HISPANIA. LOS IBEROS. Cosmética, perfumes y usos de este pueblo


Historia de la Cosmética y el Perfume en España


Ya se refería  San Isidoro a la adaptabilidad de los habitantes de Hispania, y en particular  los de  la Bética, a culturas extrañas, empezando por griegos y fenicios y continuando con los romanos  Y esta sensibilidad especial debía tener algún tipo de correspondencia, toda vez que una de las primeras cartografías realizadas de la Península, efectuadas hace más de dos mil años por un geógrafo egipcio, se limitaba  más o menos a perfilar los actuales límites de Andalucía. Una muestra de esta acogida a pueblos foráneos son los dos sarcófagos fenicios encontrados en Cádiz, uno de ellos pertenece a una mujer que aferra su vaso de alabastro destinado a contener perfumes, son acaso los testimonios más rotundos de la presencia de una cultura aromática en la Península anterior a la dominación romana, aunque no son los mas antiguos.

     El perfume tenía el mismo o parecido estatuto existencial que la augurada vida del más allá, pues solo la intangibilidad de los aromas  permitía al difunto una adecuada negociación en ese mundo de inmaterialidad absoluta. El perfume es símbolo de vida eterna y él mismo es sagrado, pertenece a los dioses. La estatuaria egipcia, y sus periódicas unciones olorosas, manifiestan cuán lejos están de los deseos de los dioses los pútridos aromas de los muertos, los hombres y por extensión de todos aquellos seres malignos; esta paridad entre el mal y el hedor pasara desde su ámbito semita hasta la cultura griega.  La antigua mitología griega ya había apuntado que la sombra de los perfumes acompañaba el deambular de los dioses por el mundo, e incluso, señalaba a los mortales que gozaban de sus favores.  Homero decía que los dioses obsequiaban a sus hijos predilectos con un toque de ambrosía  Mas de un milenio después los artistas bizantinos enfrentaron en su momento un severo problema al intentar sustantivar la figura del Espíritu Santo como parte esencial del misterio de la Trinidad ¿Cómo pintar algo que no se ve? ¿Cómo cosificar un espíritu? Pensaron a la postre que  la única forma para evidenciar materialmente La Santísima Trinidad: Dios Padre, Hijo y Espíritu  era la de ofrecer este último como aroma, no se veía, no se tocaba, pero allí estaba entre los bucles odoríferos del incienso. Pero el perfume tenía propiedades  vigorizantes y salutíferas, de ahí su sólido e histórico enlace con la medicina  Al rey David, ya viejo, le ofrecieron la posibilidad también de encontrar en la convivencia olfativa  un paliativo para su rotunda precariedad senil, la esencia de aquellos cuerpos  de jóvenes y vigorosas  doncellas  que yacían a su lado, podía muy bien reducirse al  olor enérgico y fresco de sus cuerpos, así él, de alguna manera, conseguiría atenuar el inapelable curso de la vejez que, también se reflejaba en la espesa consistencias de su propio olor corporal. Algo parecido buscaban los emperadores chinos cuando se hacian rodear de sus numerosas y jóvenes concubinas, querían vampirizar su ying, oler el perfume de la juventud, el secreto no escrito del vigor eterno, su esencia.

     Pero todos eran cuerpos ya caducos en los que cualquier intento por restaurar la pasada juventud solo logra añadir una evidencia mas a la inexorabilidad del paso del tiempo. La mujer del sarcófago en cambio, acepta la caducidad de la vida mas no renuncia por ello a su paso por el mundo. Quiere dar testimonio de ello, lo que le permite porfiar en el contenido del alabastrón para que le ayude a franquear ese límite entre la existencia física y la espiritual. Para ello no hay mejor vehículo que las inasibles volutas aromáticas, agradables compañeros para el viaje eterno. Otra reliquia peninsular que parece abundar en la colonización olfativa de las primeras culturas prerromanas,  la establece el recipiente ritual conocido como La diosa galera, una pequeña y hermosa figurita, también fenicia, encontrada en una tumba real ibera de la provincia de Granada, y que puede datar del siglo VI o V Ac. hallada junto a varios frascos de perfume. Representa a una diosa del amor y la felicidad lo que refuerza su asociación con las sustancias aromáticas. La cultura fenicia está claramente influenciada por la tradición artesanal egipcia, que suele ofrecer una rica variedad de recipientes para el perfume: ungüentarios, vasos, alabastrones, incluso, colmillos de marfil vaciados

Hispania. Los Iberos. Cosmética, perfumes y usos de este pueblo es un extracto, y forma parte del Libro titulado «Acerca del Perfume y el Olor». Rogamos tenga en cuenta los Derechos de la Propiedad Intelectual a la hora de utilizar la entrada.


     El alabastro está también presente en la cultura ibera  en numerosos vasos para perfumes, pebeteros y sahumerios de terracota para ofrendas olorosas, o como recipientes para depositar las cenizas de los muertos,  junto a delicados utensilios para la higiene bucal [escarbaoidos y escarbadientes] pequeña estatuaria e infinidad de útiles para la vida cotidiana. La cosmética está presente en los mismos labios de la dama de Baza –que también presenta pintura en ojos y pestañas-  y en las mejillas coloreadas del llamado vaso de la Pepona. En el Levante son frecuentes las figurillas femeninas de barro cocido, están huecas y sus cabezas muestran numerosas perforaciones que parecen destinadas a quemar perfumes. Del siglo III  ó IV aC. son los  pebeteros de alabastro en forma de cabeza de mujer hallados también el Levante español y de clara influencia oriental. El alabastro en la época era un material suntuario solo destinado a contener perfumes y vinos delicados, originario de Egipto. La vivencia ibera en esta tierra a la que dieron su nombre, parece ofrecer un fecundo futuro arqueológico  a la vista de insólitos testimonios cual el torso del onanista descubierto en Porcuna (Jaén)  que parece apuntar hacia una ritualización social desarrollada. No en balde Plinio el Viejo ya decía que el perfume es el más inútil de todos los lujos, su presencia es como el hito del nivel  cultural alcanzado por una comunidad, el reflejo de los objetos sobre el agua. Por eso no es extraño que   el perfil geográfico de todo el Mediterráneo español, desde los Pirineos[que por cierto deben su nombre a un antiguo poblado Ibero en su lado oriental llamado Pirene. Schulten A. Fontes Hispaniae Antiquate] hasta el golfo de Cádiz,  ofrezca algunos testimonios que son verdaderas joyas informativas y cosméticas, como unas sorprendentes pestañas postizas en el  ajuar funerario de un sarcófago hallado en Cádiz

       El geógrafo Artemidoro de Efeso [II a. C] , entretenido y sorprendido por el volumen de la cabellera en los usos capilares de las mujeres iberas, nos desvela la existencia  de un pequeño soporte de forma cilíndrica que utilizan como guia para trabar sus cabellos en forma piramidal. Otra información debida también al mismo griego, es la que menciona el uso de diademas provistas de una pequeña extensión en forma de pico por encima de la frente, lo que permite colocar allí el velo con el que se protegía la cara. Revela también el rasurado de la parte superior de la frente, precursor del depilado bajo medieval y renacentista que inducía visualmente este ensanchamiento del rostro femenino.
Vaso de la Pepona

      El contacto con las culturas fenicias y griegas se evidencia por lo antedicho  con la presencia de  ungüentarios en forma de ave:  las plumas de las aves y en particular las palomas,  eran impregnadas por los griegos con aceites olorosos para que su aleteo, dentro de recintos cerrados, dispersara  una nube de aromas sobre los comensales. Un artículo tan frecuente al menos como los mismos ungüentarios, y de los que existe testimonio en numerosos lugares de Europa, es el de los removedores  de perfume, puede que la ausencia aún de una tecnología que permitiera la  destilación alcohólica, hacían que los productos aromáticos se presentaran en muchos casos como cremas o ungüentos.

    Aunque toda la parte occidental de la Península, incluida la meseta, era de raíz celta -Eratóstenes sostenía que los celtas llegaban incluso hasta la antigua Gades- sabemos que los griegos llamaban iberos a todas aquellas tribus situadas  al sur del río Ebro; las tecnologías para el goce de las que forman parte los perfumes serían uno de esos productos altamente sofisticados que los iberos demandarían en su comercio con los griegos. Previamente las factorías fenicias, siendo los fenicios los grandes distribuidores de materias aromáticas por el Mediterráneo Occidental, habrían establecido las bases de estas plataformas comerciales.  De todas las culturas protohistorias de la Península Ibérica probablemente la que ofrezca mayores testimonios sea pues la ibera. Cuenta Estrabón que las mujeres iberas eran capaces de parir a sus hijos en un receso de su trabajo para continuarlo una vez expulsada la placenta. Los romanos estimaban de ellos el valor, la fuerza de su lealtad y el compromiso con la palabra dada hasta las ultimas consecuencias, tal es así que la guardia ibera que se encargaba de proteger al cónsul romano Quinto Sertorio,  comprometida con el difunto por la llamada “devotio ibérica” o pacto de honor  se inmolaran ante la evidencia de su incapacidad para protegerlo tras una conspiración que acabó con su vida  

     Supuestamente los  iberos formaban  una sociedad en las que el papel de las mujeres era notable. Algunos autores piensan incluso que la jerarquía mitológica de la cuenca Mediterránea era originalmente de naturaleza matriarcal, frente al patrón masculino derivado de la cultura clásica, por eso habían acomodando a una diosa madre en el vértice cosmogónico  que impregnaría  así la relevancia social de las mujeres.  Todo ello se traduciría en la numerosa imaginería de las figuras conocidas como “damas”. Pueblo belicoso, cuya violencia se activaba en torno a numerosas escaramuzas entre vecinos y  en el que no son descabellados los sacrificios infantiles y la practica de la prostitución sagrada. Estimados mercenarios en el Mediterráneo, es obvio que sirvieron en el ejército cartaginés, pero también en el de sus enemigos, Diodoro Sículo los menciona como mercenarios en Sicilia al servicio del tirano de Siracusa, Dionisio I





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