Eunucos de Constantinopla (Parte II)




Aunque no pudo evitar un gradual e inexorable proceso de orientalización, Bizancio nunca dejó de considerarse heredero espiritual  del Imperio Romano, de hecho se veían a sí mismo como tales romanos. Tal es así que un desliz por parte del Papa al referirse a ellos como griegos, supuso un serio conflicto entre Roma y Bizancio  en el siglo XI. La misma presencia de los eunucos en la Corte Imperial puede ser una herencia de los últimos monarcas absolutos tardorromanos. El caso de Diocleciano es bien palmario; instalado definitivamente en un poder despótico, ejercido desde un palacio en el que los cargos estrategicos son usurpados por eunucos serviles y prestos a atender el mas mínimo capricho de un tirano que, no se conforma ya con la purpura, sino que viste sandalias ornadas con priedras preciosas y perlas.[En la imagen Nicéforo III Botoniano XI]
     Mientras que Diocleciano era el señor de todas las cosas humanas, la corte bizantina encontrará en la cosmogónia cristiana su modelo. El basileus ocupa el vértice de esta pirámide social, rodeado por sus apostoles y consejeros y una nube de seráficos y asexuados angeles cual eunucos. San Dionisio el aeropagita se refiere a ellos como criaturas inocentes, liberados de las obligaciones de la carne y en consecuencia puros de corazón. Nada en la Ley bizantina señalaba que la dignidad imperial fuera hereditaria, teóricamente cualquier ciudadano podía ser Emperador. Pero esto era un brindis al sol, un elemento de desestabilización que explica  en buena medida las intrigas, traiciones y felonías en torno al trono imperial. Para compensarlo el protocolo y la ceremonia en torno al Basileus era sobrecogedora. A su manera debía ser transunto material de la gloria celeste, de tal manera que la magnificencia corría pareja a la intimidación. Vestido de blanco y oro, sólo o acompañado por la Emperatriz. Níveo su rostro, como el de un cadáver, maquillado con tal propósito para causar un efecto de inmaterialidad. Conocido también como "isapóstolos", -semejante a los Apostoles- nadie podía tocarle, nadie podía sentarse en su presencia, nadie podía hablar. El Emperador era algo así como una dignidad no accesible. Sentado en su trono, bajo la imagen de Cristo y rodeado de eunucos. 
     Para garantizar este protocolo, cuya violación podía acarrear muy severas sanciones, se servía de un ejercito de sirvientes. A nosotros nos gusta destacar la figura de los silenciarios, jóvenes pertenecientes a las linajudas familias de Bizancio, no necesariamenete eunucos, pero jerárquicamente sometidos al Primicerius Sacre Cubiculus que sí lo era, y que a su vez dependía del jefe de los eunucos de la Corte, El Prepostus Sacri Cubiculi. El Prepostus era uno de los cargos más influyentes pues le competía todo el personal del Sacrum Palatium. Tenía tal poder que sólo él, además del Emperador, claro, estaba autorizado a romper el silencio en presencia del propio Basileus. Los silenciarios se ocupaban de presentar a los embajadores, estableciendo con golpecitos de bastón el tiempo en el que estos podían hablar

Arcángeles. Siglo IX. De la misma manera que en la  iconografía bizantina el Emperador es uno más entre los Apostoles, los eunucos ocupan una idealización seráfica que los identifica como seres asexuados parecidos a los ángeles.

     El de Mayordomo del Emperador como el de la Emperatriz eran cargos que estaban tambien reservados a los eunucos. El Mayordomo del Emperador recibía el nombre de Castrensis. Sus competencias eran las de elaborar, junto al Emperador, la lista de invitados. Introducía a los mismos en el salón del banquete y los acomododaba en sus sitios. Servía al Emperador en la mesa junto al Copero, otra dignidad reservada a los eunucos. A una orden del Emperador autorizada a los invitados a retirarse sus clamidias o zapatos para colocarse en la mesa. Iniciaba el espectáculo, si lo hubiera, y daba por terminado el banquete extendiendo su mano derecha. En campaña el Mayordomo acompañaba al Emperador ocupándose de atender su mesa. A partir del siglo XIII el servicio de la mesa imperial se complica, apareciendo la figura del encargado de la mesa que jerárquicamente dependia del mayordomo.
     La vida en las esferas de poder del Imperio Bizantino era cómoda, pero también peligrosa, sobre todo para aquellos puestos de confianza, cual eran los desempeñados por los eunucos, que deambulaban con frecuencia por el filo de una navaja. No sabemos hasta que punto la fama de crueldad de los eunucos bizantinos era cierta, pero es obvio que la fuerza de los acontecimientos les hacía propensos a la intriga y la ambición. Un viajero occidental en torno al siglo X, cifraba en 20.000 el número de eunucos de Constantinopla. No sabemos mensurar el rigor de tal apreciación, pero es obvio que se trataba de un colectivo muy numeroso, capilarizado en todas las instituciones del Imperio y cuya presencia en el ámbito privado no era desdeñable. Eran los únicos que podían acompañar el baño del Emperador: vigilaban sus sueños y los de la Emperatriz, probaban su comida, formaban su círculo más próximo de protección. Los protovestiarios les vestían y perfumaban. Les escoltaban cada vez que abandonaban sus aposentos y les protegían, cual guardaespaldas que efectivamente eran, de todos aquellos hombres con barba cuando se tenían que cambiar de ropa o zapatos, en fin, le acompañaban en la vida, y en ocasiones en la muerte. Hubo Emperadores, como Justiniano, que no admitían sombra alguna en su poder absoluto, de hecho un silencio una frase inoportuna podía acarrear el destierro; a su jefe de eunucos y a otros sirvientes les hizo ajusticiar por comentarios de absoluta levedad teológica, a juicio de Procopio de Cesarea, autor de la llamada  historia secreta
     Otros eunucos ejercieron incluso como tales Emperadores, es el caso de  Eutropio, que sirvió con el anodino Arcadio. Gobernó a su antojo Constantinopla durante el siglo IV. Suprimió incluso el derecho de asilo en los templos, que aunque suficientemente conculcado, ya que se cegaban las puertas de las mismos para hacer morir de hambre a los refugiados o se abrían pequeñas troneras en el techo alanceando desde allí a las víctimas, los santuarios se habían mantenido formalmente respetados por el poder civil. La propia emperatriz Eudoxia le pidió, para salvar Constantinopla del asalto de los godos, que se cortara la cabeza, su fea cabeza. Una versión bastante audaz sobre los últimos días de Eutropio refiere que, ironicamente, y sabiéndose perdido, decidió refugiarse en sagrado reclamando una gracia que él mismo, con sus leyes, se había ocupado de suprimir. Sólo la obcecación del Patriarca Crisóstomo consiguió arrancar del Emperador el perdón por todos los crimenes cometidos y sabidos del eunuco. No reparó el Santo - se trata de San Juan Crisostomo - que esa peculiar redacción sobre las condiciones del perdón: "crímenes cometidos y sabidos" tenía trampa. La propia Emperatriz, asesorada a su vez por otro eunuco de nombre Amancio, consiguió los servicios de un magistrado que fue capaz de encontrar un crimen no sabido del eunuco, y por ello no perdonado. Al parecer un antiguo mosaico que lo representaba en  toda su gloria consular vestido y ornado con todas las dignidades de su cargo, incluida una que no debería de llevar, y que como eran privativa del Emperador merecía sanción;  por ello y por poco más perdió Eutropio la cabeza. No en balde, la naturaleza bizantina es también conocida por este uso algo torticero del ingenio humano al servicio del poder.     
   
Santa Sofía

     Tambien fue decapitado Crisafio  el eunuco de Teodosio II que no veía mas que por sus ojos. Crisafio era amante del Emperador, pero poco amado por la hermana del mismo: Pulqueria. Lo detestaba tanto que su primera orden a la muerte del Emperador fue la de su setencia.  Crisafio fue capaz de urdir una trama para envenenar al propio Atila que exigió infructuosamente su cabeza a Teodosio, lo cual da fe de su gran poder en la Corte. Juan se llamaba el eunuco de la Emperatriz Zoe. Zoe era hija de Constantino VIII. Este,  sin hijos varones, elegiría como heredero a Romano Argiro. Había una pequeña dificultad, y es que Romano estaba casado, y no parecía dispuesto a romper su matrimonio para casarse con una mujer ya madura como Zoe. El Emperador le ofreció dos posibilidades, o se separaba o le arrancaba los ojos. Vano parece precisar que Romano accedería a las pretensiones del Emperador, coronándose con el nombre de Romano III. Marcado por una profunda reticencia al cargo y a aquella mujer impuesta, se refugió en obras de carácter pio mientras que Zoe y su eunuco gestionaban el Imperio. Romano III fue ahogado por dos de sus eunucos mientras tomaba un baño. La emperatriz lo iba envenenando poco a poco, pero como quiera que el tóxico no resultaba del todo eficaz y apremiada por la pasión que sentía por el futuro Emperador Miguel IV -al parecer un jóven de extraordinaria belleza, sobrino de su eunuco Juan- decidió acelerar su óbito.
     La ambición de Juan conocido por el Orfanotrofo (responsable del orfanato Imperial de Constantinopla, una institución que solia proveer de eunucos al palacio imperial) le permitió sobrevivir a otros dos emperadores más: Miguel IV y Miguel V -este último destrozado y mutilado por la muchedumbre- y ganó incluso la clemencia de la emperatriz Zoe que al final se limitó a exiliarlo. 
     Es posible que la relación entre los eunucos y las mujeres de la casa imperial fuese siempre conflictiva; el espacio vivencial que compartían, la subalternidad en sus papeles dentro de la corte y la sociedad, y una afinidad sobrevenida en razón misma de su mutilación, hizo que esa convivencia fuera con frecuencia de una sutil violencia. Teofilacto de Ohrid y su "Tratado en Defensa de los eunucos", redactado para su hermano Demetrio que era eunuco, pone de manifiesto la declarada animadversión del pueblo de Constantinopla por los eunucos a los que juzga severamente como crueles, perversos, codiciosos y debiles morales. Probablemente sus defectos expresaban los vicios del tipo de señores a los que servían, pero que debido a su elevada condición social se mostraban inalcanzables a la ira del pueblo. Teofilacto parece, incluso, comprender lo adecuado de estas criticas, pero frente a este tipo de sujetos depravados presenta en su descargo los episodios de noble virtud y sacrificio  a los que muchos eunucos se habían entregado
     Narses fue el más famoso de todos. Castrado en su juventud y de origen armenio, serviría al Emperador Justiniano. Junto a Belisario, un militar que ha llegado a ser comparado con Cesar y Alejandro, formó un tándem al que se debe buena parte la capacidad resolutiva del Emperador. Ambos fueron el  brazo de hierro con el que se reprimió, de forma  inmisericorde, la revuelta del hipodromo que causo no menos de 30.000 muertos. Mantuvo una difícil relación con Teodora, la emperatriz,  y su familia. Y ello hasta el punto de que Sofia,  la sobrina de la emperatriz, se permitió dudar de su valor como una consecuencia obvia de su mutilacion.
San Ignacio de Constantinopla.
San Ignacio de Constantinopla.
     El cristianismo, y pese a ciertos prejuicios, no es el único movimiento espiritual que encuentra en la castidad una valor añadido. La abstinencia sexual era digna de alabanza para Pitágoras, Aristoteles, Platón, Jenofonte, Sorano de Efeso. Platón refiere incluso que un atleta famoso llamado Ico de Tarento no tocaba a mujer ni varón alguno al empezar sus entrenamientos. De hecho el celibato constituye hoy mismo uno de los puntales de su ejercicio, aunque con frecuencia se ignora que no es hasta el siglo XII cuando se impone el dogma católico del celibato entre los sacerdotes, lo que apunta quizás que hasta esta fecha muchos de ellos estaban casados. Los primeros Padres de la Iglesia veían en  la continencia sexual una gracia divina que no estaba al alcance de todos. Se hacían eco incluso de cierta deriva teológica que consideraba a Cristo como una persona reacia al placer: al placer sexual se entiende. El Papa Siricio, en el siglo IV, ya era de la opinión de que Jesús probablemente bien pudiera haber elegido a otra madre si la Virgen María hubiera decidido tener mas hijos. Tal parece que para determinados teólogos el lecho primario del cuerpo de Cristo; la matriz de su madre, no podía recibir líquido seminal alguno que bien pudiera poner en entredicho la pureza de esa cuna primigenia. De alguna manera Cristo habia exigido a su madre una absoluta abstinencia sexual como correlato natural a su santidad. Ello implicaba un rechazo al placer, una renuncia, por intemperante, al goce de los sentidos. Esto serviría a los primeros padres de La Iglesia como la guía de la perfección, el camino de la salvación. Por eso se estimaban que esa ausencia de impulsos sexuales de los eunucos prebubescentes, era como un designio celestial, lo que les hacía puros y dignos de estima; tal y como pensaba Seneca ellos no actuarían nunca guiados por el placer. 
     En general la Iglesia bizantina se mostró sensible, cómoda e incluso, activamente practicante de la autocastración. Y ello pese a que los sucesivos Concilios prohibían el magisterio eclesiástico a aquellos monjes que voluntariamente se hubieran mutilado, como es el caso del de Niza en 325. En El Levítico quedaban excluidos  del altar  todos aquellos que tuvieran defectos corporales, tanto por exceso como por defecto: los enanos, los sordos, ciegos, jorobados, a los mancos y   cojos,  tuertos y bizcos, pero nada dice de los eunucos Son pues numerosas las excepciones a la línea oficial, hasta el punto de que existieron monasterios exclusivos para monjes emasculados, como el erigido por el propio Narses,  llamado el de “los limpios”.   
Anicia Juliana. Mecenas
Anicia Juliana. Mecenas

     Otra gran evergeta [mecenas] fue Anicia Juliana, hija del Emperador de Occidente Anicio Olibrio. Su altruismo en la construcción de edificios en la misma Constantinopla llegó a opacar la labor de Justiniano y su esposa Teodora. Su templo de San Polieucto fue el mas gran de la ciudad hasta la construcción de Santa Sofia. Fundó con el patrocinio de San Sabas, en el desierto palestino, un monasterio conocido por "el de los eunucos". Los propios sirvientes emasculados de Anicia Juliana, solicitaron el ingreso en este monasterio a Sabas a la muerte de su señora. San Sabas fue nombrado por el Patriarca de Jersusalem exarca de todos los monjes anacoretas y eremitas del desierto. También en el desierto, la secta de los monjes valesianos había derivado, en torno al siglo III, en su estricta búsqueda de la castidad como único camino para la salvación, en  un aquelarre de mutilaciones sexuales, no solo entre los propios monjes, sino incluso, practicándola a los incautos varones que capturaban en su frenesí por salvar a la humanidad.
     La automutilación sexual fue considerada como el ejercicio límite de una credo religioso que exigía a sus pastores una eterna castidad. Esto, por una lado, evidenciaba su entrega absoluta, pero también facilitó cierta trampa dialéctica utilizada por aquellos que rechazaban la práctica, ya que consideraban que de esa manera privaban a su cuerpo de la purificadora y pedagógica pugna contra la tentación, pues físicamente habían quedado privados de ella, lo que les inhabilitaba de alguna manera para la beatitud
     Después del trono imperial, la silla del Patriarca de Constantinopla era la dignidad más deseada. Los patriarcas de Constantinopla Germano, hijo de Constantino Pogonato que lo mandó castrar; Nicetas conocido por San Ignacio de Constantinopla, Photius e Ignacio lo eran, así como varios Metropolitanos de Rusia. El patriarca Metodio que fue acusado injustamente de ser padre de una criatura, se vió obligado incluso a levantarse la vestiduras para mostrar su incapacidad física. Al parecer Metodio se inflingió el mismo la castración, en la línea de las severísimas restricciones monacales que fomentaba la castidad absoluta. Seguía en esto  la senda abierta por Orígenes de Alejandría autoemasculado él mismo -un erudito extraordinario por otro lado- pese a que ya había manifestado que las Sagradas Escrituras no podían interpretarse al pie de la letra, pero pensando también en el evangelio de San Mateo que consideraba bienaventurados a todos aquellos eunucos que se habían hecho a sí mismos con el fin de evitar todo pecado. 
     Sacerdotes y monjes emasculados eran incluso los encargados de realizar la eucaristía en las comunidades femeninas. Tal es así que muchos conventos femeninos recogían entre sus normas la prohibición de traspasar sus muros a todo varón que no estuviera castrado. Paralelamente, y de forma inversa, los monasterios masculinos prohibían entre sus monjes la presencia de eunucos con el fin de evitar impulsos indecorosos entre sus monjes.  La regla del complejo monacal del Monte Athos prohibía no solo la presencia de eunucos, sino también la de mujer alguna y cualquier tipo de bestia que fuera hembra




Eunucos en El Imperio Bizantino consta de Dos Entradas



Eunucos de Bizancio. Castración y vileza en el Imperio de Oriente (Primera Parte)



Eunucos de Constantinopla (Parte Segunda)