Cómo Napoleón perdió Rusia por los botones
El botón, amigo lector, no es cualquier cosa. Posee un atractivo fetichista aún por determinar. Y tiene numerosas utilidades, de hecho, en la España medieval se denominaba botón a la pieza que remataba la punta de una espada, puesta allí para evitar daño. También fueron utilizados como brújula en el curso de la I Guerra Mundial, en el Renacimiento como esencieros, y durante la Guerra Fría fueron empleados como sofisticadas cámaras. Los botones llegaron a utilizarse como moneda de pago por las tropas inglesas presentes en la Península Ibérica, esto es así porque, la exigente normativa del ejército británico en el siglo XVIII, exigía proporcionar un baño de oro a determinada botonadura. Hay quien guarda botones sueltos en una caja de lata, como si fueran monedas antiguas. Y hay quienes, al perder un botón, sienten una incomodidad difícil de explicar. No es solo que la prenda queda incompleta, es que algo del orden cotidiano se ha desajustado. En ese gesto mínimo de buscar aguja e hilo, de pasar el botón por el ojal, de tensar la costura para que no se caiga otra vez, persiste una forma de cuidar, casi artesanal, que no se deja sustituir por automatismos. Hoy en día las habilidades de la costura casera se han perdido, pero para aquellos que tengan una cierta edad, la imagen de la madre zurciendo con fina aguja, hilo y dedal un botón es uno de esos recuerdos imborrables con los que nuestra memoria nos regaló los momentos más felices de nuestra infancia. Los botones, junto a otros objetos de compostura menor ocupaban un estuche en la que cada artículo ocupaba su lugar, cual caja de herramientas femenina.
He descubierto que el mundo de los botones no es un tema menor. En los EEUU existe hasta una National Button Society (NBS). Se trata de una institución dedicada exclusivamente a la conservación y divulgación de los botones. Una Institución que pronto alcanzará el centenario de su fundación. Tiene su sede en California y seguramente llenará los momentos de ocio de muchos norteamericanos, llenándoles de orgullo. Admiro esta capacidad del norteamericano por embeberse hasta el fanatismo de actividades que aquí, parecen no tener cabida por estrafalarias.
No deja de resultar llamativo que un objeto tan pequeño, casi insignificante en apariencia, haya tenido una vida tan larga y por momentos tan intensa. El botón, esa diminuta pieza que suele ocultarse bajo cuellos, en muñecas o al costado de una chaqueta, acompaña a la humanidad desde hace más de cuatro mil años, y aunque ha cambiado de forma, de material y de uso, conserva un lugar discreto pero firme en nuestro vestir cotidiano. Hay algo en su persistencia que invita a observarlo con más detenimiento, no tanto por lo que es, sino por todo lo que ha sido.
Su máxima utilidad viene señalada por un momento destacado en la historia del vestido, exactamente cuando la ropa empezó a ajustarse a la anatomía. Sin él este ajuste no hubiera sido posible. Pero en este caso el botón no llegó solo, vino acompañado por otra ocurrente habilidad en la confección: hablamos del ojal, sin él el botón carece de empleo más allá de la mera ornamentación. Su emplazamiento también puede indicar información añadida y valiosa, tal es así que su disposición en la espalda, por ejemplo, acarreaba un compromiso de clase, solo se podía ajustar la prenda con ayuda. Es curiosa la llamada «Acta de los botones», implementada en Inglaterra en 1698 en la que se prohíbe, fabricar botones de paño con el fin de garantizar miles de puestos de trabajo empleados en la costura de los botones con aguja
He dicho más arriba que el botón es una pequeña pieza y lo es, pero su tamaño no corre parejo a los hitos con los que la historia lo ha marcado. Los botones han servido incluso para proyectar un mapa de acontecimientos históricos. Echamos mano de la bibliografía y encontramos la minuciosa y ocurrente labor de arqueología realizada en España sobre un terreno en el que se dirimió una batalla que enfrentó, por un lado: a españoles, portugueses e ingleses, y de otro, a los soldados del ejército napoleónico. La enérgica actividad que implica una batalla fue señalando la pérdida de la botonería de ambos contendientes sobre el terreno, lo que ayudó a situar la posición de ambos y sus movimientos estratégicos.
Para la elaboración de la botonería se han empleado diversos materiales, uno de ellos fue el estaño. Tiene su historia. Nadie podía imaginar las consecuencias del estañado de los botones con los que se dotaba a las casacas del ejército francés durante la campaña de Rusia. Se sabía que el estaño, a bajas temperaturas, se vuelve quebradizo y se desintegra. Esto es lo que les pasó a los soldados franceses en Rusia, se encontraron con una dificultad añadida a las penalidades de la campaña, un sencillo botón que sujetaba desde los abrigos de los generales hasta los pantalones y casacas de la tropa. Todos sabemos de la incomodidad que conlleva intentar paliar la ausencia de un botón, pues imaginad si todas las prendas de vestir que te cubren en precario del frio atroz, se mantienen sobre tu cuerpo solo por su propio peso, cubriendo tu piel solo a medias de la mortal ventisca, mientras que desesperadamente intentas cubrirte la zonas expuestas de tu cuerpo porque a un objeto irrelevante se le había ocurrido convertirse poco menos que en polvo.
Desde luego el ingenio humano ha llegado muy lejos, pero a veces ponemos nuestra mirada en un punto tan lejano que no somos capaces de valorar la importancia de lo más simple. En este caso un modesto botón fue capaz de cambiar en parte el curso de la historia.

