El amor no es el fuego, sino las brasas (Primero)




«El beso» Francesco Hayez



Viejos adulterios, nuevos nombres. El adulterio sin culpa



Primero. El Amor

Pocas ideas o personajes, más allá de la figura del profeta Mahoma, conservan la sacralidad, en parte intimidante, conseguida gracias a la beligerancia de sus fieles. Vivimos un tiempo de escepticismo (también de récords: prácticamente a uno por día), aunque no nos demos cuenta de ello por la falta de perspectiva histórica. Todo es puesto en cuestión, cuando no en solfa, de tal forma que aquellos elementos más sólidos sobre los que se asientan nuestras sociedades se analizan con cinismo y se ponen a hervir en el cáustico caldo del relativismo. Este es el caso del amor, cuya debacle provoca episodios de regocijo, festejándose con ahínco en episodios de penosa y lucernaria celebración. Se relativiza su impacto en nuestra especie desde la evidencia de su postrer colofón, buscando hasta elementos de autoridad científica que certifiquen la inexorabilidad de su ocaso, porque es una emoción con fecha de caducidad: bien por consunción, bien por la más trágica ausencia de una de las partes. Desde luego, el amor es una alteración profunda en nuestro estado de ánimo, una especie de estar para el otro, como si de tal enajenación se pudiera seguir el factum inexorable de constituir la única forma que tiene el ser humano de escapar psicológicamente del férreo sino de la soledad con la que se marca el principio de nuestras vidas: nacemos solos; y al final de ellas: morimos solos. 

El amor  es un impacto emocional que nos hace drogodependientes de las experiencias causadas por nuestro mapa hormonal, aunque ya adelanto que no es solo esto. Es triste, ya de por sí, la recursividad con la que la ciencia ha explicado en clave biológica el currículum de nuestras emociones. La ciencia ayuda al progreso, pero deshumaniza al hombre, le ha hecho perder su excepcionalidad. Ya no existe singularidad en el mapa emocional de un sujeto, todo se reduce a una monocorde sucesión de estados de ánimo que iteran sobre cada uno de los elementos de la tabla periódica atendiendo a la prevalencia del compuesto químico cuyo predominio marca nuestro comportamiento. Matraces y tubos de ensayo burbujeantes, meras reacciones químicas que resumen la historia de las sensaciones humanas. Ese rostro que nos enciende, esa mirada que nos paraliza, ese olor que desata el ansia por devorar al otro/a. El amor es corporalidad, desde luego, pero hay una parte de la «amorosidad»,  —permítanme este híbrido del lenguaje—  que consiste en enamorarse a veces del propio amor que sentimos por ese otro/a, un anhelo febril construido en parte con elementos robados a la realidad y otros más, de cosecha propia, incorporados a ese avatar y que lo convierten en objeto de culto. 

Yo me imagino este estado de exaltación absoluto, como un acto de fe, y no creo ir por el camino erróneo, nuestra tradición nos enfrenta al fenómeno de los místicos, quienes, una vez bloqueado el sentimiento del amor físico hacia el objeto idolatrado,  intentaban derivar esa expresión de derramamiento con la que se alcanzaba el clímax físico, en adrenalina poética: intensidad rítmica y musicalidad verbal de elevada y maravillosa exaltación, pero que esconde un frustrado y prohibido orgasmo. 

La tradición hindú —qué lejos nos vamos— encuentra una adecuada conformidad entre la faceta orgánica y la espiritual de la práctica religiosa. A los dioses no les escandaliza el placer del cuerpo, por eso la rica sensualidad tenida como pornográfica hasta hace bien poco en la cultura occidental. Hablo del Kamasutra, pero también de otros textos del mismo tenor. Ya dije que el amor no es solo el éxtasis descontrolado que desarticula el trazo de nuestra fisiología. Hubo hasta personajes históricos que se dieron cuenta del pernicioso efecto del amor, de sus consecuencias indeseables; es el caso del emir Adud al Dawla (936-983), perdidamente enamorado de una de las mujeres de su harén hasta el punto de que dejó de comer, de beber, desatendió sus labores de Estado, dejando la gobernanza a la improvisación y el caos, abandonándose al gozo más enajenado. Llegado un momento, el emir tuvo la fortuna —quizás la desgracia, vistas las consecuencias— de recuperar el ánimo y, enfocando con cierta frialdad el estado al que el amor había llevado a un hombre como él, comprometido con el gobierno de los suyos, tomó una terrible determinación, desgarrado su corazón, ordenó matar a aquella que le había arrebatado el sentido y la razón.

 El cristianismo, más bien la expresión normativa del mismo, llevó la autoafirmación de la condición humana a su máxima expresión, soy digno cordero del Señor al punto de que desde mi autoridad eludo lo que Dios me ha ofrecido, el goce de mi propio cuerpo, pero lo hago como acto de amor, pues, en el fondo, el buen creyente, debe practicar el amor por Cristo, un amor casto. 



Continuará...

J.Gueri: El autor pasa a colaborar ocasionalmente en el blog