladar una cierto sabor a moho, Yago sabia que este no era el principal problema. La falta de agua era mas inmediata y perentoria. La ración diaria se iba reduciendo porque el "alguacil de agua" que repartía el liquido dos veces al día,  utilizaba cada vez un recipiente mas pequeño en su reparto y la dotación de marinería armada que lo acompañaba se iba doblando por momentos. Los episodios de indisciplina en el reparto se cortaban de inmediato. Un motín era un episodio violento incontrolable, abocado a la ejecución de la oficialidad del buque porque los insumisos sabían que serían ejecutados de inmediato de no hacerlo. Solían empezar por alborotos menores a los que no se había sabido parar a tiempo. Toda la oficialidad lo sabía.  El capitán del buque podía tener muchos defectos, estar corrompido hasta la médula; mercancía de contrabando, pasaje embarcado como polizones, sobornos, pero ejercía el principio de autoridad de forma terminante. Cualquier protesta era cortada de raíz y el alborotador principal recluido en total obscuridad en el interior del buque, cerca de la sentina durante un día seguido. Veinticuatro horas respirando el aliento húmedo y ponzoñoso del corazón del galeón amasaban los corazones más violentos e indisciplinados. 
     Hasta que se agotaron las reservas de vino, se solía añadir al agua para adecentar su sabor a cloaca. El capítulo del reparto de agua tuvo visos de resignada compostura, pero una vez acabado el vino se hubo de recurrir al vinagre, utilizado a veces para limpiar la cubierta y en los barcos de guerra empleado para refrigerar las piezas de artillería tras su uso. El paladar era mas grosero pero el vinagre era capaz de aliviar mejor la sed. Cierto día se anuncio que el reparto de agua quedaba reducido a la mitad, que no había mas vinagre y que la distribución se efectuaría a media noche. Prácticamente había que tantear el vaso. El capitán resolvió emplear el recurso de Colón y decidió apagar la sed de su tripulación con un liquido baboso resultado de la descomposición de miles de cucarachas caídas al interior de las pipas de agua. Esta repugnante colación a la que se llamaba "agua mareada" fue la ración de agua durante diez días hasta que cierta jornada, precisamente durante el reparto del liquido, Yago noto como una pequeña gota de agua le golpeaba la frente y después otra la mejilla. La tripulación toda, como movida por un resorte, miró al cielo, incrédula al principio,  pero tornando pronto el silencio en gritos de júbilo: la Providencia se había acordado de ellos: estaba lloviendo. Al principio eran gotas pequeñas como la punta de un alfiler, casi habían olvidado el refrescante tacto del agua pura, pero solo eran unas gotas, no aguantarían otra jornada más sin agua. De pronto, como si sus ruegos hubieran sido escuchados, el cielo todo se abrió y la lluvia empezó a golpear torrencialmente al sufriente galeón. Al principio todos quedaron paralizados, deleitándose con aquella deliciosa afusión,  perplejos, hasta que la fuerza de la realidad les devolvió a su precariedad. No había tiempo que perder, se desmontaron rápidamente las lonas que cubrían tanto la tolda como la toldilla formando con ellas sendas bolsas con el fin de represar allí el agua dulce. Sacaron de las bodegas todas las pipas vacías, y con ayuda de los calderos y otros recipientes los rellenaron del preciado líquido. Fue entonces cuando descubriendo la causa del extraño sabor del agua, debido a los centenares de cucarachas que tapizaban el fondo de los toneles. Afortunadamente el activo gozo que todos experimentaba por aquel milagroso chaparrón consiguió apagar  los brotes de repugnancia. 
    Fue una noche fatigosa y mágica por eso todos la dieron por bien empleada. La lluvia había traído el viento y las velas empezaron a tomar cuerpo. Ya de madrugada, cuando Yago despertó, sintió el frío del amanecer y por primera vez desde hacia mucho tiempo abrigó sólidas esperanzas de concluir con bien aquella travesía. No fue sin embargo el ultimo episodio desagradable pues dos jóvenes polizones fueron sorprendidos en pecado "nefando" lo que acarreó el severo castigo de su ejecución, siendo colgados de uno de los palos que vestía el galeón y allí permanecieron balanceándose 24 horas para escarmiento de toda la tripulación. La sodomía, era de todos los delitos, el más despreciado por aquellos hombres tanto tiempo privados de compañía femenina. Un pecado que a fuer de despreciarse acompañaba discretamente la realidad de cualquier travesía y cualquier buque, alimentando con silencios incómodos el diario de la tripulación. Por lo demás la abundancia de agua dulce hizo que las privaciones alimenticias fueran más llevaderas pese a que las galletas estaban húmedas albergando en su interior desconocidas larvas.  A veces los tripulantes pescaban algún que otro pez con el que aliviaban su modesta y monótona dieta en la cocina del buque que solo se encendía una vez al día, cuando el mar estaba más calmo y que se hallaba dispuesta en la cubierta a fin de prevenir incendios. La inquietante presencia de escualos siguiendo el buque traía a los mas experimentados marineros los peores miedos, siendo testigos y supervivientes de espantosos naufragios en los que la mitad de la tripulación y pasajeros habían sido devorados por aquellos odiosos monstruos. Afortunadamente los únicos mordiscos que había sufrido los navegantes eran debidos a las hambrientas ratas. Tanto se habían reproducido en el interior de las bodegas que a falta de alimento se devoraban unas a otras, atacando al pasaje durante las horas de sueño y haciendo de las orejas su manjar mas apetecido. Roían hasta la madera del barco de forma que causaron sendos estropicios por debajo de la linea de flotación del buque, fue esto y no otra cosa lo que determinó al capitán a establecer contra ellas una campaña de exterminio ocupándose parte de la tripulación en este menester,  lanzándolas aún vivas por la borda lo que contribuyo a acercar al barco a numerosos tiburones atraídos por el desesperado movimiento de los roedores en su denuedo por no ahogarse. Las refriegas fueron numerosas sobre el puente y sobre todo en las bodegas, lo que de alguna manera sirvió para entretener a la tripulación y sobre todo a los pasajeros atormentados por la agresiva rapacidad de aquellos animales. Solo en aquel momento empezó a significarse por su capacidad de liderazgo el capellán del barco que, afectado por disentería, había permanecido convaleciente en su camarote de popa durante buena parte del viaje. Nadie se explicaba como había podido sobrevivir aunque su enfermedad se hubiera llevado al menos veinte kilos de su generoso corpachón. Cierto que aquellas operaciones de exterminio redujeron la población de ratas en el barco, pero nada se pudo hacer contra las cucarachas, los piojos y las liendres que por cierto habían empujado a parte del pasaje a aligerar el vello de sus axilas y su entrepierna por el rápido procedimiento de darle fuego al cabello chamuscándolo. 
    Fue entonces cuando Yago se dio cuenta de que apenas le quedaba la suela de sus zapatos y que el resto había desaparecido. No tardaron en avistar tierra de forma que la navegación hasta Buenos Aires se hizo costeando. Había perdido todos sus enseres, pero al menos le quedaba una camisa, unos calzones y una cuerda con la que fijar las suelas a sus pies. Suficiente indumentaria para empezar una nueva vida. 
   Yago vivió cuarenta años más, tuvo doce hijos, más o menos, y murió en su cama, rodeado de sus seres queridos. Fue un buen hombre, nunca golpeó a su esposa a la que permaneció fiel, más o menos. Jamás olvidó aquella travesía.

[1] efectivamente el olor no mata, pero si previene de zonas contaminadas por gases nocivos, en este caso se trataría del ácido sulfhídrico


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Galeones. Historia de un viaje en el siglo XVII






Primera Parte



Decía Fray Antonio de Guevara [1480-1545] que la palabra «mar» en nada podía evocar experiencias placenteras pues derivaba ni mas ni menos que de «amargura». Su juicio, pues nunca estuvo embarcado, fue resultado de las experiencias referidas por marineros y tripulantes sobre a la vida a bordo de los barcos, muy alejadas sus vivencias de la plácida y lujosa  itinerancia de los modernos cruceros e igualmente extraño a la recreación romántica y lírica de este espacio líquido a la que tan propensos son los poetas. Hermoso, sin duda, pero terrible y cruel. Decididamente el elemento del hombre no es el agua sino la tierra que le vio nacer, como ya se ocupó de referir un misionero italiano del siglo XVII  Durante los siglos XVI y XVII centenares de miles de emigrantes españoles decidieron por diversos motivos, aunque la pobreza se apunte como el principal móvil, decidieron, decía, emigrar al Nuevo Mundo y el barco era el único medio para hacerlo. Muchos de ellos perdieron la vida y su esperanza yace desde entonces en el fondo abisal y oscuro del Océano. Aunque hasta bien entrado el siglo XVII la emigración a las Indias estaba prohibida para los no nacionales, el ingenio que proporciona las acuciantes necesidades materiales, la promesa de oportunidades y la esperanza de conseguir una vida más próspera en un territorio inexplorado, hicieron virtud de la necesidad y numerosos aventureros y hombres sin fortuna procedentes de toda Europa acudieron a los puertos de Sevilla y Lisboa dispuestos a embarcar hacia las Indias. No era desde luego una empresa para pusilánimes. 

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Interior de un galeón [picar para ampliar]



          La conocida como  «carrera de las Indias» fue una epopeya aún no suficientemente valorada ni narrada, en la que sufrimiento, coraje y valor se mezclan a partes iguales en ese mar español que fue en algún momento el Océano Atlántico. Cualquiera de estos hombres sin futuro, jóvenes por lo general,  podía referir suscribir los detalles de este viaje iniciado en la ciudad de Sevilla en torno al año 1630 el día 15 de enero y que llevo 120 días de navegación  con lo que no pusieron pie en la ciudad de Buenos Aires hasta finales del mes de mayo. Esta es la historia de una travesía accidentada que emprendió un tal Yago Garcifernan,  nacido en la Herradura de Granada, en cuya bahía se ahogaron más de 5000 hombres, mujeres y niños en el año de 1562, hundidas sus naves por el feroz viento que asomó desde el conocido como cerro gordo. De esta tragedia tuvo cumplida cuenta Yago por su abuelo que acudió en auxilio de los infelices y por su padre que se lo refirió. En cualquier caso la tragedia tuvo eco en su momento pues Cervantes ya aludió a la misma en el Quijote. Yago miró desde entonces al mar con respeto, cuando no miedo. Su imaginación infantil se ocupó de convertir este y otros episodios de parecido tenor en escenarios que espantaban su alma. Pero el tiempo se ocuparía de borrar la intensidad de su pánico y las penurias fueron tantas y tan continuas que cierto día resolvió abandonar su tierra, pensando que el riesgo merecía la pena y que como muchos de sus paisanos el Nuevo Mundo le ofrecería otras oportunidades.
          En el año de 1630, como he dicho,  embarcó en un galeón de la flota cuyo nombre había olvidado. Iba provisto solo de dos camisas, dos calzas y un par de zapatos que las ratas se comieron en mitad del Océano por lo que desembarcó descalzo en Buenos Aires. Descalzo, pero vivo. Tomó el barco en la ciudad de Sevilla, en el conocido como «muelle de tablada» en un galeón de más de trescientas toneladas, tan pasado de peso que su capitán temió tocar fondo en algún punto del curso fluvial del rio Guadalquivir. Se trataba solo de  quince leguas hasta llegar a mar abierto. Un lecho fluvial de tierra cambiante y traicionera que a pesar de ser conocida por los capitanes obligaba a una navegación lenta, tanto, que a veces el buque debía de fondear hasta que las condiciones fueran favorables. En nuestro caso el exceso de mercancía no se había declarado  en la Casa de Contratación de Sevilla, como era harto frecuente,  por lo que el capitán y sus oficiales, en buena parte responsables de este exceso, en nada podían acudir al alijamiento [aliviar] parcial de la carga desembarcándola, para después, ya en mar abierto, volverla a recuperar. Fue un autentico milagro que los bajos del buque pudieran rebasar la barra de Sanlucar de Barrameda un muro submarino formado por el aluvión de tierras causado por el rio en su desembocadura. Los bajos del galeón expresaron este difícil momento y su quilla toco ligeramente la arena del fondo. Por primera vez la algarabía de casi trescientas gargantas, las que  atestaban el barco entre tripulantes y pasajeros,   quedó enmudecida ante el temor de que el viaje terminara de forma tan precipitada. Afortunadamente, la arena de la barra se limito a lijar los bajos del buque, arañando la quilla. El capitán, que tenía por incierta esta parte de la navegación,  había aconsejado al más ilustre de sus pasajeros y a su familia, el Gobernador de.... seguir al galeón a bordo de una barca de pequeño calado embarcando una vez el buque hubiera salvado la barra. Esto efectivamente sucedió y el ilustre pasajero, junto a sus tres hijas, su mujer y diez o doce sirvientes tomo posesión del único camarote de pasajeros que merecía tal nombre, aposentándose en su interior junto a sus hijas y el servicio femenino, mientras que los seis varones que le seguían formaron una suerte de barricada con sus equipajes ante la puerta del camarote.  Mal presentimiento tuvo por eso Yago ya que la navegación del río les llevó la friolera de siete jornadas, quedando el barco detenido otras dos jornadas más a la espera del Gobernador. 




Galeones Historia de un viaje en el siglo XVII
Galeón español del siglo XVI. Peter Dennis [Picar para ampliar]





          Iba el galeón cargado con 175 pasajeros y un tripulación de 75 hombres, mas cuatro mujeres que el capitán había embarcado por su cuenta a fin de que la travesía se le hiciera más leve, además de diez o veinte polizones por cuenta de la marinería, que de esta forma se procuraba unos ingresos extras. Además llevaban tres caballos pertenecientes al Gobernador, una vaca, veinte cerdos y 300 gallinas. Solo el Gobernador había cargado las bodegas del galeón con utillaje que pesaba más de 1500 kilos. Teniendo en cuenta que el galeón media 40 de largo y 8 o 9 metros de acho, la distribución del espacio era mas bien escaso y en ocasiones acuciante. Afortunadamente la tripulación y parte del pasaje dormía sobre hamacas, un sistema de descanso importado del Nuevo Mundo por los españoles y aceptado por todas las flotas de Europa; los camastros podían retirarse durante el día con lo que en parte se aumentaba la movilidad. Los pasajeros que podían  permitírselo habían pagado por estos catres; dormían en seco, pero en cambio debían permanecer en pie el resto de la jornada ya que todo el suelo de la primera cubierta, donde se disponían aquellas, estaba ocupado por otros pasajeros y sus equipajes. Disponían estos de  menos de 2 metros cuadrados para su descanso directamente sobre el entablamento, utilizando someras esteras que a veces eran utilizadas como mortajas en el caso de una suerte funesta. El hacinamiento obligaba a soportar la respiración de sus vecinos, pero también su mal olor, y llegado el caso, los vómitos de aquellos que no soportaban el balanceo constante de los barcos, aunque llegado el caso, y ante los grandes temporales, ningún tripulante, incluida la marinería más veterana, era capaz de apaciguar sus estómagos. Las evacuaciones mayores solían efectuarse por la noche, aprovechándose del amparo de la oscuridad, aliviando en parte el  bochorno pues no existía recinto cerrado para realizarlo. Un cierto avance en este sentido en las flotas había permitido practicar unas letrinas junto al castillo de proa aunque las mas de las veces era preciso encaramarse a    la borda   confiando en la placidez del mar si bien prudentemente asido a algún cabo ya que cualquier golpe de mar o un mal paso podía hacer perder el equilibrio. Prácticamente todas las travesías sufrían misteriosas perdidas de pasajeros e incluso de experimentados tripulantes debido a caídas accidentales al agua. Tanto el capitán como la oficialidad así como los pasajeros ilustres disponían de unos pequeños cubículos donde su intimidad estaba asegurada así como una cierta  limpieza.

Galeones. Historia de un viaje en el siglo XVII
Transporte de caballos en un galeón




          Yago ya había sido advertido de estas circunstancia y había preferido permanecer en la cubierta superior bajo el amparo de sendas lonas que se habían dispuesto tanto sobre la tolda como la toldilla del barco. El hacinamiento en la cubierta inferior había aconsejado disponer este irregular acomodo. El entoldado procuraba una protección ante los calcinantes rayos del Sol. Más adelante se hizo fuerte bajo la escalera que salvaba la altura entre la cubierta principal y la toldilla, los espacios en el barco debían defenderse con uñas y dientes y aquel le permitía hasta cierto grado de intimidad. Le costó repartir algún que otro mamporro y la pérdida de un diente, por su resolución se ganó entre los vecinos una cierta jerarquía. Cierto que sabía que a cambio de respirar aire puro podía sufrir las penalidades de una mala mar ,incluso ser barrido del barco por una ola, pero había preferido esto a soportar la angustia de la oscuridad de las cubiertas inferiores en las que no se podía permanecer erguido y el aire era tan sofocante que parecía respirarse a través de una esponja humedecida.  Yago observaba con zozobra la pálida geografía de aquellos rostros fatigados, heridos por la luminosidad del Sol pues la única luz que llegaba a las bodegas era la poca que se filtraba a través de los portillos permanentemente cerrados a fin de evitar que el agua irrumpiera en el barco




Continuará............................





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El Olor ¿Qué es el olor? ¿Cómo olemos?


Hemos elaborado varias entradas sobre el perfume en este blog, pero no hemos hablado del olor en sí; esa inefable sensación invisible que a veces nos arrebata y otras nos espanta con su punzante intolerancia ¿De dónde sale el olor? ¿Por qué huelen las cosas? ¿Cómo llegan hasta nuestro olfato? ¿Para qué sirve el olfato? ¿Todo huele?

       No, no todo huele, gases como el argón y el hidrógeno, el elemento más abundante en el Universo, carecen de olor. Tampoco huele el dióxido de carbono presente en nuestra respiración ni el monóxido de carbono, llamado «gas asesino» precisamente por este déficit odorante ya que te mata sin que adviertas su presencia. El oro no huele, como tampoco huelen muchos minerales siempre que no sean golpeados o humedecidos. El olor es la capacidad que tienen numerosos seres vivos para capturar los compuestos químicos volátiles  presentes en la Naturaleza, teniendo en cuenta que la volatilidad es la propensión de moléculas y átomos para escapar de un líquido o un sólido. La volatilidad es la principal característica que debe poseer dicho compuesto para ser percibido, además de una cierta miscibiliad en al agua pues de no ser así no traspasaría la fina capa de humedad que protege nuestras mucosas. Nótese el termino compuesto, pues existen muy pocos   olores simples [elementos]. 
    Los olores son el resultado de una combinación de átomos agrupados en compuestos[1]: moléculas  de lo que se puede colegir que el olor es la consecuencia del impacto de una molécula en nuestro sistema olfativo. Los odorantes -moléculas cargadas con información- llegan a través del aire, el agua -los peces huelen- o las sustancias grasas, todos ellos son buenos conductores del olor

Si la fisiología de nuestro sistema olfativo es una estructura admirable, la forma como procesamos el olor es algo maravilloso y complejo tanto que aún se desconoce en parte. Es por eso por lo que el sistema olfativo de los mamíferos compromete hasta el 4% de todo el material genético de la especie. En torno a 1300 genes están comprometidos en el proceso del olfacción, si tenemos en cuenta que solo tres genes intervienen en la discriminación de los colores podremos advertir los intrincados procedimientos habidos en el sistema olfativo. Como resultado de sus avatares evolutivos en la especie humana el número de genes activos ha quedado reducido a 350 siendo los demás seudogenes con nula o muy escasa implicación en el proceso olfativo. 

Nuestra nariz es un dispositivo muy sensible, es un sensor químico. El olfato, junto con el gusto, forma parte de los sentidos químicos del organismo, esto es un inconveniente porque el cerebro suelen trabajar con pulsos eléctricos lo que obliga a transformar la información química aportada por los odorantes al impactar con los cilios que recubren la mucosa. Existen al menos 6 tipos de células a este nivel, aunque cuatro son las que nos interesan, dos de ellas se ocuparían del reemplazo celular[2] en el neuroepitelio, donde se ubica la mucosa, lo que suele suceder cada 30 o 120 días . Otras dos son las que interaccionan con los odorantes a través de los cilios [terminaciones de los axones neuronales] es aquí donde se efectúa el proceso de transducción que comporta el paso de una señal química a otra eléctrica capaz de ser transferida el Sistema Nervioso Central. Estos estímulos se transmiten a través de los axones de las células que abandonan el epitelio formando grupos y se agrupan en estructuras esféricas denominadas glomérulos paso previo al cerebro profundo que organizará la información. 


El olor ¿Qué es el olor? ¿Cómo olemos?
Esquema fisiológico del sistema olfativo


Hasta aquí todo parece muy simple, casi es un engranaje mecánico, pero el olor tiene truco. Los obstáculos comienzan ya en el interior de nuestro apéndice nasal. En realidad nuestro sistema olfatorio es un gran organizador del material volátil disperso en forma molecular. Ya dijimos que la mayoría de los olores que percibimos son compuestos, están formados por varias moléculas que contribuyen, en mayor o menor medida, a la identidad del material en cuestión. El café por ejemplo, su aroma está formado por más de quinientos componentes,el jazmín cien, la rosa 150. el aceite de neroli 125. Se dice que Demócrito [IV-V a.C], el filosofo griego que imaginaba el mundo construido por átomos, consiguió demorar su muerte solo por recrearse en el olor del pan recién elaborado, el cual, por cierto compromete 160 moléculas ¿Cómo puede reconstruir nuestro cerebro la integridad de los odorantes a partir de esta información difusa? Es decir ¿Cómo sabe que una partícula pertenece al grupo aromático de un crisantemo y no a otra cosa? ¿Cómo procesa, por ejemplo, la identidad de una molécula de Beta-ionona que se incorpora tanto en el aroma de una violeta como en el de una rosa indistintamente? Hablaremos de ello en la parte segunda.

[1] Cierto que existen moléculas formadas por un solo tipo de átomos como es el caso del oxigeno O2
[2] Se trataría de células madre


Revisada en Marzo de 2021




El olor de los recuerdos ¿A qué olía tu padre?

Dicen que Napoleón prácticamente se bañaba todos los días en «Agua de Colonia», aficionado a las friegas reconstituyentes solía llevar consigo una botella de esta solución aromática incluso en las batallas, tal es así que los más veteranos soldados de su «Vieja Guardia» incorporaron el olor de esta solución, elaborada por un italiano residente en la ciudad de Colonia, al imaginario colectivo de sus más afines partidarios. Efectivamente hay algunos productos cosméticos, como las aguas aromáticas, que se han fijado en nuestra memoria, se trata de esos productos ligados a nuestro pasado, objetos o experiencias sensitivas, como las del olor, capaces de desatar una tormenta de recuerdos y evocaciones muy intensos ¿Quién de nosotros no ha sido sorprendido por una ráfaga de olor tremendamente familiar que desencadena en nuestra memoria una reexperimentación melancólica del pasado?. ¿A qué olían nuestros padres? ¿A qué olía nuestro padre?. 
Aprovechando que el pasado es aquel lugar en el que se fijan a fuego los recuerdos queremos recuperar un producto de nombre añejo, pero al que muchos asociamos con la  masculina autenticidad de nuestro padre: «Varón Dandy». Un agua perfumada que se vendía por litros y que se utilizaba generosamente después del afeitado causando un ardor en la piel que solo el sufrido y resistente ánimo de nuestros progenitores toleraba. Se comercializó en 1919 como producto estrella de la casa Parera, fundada por Joan Parera Casanovas, aunque el producto data del año 1912, incorporaba las refrescantes notas de los cítricos en su composición, y esto, junto al alcohol, era lo primero que estallaba en las narices pues no en balde se utilizaba como aftershave. Poco trabajada, no era en modo alguno un perfume con glamour, pero era justa en su masculinidad, de hecho, la publicidad llegó a presentarla como «el más alto blasón de la elegancia varonil» con el fin de resaltar su naturaleza viril. Recordemos que el hombre español de mediados del siglo XX era un sujeto sin matices, duro, dicen que sufrido, parco y con frecuencia autoritario. Las etiquetas al uso colocaban al hombre en una categoría en la que cualquier hermoseamiento del cuerpo era impropio a su carácter. «Varón Dandy» se convierte en la loción estrella de la postguerra española acompañando el pestazo a tabaco negro y aguardiente con el que muchos de nuestros padres estaban familiarizados y que tanto ilustraron nuestras narices. 

Varón Dandy el agua de colonia más veterana de nuestro país
Varón Dandy el agua de colonia más veterana de nuestro país en cerrada disputa con otro clásico del tocador femenino: Alvarez Gómez

Una evolución del «Varón Dandy» lo encontramos en la marca «Brummell», un sello con aspiraciones pero que definitivamente ha quedado relegada a los estantes de los supermercados donde no hay malas colonias, pero claro, solo hay eso: colonias. Parece que la casa Puig quiso auspiciar una marca odorífera con mayor distinción y un punto de jovial modernidad, su éxito queda reflejado en el hecho de que ya veteranos  usuarios de «Varon Dandy», un tanto fatigados de los acordes del clásico, evolucionaron hacia esta etiqueta, aunque en general responde ya a las expectativas de una nueva generación de hombres nacidos en los sesenta. El producto fue lanzado en 1975, con lo que cronológicamente se corresponde ya con la siguiente generación de varones. Son la generación de la transición española, aquellos que quieren dar un paso hacia la modernidad pero sin desafectarse en sus gustos de un punto de distinción. El nombre elegido, Brummell, se define por ese aspecto de exclusividad.  Brummell cuyo nombre completo era George Bryan Brummell [1778-1840] y que fue conocido en su época por el sobrenombre de «beau Brummell» [le hemos dedicado una entrada en este mismo blog], fue un diletante inglés conocido por marcar la moda de su país durante parte del siglo XIX. Embebido de su soberbia, ocurrente y faltón, oso llamar «gordo» al mismo rey de Inglaterra Jorge IV lo que le valió el exilio de la Corte y su caída en desgracia. Brummell, como casi cualquier producto de similares características, incorpora cítricos, pero los toques amaderados le dieron una particular personalidad. 


Tabac, un producto de la perfumería alemana
Tabac, un producto de la perfumería alemana

Una peculiar evolución lo encontramos en otro clásico que ha conseguido permanecer joven: Tabac y su inconfundible packaging de principios de los años 80, un envase de vidrio blanco, aporcelanado, en el interior de una caja amaderada. Se presento en el año 1959 siendo el producto de perfumería más afamado de Alemania [excepción hecha del «agua de colonia» claro y la incombustible 4711]. Es un material más trabajado que los anteriores, aunque esto no necesariamente se traduzca en mayor calidad. La presencia del almizcle combinado con otros exótica: el sándalo por ejemplo, y acompañado por la hoja de tabaco la hacen inconfundible. Este, sin duda, es el olor de mi padre.







España. Historia del Perfume. Apuntes.



    El perfume siempre ha sido testigo, y no precisamente mudo, de los grandes momentos de la Humanidad. En La Edad Media, como otros bienes muebles, servía para aliviar en parte un tiempo cruel y arbitrario en el que los hombres parecían soportar la Historia como un peso, inermes, sin alivio alguno a sus muchos pesares.

   La Historia del Perfume, y por no decir la de su hermana mayor; la cosmética, está aún por escribir en nuestro país. La documentación es escasa, cabos sueltos aquí y allá. Es necesario filtrar una gran cantidad de información para obtener ralos resultados, pero sobre todo hay que saber buscar. Si este empeño se orienta hacia un periodo tan fuertemente manido en acontecimientos «tipo» como es la Edad Media peninsular, el anhelo es doblemente dificultoso, porque a la limitación de las fuentes se une el discurso oficial, que raramente se desvía de los tópicos al uso: Reconquista, Reinos Cristianos, Reinos de Taifas, cronología de los Reyes y cosas por el estilo.

    Este páramo testimonial, la cicatería de las fuentes, la endiablada lexicografía, o la mera displicencia hacia lo que se consideran evidencias menores de la Historia, pueden llevarnos a considerar que el conocimiento en torno al perfume debe, por lo que respecta a la Edad Media española, sufrir una elusión; como si no hubiera existido. Pero esto no es así. Hemos encontrado un mecanismo capaz de reconstruir una parte del pasado a partir de la «deducción contextual» que, grosso modo, pasa por exprimir los datos que verazmente poseemos para deducir de estos escenarios no previstos en el guión original. 

    Claudio Sánchez Albornoz, notable medievalista, intentó una aproximación al cifrado de la vida cotidiana en una ciudad del año 1000, probablemente se estaba refiriendo a León. Este hombre manejaba una descomunal cantidad de legajos, incunables y fuentes, además de escritos originales, pero Albornoz no se ocupó, que yo sepa, de los perfumes en ninguno de sus numerosos escritos. Se extendió, eso sí, con sabiduría y paciencia, sobre los abundantes útiles y artefactos que acompañaron la vivencia de un sujeto del año 1000. En realidad Albornoz pertenecía a una generación de historiadores volcados en disputas metafísicas sobre la «esencia o el ser de España», y para los que la vida material  era una mera acumulación de objetos que en nada se relacionaban con las personas, carecía de importancia o era difícilmente visibilizable. Vivía un paradigma cultural en el que no había lugar para encajar sustancias que recrearan el olfato; no merecían ser historiadas. Y eso que este aspecto hedónico de la realidad estaba frente a él: menciona Albornoz los numerosos especieros que adornaban las mesas de los ricos hombres de la ciudad, pero vincula su presencia solamente con los usos culinarios de la época. 



Antiforario de la Catedral de León
Antiforario de la Catedral de León

    A poco que hubiera sido sensible a la actividad comercial y suntuaria de la época habría reparado en el importante compromiso aromático de «las especias» que adornaban aquella mesa: canela, azafrán, acaso clavo. Productos exóticos destinados a adecentar la aburrida dieta de las clases pudientes, saborizantes, pero sobre todo, bienes olorosos. Porque en sentido estricto no existe el sabor a canela, existe el olor a canela, y ese olor es el que acompaña la ingestión de una vianda de origen oriental y que recibe tal nombre. La canela, junto a otros «simples», posee también una utilidad fragante, era un implemento básico para cualquier ungüento aromatizado destinado a sofocar los descuidados olores corporales, y seguramente se utilizaba en la ciudad de León aunque no haya testimonio de esto que refiero. Con este mismo espíritu abordamos y nos replanteamos el episodio, casi arqueológico, de Santa María del Naranco en el lejano 842, que parece destinada, pese a la ornamentación religiosa de su título, a una suerte de explotación lúdico cosmética de la monarquía astur-leonesa, tenida como heredera del reino visigodo y sin el menor compromiso religioso en su planteamiento. Nos inclinamos por esta perspectiva a la vista de lo que parece un baño o caldarium situado en la planta inferior del edificio. Esto daría pábulo  a la consolidación rutinaria de una cultura hedonista, capaz de sobrevivir a los rigores teológicos del cristianismo medieval más montaraz, y ya apuntando a un modesto pulso en la cultura urbana. Otro autor, Menendez Pidal, entre el colosalismo de su Historia de España[1], también deja penetrar algún que otro hilo de vivencia íntima en su crónica de los siglos XI y XII, cual es su aproximación a las escuetamente confortables residencias de la nobleza; atemperada la fría superficie de sus losas por pequeños escabeles sobre los que reposar los pies, evitando así el frió invernal, pero también cubiertas por flores y plantas fragantes en primavera y verano.

    Con todo, no sabemos casi nada de cómo olía la Edad Media más allá de los consabidos tópicos. En realidad nunca lo sabremos porque, aunque formalmente pudiéramos recrear una presentación aromática del pasado, la percepción no sería la misma; el olor tiene una peculiar querencia por embeberse de todo lo que le rodea: la luz, la calidad del aire, el tipo de planta utilizado como materia prima, la piel sobre la que se impregna. No existen casi olores simples en la Naturaleza, todos son mezcla. Mas, dicho esto, sí que podemos rastrear sus ocurrencias completando poco a poco un paisaje desdibujado. Por eso retornamos a León. Aquí nos aguarda otra provechosa e ilustrativa pieza; se encuentra en su Catedral, es un manuscrito litúrgico del siglo X,  ilustrado en el folio 271v. Se trata de una composición con tres personajes que nos brinda un nuevo indicio; esta vez atañe al envase en el que se solían conservar los insumos aromáticos. En este caso se trata del «óleo sagrado»; observad el cuerno litúrgico empleado por la autoridad eclesial para ungir a un desconocido monarca. Pese a la sencillez, casi infantil, de la ilustración no hay simbolismo alguno, es totalmente realista y el pintor refiere lo que ve: «un cuerno». A falta de un recipiente más adecuado los cuernos eran uno de los útiles dispuestos  para la conservación y el transporte de los valiosos aceites esenciales, aprovechando la impermeabilidad que le proporcionaba la queratina de su estructura. En realidad «el cuerno» fue el envase ideal para un producto aromático de origen animal llamado «algalia», de origen árabe, que fue muy reputado hasta el siglo XVI y principios del XVII, tanto en la corte española como en el resto de Europa[2]. Así pues, como decía, vestigios de esta naturaleza adecuadamente contextualizados, permiten colegir la existencia de una técnica, si bien minoritaria, destinada a satisfacer las placientes inclinaciones aromáticas de los poderosos, apuntando también a un plausible comercio de exótica con el sur Peninsular.

    Cabe decir que, incluso la extrema pobreza, o la mera subsistencia de la mayoría de la población sometida a un permanente precario existencial, permitía a los más modestos personajes conservar espacios para la recreación olfativa. La magnitud de la penuria en la que las gentes del común vivían, queda bien reflejada en la crónica de un viajero medieval, Aymeric Picaud; observa este que los habitantes de los valles vizcaínos y alaveses carecen de cualquier ropa interior pues, acuclillados para calentarse enseñaban sus partes íntimas, fueran hombres o mujeres; comiendo todos del mismo plato y bebiendo de la misma jarra. Sanchez Albornoz refiere que hasta las mismas puertas de las casas podían ser embargadas y retiradas del marco por deudas. La arbitrariedad de los poderosos, el hambre y la enfermedad añadían un plus de fatalidad. Piénsese que un hecho tan corriente como la perdida de la dentadura abocaba a las personas a triturarse la comida si no quería perecer. La vida era terrible, las condiciones que se procuraban entre sí los hombres no enmendaban en nada la dureza del medio. A las enfermedades se unía la constante amenaza de los lobos, los accidentes que dejaban incapacitado. El hambre era la condición natural de cualquier siervo, atormentado de común por los rugidos de su estómago. La pérdida de los seres queridos procuraba una dureza de ánimo rayana en el desapego; la crueldad y la indiferencia entre todos y hacia todo. Se destacaba el pavoroso miedo a la muerte tras una vida cumplida de excesos que eran, paradójicamente, el único medio de sobrellevarla sin perder la cabeza. Las mujeres morían antes que los hombres, sometidas a un plus de riesgo que llegaba de la mano de sus numerosos embarazos y partos, hasta el punto de que la viudedad masculina era frecuente, si bien, por escaso tiempo, toda vez que volvía a matrimoniar o emparejar. Los huérfanos podían ser o no aceptados por la nueva pareja, por lo general el padre solía desatenderse de su prole cuyo destino quedaba al albur de la recién llegada. En el mejor de los casos su existencia no debía interferir en el bienestar de los niños que estaban por llegar como resultado del nuevo matrimonio. La mortalidad infantil no se explica solo por la virulencia de las enfermedades sino que compete también al instinto de supervivencia de sus progenitores, incapaces, las más de las veces, de procurar sustento a sus necesidades más básicas. Llegado el caso, los hijos se vendían, se infantizaban, se les dejaba perecer inánimes. El sistema era cruel, las penas extremas y los hombres apalizaban a sus mujeres y a sus hijos después de haber sido apalizados ellos mismos por el señor feudal. Con veinticinco años se era viejo. 

    Nada nos impide curiosear en la vida de cualquier personaje,. En realidad esto es lo que les saca del anonimato de las masas, ofreciéndonos la posibilidad de empatizar con ellos. Me permito acudir a una de esas personas que nunca aparece en los libros de Historia, soporta la Historia, es protagonista de la Historia, pero la Historia le niega un nombre. Tomemos al azar cualquier mujer.....Esta misma. Se llama María. Tiene veinte años pertenece a una clase que fluctúa entre la indigencia y el relativo bienestar que le proporciona una vaca y un pequeño terreno. Cualquier mal año la convierte en pobre de solemnidad. Entre tanto, puede, llegado el caso, acompañar la alimentación de sus cuatro hijos con la leche de la vaca. Esta vale tanto como cualquiera de sus retoños, por eso la vaca se encierra por la noche con el resto de la familia dentro del chamizo que les sirve de vivienda, separada solo por una cuerda de esparto para impedir que el animal les pisotee durante el descanso ....................


[1] Como es bien sabido se trata de una obra de 60 volúmenes.
[2] En realidad el "cuerno de algalia" se convirtió en una unidad de medida. 



Nota: El Texto pertenece al texto «Sobre el olor y el Perfume». Capítulo «El Perfume en España». Está sujeto a las limitaciones de la Ley de la Propiedad Intelectual.





Historia. Filosofía y Mito alrededor del Perfume y del Olor

Volvemos, un año después. Hemos estado trabajando en esto Si quieres saber más.

Califato de Córdoba. Califas y Emires del Califato de Córdoba. Línea del Tiempo



ALMANZOR
Almanzor


Emirato Independiente de Córdoba


  • Abderraman I                         756-788
  • Hixem I                                  788-796
  • Alhakam I                              796-822
  • Abderraman II                       822-852
  • Muhammad I                         852-886
  • Al-Mundir                              886-888
  • Abd Allah I                            888-912 

Califato Independiente de Córdoba 


  • Abderraman III                      912-961
  • Al-hakam II                            961-976
  • Hixem II                                976-1013  
  • Sulaimán al-Musta'in           1013-1016
  • Alí ben Hamud al-Násir       1016-1018
  • Abderraman IV                   1018-1018
  • Al-Cásim al-Mamún            1018-1023
  • Abderraman V                     1023-1024
  • Muhammad III                     1024-1025
  • Yahya I al-Muhtal                1025-1027
  • Hisham III                             1027-1031


                                   Reinos de Taifas 


                         

HISTORIA DE LA ELEGANCIA Y EL DANDISMO. BAGDAD SIGLO IX

Hace ya algunos años dimos entrada a sendos trabajos relacionados con el buen gusto y la elegancia. Nos referimos al episodio de Los Incroyables situado cronológicamente en los postreros años de la Francia de la Revolución, y el fenómeno conocido como dandismo cuya figura mas señera es la de Brummell. Ambos movimientos se caracterizan por sustanciar una reacción aristocrática ante la apremiante intromisión de una nueva clase social; la burguesa en los circuitos del lujo y la ostentación. Ambos cultivaron una disposición de despecho hace estos nuevos ricos dando por cierto que el buen gusto y la curialidad era mas bien una cuestión de cuna que de dinero, de tal manera que la máxima "el burgués se protege del clima pero solo el elegante se viste" acabó por constituir su enseña. La cultura, la educación, la etiqueta, el saber estar solo estaban a disposición de unos iniciados que además de vestir primorosamente participaban de unos códigos y una gestualidad exclusiva entre los que no tenia cabida la aristocracia del dinero. Cabe decir que a lo largo de la historia esta aristocracia del buen gusto ha dejado su huella en distintas culturas. Consideramos los llamados "lindos" o "petimetres"  personajes escasamente documentados pero presentes en el barroco español o los distinguidos personajes de la dinastía Tang en China [+618 a +907] que culminan en sus modos todo el sofisticado refinamiento de la civilización China. 
Vamos a retroceder mil trescientos años para ocuparnos en esta ocasión de los abasidas, así conocidos porque su primer Califa fue Abul-Abbas en el +750. Sabemos que los abasidas desalojaron del califato a los Omeyas¹  que habían establecido en Damasco su capital. Doce años después en el 762, Al-Mansur decidió trasladar su capital a la ciudad de  Bagdad. De hecho determinó construirla, aprovechando un antiguo enclave persa, en un lugar próximo al río Tigris. Para ello decidió pintar  en el suelo con una marca de ceniza, la urbe que había imaginado,  y tras cinco años de trabajo y cien mil hombres consiguió erigir la que acabaría por convertirse en la ciudad mas brillante del mundo durante algunos siglos. Capital de un Imperio que se extendía desde la fronteras de La India hasta el Estrecho de Gibraltar, cosmopolita y refinada en extremo. Por sus calles se movían personajes llegados de La India, China, las estepas rusas, europeos, blancos, negros, musulmanes, cristianos, judíos. Las riquezas que llegaban desde todas las partes del planeta, señaladas estas por cada una de sus cuatro puertas de hierro,  consiguieron configurar una clase de personajes exquisitos y refinados: los elegantes que impusieron sus gustos estéticos durante un par de siglos en los modales, la indumentaria y la alimentación. 


Puerto fluvial del Tigris


     Maestros de la indolencia y el buen gusto, aficionados a los ejercicios poetices y el coqueteo intelectual.  Inclinados  muchos de ellos hacia una afectado afeminamiento y otros rendidos de admiración ante la belleza inmarcesible de las cantantes, una suerte de hetairas cultivadas tan agudas, ingeniosas e inteligentes que a fuerza de recibir un pago por sus servicios muchas de ellas llegaron a conseguir la libertad, si no la legal sí aquella que nace de de la potencia de sus atributos. La dinastía de los abasidas al trasladar su capital a Bagdad quedó impregnada entre otras de la herencia persa. Marcas iranas en la cultura Bagdati lo constituyente por ejemplo las capas de seda, la poesía, la jardinería, los velos semitransparentes y las zapatillas,  en efecto; cómodo calzado cuyas plantillas fueron impregnadas con las mas delicados perfumes, tal y como atestigua el consumo que de ellas hacia la madre del califa Al-Mutadid [857-902] que requería un nuevo par de piezas por semana. También es de origen persa la soprendente manera de conservar el peso consumiendo barro de Jurasan² puesto que la obesidad era considerada tanto un desajuste físico como intelectual. En este sentido la eqtiqueta culinaria de los elegantes pasaba por tomar bocados pequeños, masticando lentamente y evitando la glotonería. La parte de la mesa que ocupan deben quedar limpia de sal, migas, liquido y por supuesto grasa. A un elegante se le conoce sobre todo por la forma de comer, si el alimento le hace perder las formas no merece pertenecer al mundo de los elegidos. Entre las comidas que deben evitar se encuentran los guisos del día anterior, ni los que estén recalentados. Deben abstenerse de mojar en el caldo, evitando en lo posible la langosta, el bogavante y las legumbres por los gases y frecuentes borborigmos intestinales que ocasionan. La comida debería limitarse a una ingesta por jornada.


La Ciudad Redonda de Bagdad y sus Cuatro Puertas señalando a cada uno de los puntos cardinales
La Ciudad Redonda de Bagdad y sus Cuatro Puertas señalando a cada uno de los puntos cardinales

     Los hombres gustan vestir finas camisas, túnicas de lino, tela de seda y de filoseda³, velos bordados y teñidos con alafor. Tejidos forrados, camisas impregnadas con almizcle, túnicas perfumadas con ambar. No era posible la mezcla de ropa sucia junto a ropa lavada ni tampoco ropa lavada con ropa nueva. En el calzado se debía de evitar los teñidos rojos, los botines  carecían de talón y eran elaborados con piel negra. Utilizan calcetines de seda cruda o de lana de cabra. El perfume de los elegantes estará elaborado con almizcle desmenuzado en agua de rosas o aloe perfumado mediante ambar gris mezclado con agua de claveles. Otra opción es la que ofrece los polvos mezclados con diversas esencias. En cualquier caso el perfume debe ser discreto, apoyándose para esto en el hadiz⁴ del Profeta que sugiere que el perfume del hombre no se debe ver. 







     Pero el movimiento de los elegantes de Bagdad no compete solo a los hombres; las mujeres podían y debían participar también del mismo, habida cuenta de que eran uno de los grandes elementos de inspiración poética, demostrado alguna de ellas unas altas cualidades intelectuales que les hacían merecedoras de participar en igualdad de condiciones en cualquier celebración. A ellas les estaba permitido vestir finas túnicas color oro, gasas de varios colores, seda de lunares, mantos de filoseda, cuellos adornados con collares, mantos negros impregnados de espliego. Usaran sandalias forradas de piel, acharoladas, con la suela mas fina por el centro. Podrán también utilizar botines cortos, sin talón como en el caso de los varones. En cuanto a los perfumes femeninos deberán inclinarse por el sándalo, el clavo, el azafrán, el agua de alcanfor, aceites de violeta, de lilas y sargatillo. Las mujeres podrán en cualquier caso utilizar todos los perfumes de los hombres pero estos se abstendrán de hacer lo propio con los aromas femeninos.

Todo esto acontecía en una ciudad durante el siglo IX. Una urbe que en algún momento de su historia llegaría a alcanzar el millón de habitantes. De aquella Bagdad no queda casi nada, fue destruida por los mongoles en 1258 en el que es probablemente el episodio de exterminio humano mas extremo al que la civilización islámica se tuvo que enfrentar a la vista de los centenares de miles de victimas causadas por la ira de estos bárbaros. Aquella Bagdad pintada en los cuentos de las mil y una noche está ahora bajo los pies de sus visitantes, es el polvo que pisan lo que queda de ella.  Mesopotamia carece de piedra y todas las civilizaciones que por ella han pasado utilizaron básicamente el barro para construir, de forma que polvo fueron y en polvo se convirtieron.



[1] Abderraman I fue uno de los pocos Omeyas que sobrevivieron a la matanza, fundó el emirato independiente de Córdoba
[2] Conocido también como bucarismo. El consumo de barro en la Corte de España está suficientemente documentado y es herencia musulmana. Actualmente se ha insinuado en algunas dietas alimentarias con el fin de perder peso
[3] Mezcla de seda, algodón y lana
[4] Conjunto de normas fijadas supuestamente por el Profeta Mahoma. Si bien la mayoría de ellos son de carácter apócrifo