Disparates legales. Juicios y Procesos a animales a lo largo de la Historia (II)


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Comprendemos que esta es una entrada(post) que puede llamar a incredulidad, pero os podemos asegurar que manejamos datos ciertos, referidos y documentados en fríos e impersonales textos legales(*). Que en esto, en el uso del lenguaje distanciado y contable que ofrece la actividad jurídica,  parece que no han pasado los años. Aludimos también en esta entrada al quehacer de un personaje de nombre difícil; Barthélémy de Chasseneux, cuyas andanzas entre los roedores  dan por buenas las del flautista de Hamelin; el afamado cuento de los hermanos Grimm . Hoy ilustramos nuestra entrada con un grabado de 1554 en el que una comunidad protestante cuelga a un gato
    Como recordaran, si es que han leído la Primera Parte de Juicios y Procesos a animales durante la Historia, la cerda de Falaise había tenido un juicio previo por lo que fue retenida durante algunas semanas en las mazmorras de la localidad. No sólo esto, el verdugo recibió un sueldo por ajusticiar al animal, y esta, durante su estancia en prisión, fue alimentada a costa de la comunidad. El padre de la criatura devorada y el dueño del cerdo también fueron condenados, a este último, por razones que bien se entienden, al primero por negligencia al dejar abandonada a una criatura de tan corta edad, cosa que era harto frecuente en la época. Este hecho se encuentra perfectamente documentado y el coste de la ejecución se recoge en los archivos de la villa. No fue este el único gorrino ajusticiado del que tengamos noticia. En Mortain, otro municipio de Normandía se encuentran referencias de un cerdo al que no solo se ejecutó, si no que previamente fue torturado porque la justicia animal, igual que la humana, también contempla el ensañamiento, la impiedad, la violencia extrema como un plus en el castigo. A este, en particular, se le agravaba la pena no solo por comer carne; la de un niño al que devoró, si no por hacerlo en Viernes Santo,  lo cual agravó sin duda la naturaleza del crimen. Todavía en el año 1864 se condenó a una puerca al sacrificio como consecuencia de que esta hubiera arrancado las orejas a una niña, además de imponer una sanción económica a su propietario que serviría en un futuro para cubrir la dote matrimonial de la infortunada muchacha. 







     Ha habido sucesos incluso en los que una razonable duda permitió a los culpables escapar de su castigo, como es el caso de  dos o tres cerdos que en el año 1379, y en el pueblo francés de Saint Marcel, atacaron y despedazaron al hijo del porquerizo, confundiéndose  después los cerdos  con las piaras de la zona, por lo que dirimir la autoria de la fechoría se hizo harto compleja. De tal manera que ante la duda se procedió a detener a todos los cerdos de las piaras, toda vez que, según los testigos, con su actitud agresiva mostraban cierto grado de complacencia por la agresión pasando a ser considerados como cómplices de la misma. El prior de un monasterio de la zona llamado Humberto, propietarios los monjes de una de las piaras retenidas, decidió intervenir. Los monjes estaban seguros de que todos los cerdos serían sacrificados lo que era una gran perdida, ya que la carne de estos no podía ser aprovechada pues la ley  prohibía el consumo y comercio de animales sacrificados como consecuencia de hechos de esta naturaleza; siendo los cadáveres arrojados a los perros. Acudió Humberto de Poutiers (¿Poitiers?) al buen sentido en una época de escasez, y presentó ante el Duque de Borgoña el alcance de la gran perdida que causaría a los propietarios de las piaras. Además consideraba, sin negar por ello la autoria del hecho, que entre los muchos cerdos que serían sacrificados se encontraban los lechones que por su edad no podían ser responsables de las atrocidades cometidas por sus mayores, presentándolos como crías inocentes mal guiadas por sus padres. No se sabe si por el peso de los argumentos o por la calidad del personaje, lo cierto es que los cerdos fueron amnistiados vista la dificultad de encontrar a los culpables entre sus congeneres

Juicio a un gato
Juicio a un gato


     Las ratas, los ratones y demás roedores además de los insectos han sido anatemizados en masa, pues el mal que causaron fue debido a su espíritu gregario en forma de plagas: es difícil someter a juicio a una langosta o retener a uno solo de los millones de ratones que devastan una comarca. Por eso se les emplaza colectivamente, es en estos juicios donde el intelecto de los leguleyos alcanza las más altas cimas de formalidad, abstracción y si cabe brillantez. Martin de Azpilicueta, famoso teólogo navarro del siglo XVI, conocido por Dr. Navarro y en cuya memoria y gloria el Gobierno de la Comundad  foral de Navarra patrocina actualmente un premio sobre derecho administrativo, fue en su época indirecto responsable de un proceso de expulsión (fue famoso también por sus seis puntos defendiendo el uso del amiculum -gorro que cubría cabeza y espalda de los eclesiasticos- durante la Santa Misa. Historie des perruques. Thiers). Nos referimos a su denuncia de la plaga de ratas que invadía las costas españolas durante el referido siglo XVI. Por tal motivo estas fueron convocadas a comparecer ante la autoridad competente y al no hacerlo, como era de esperar, el obispo encargado del mismo se encaramó a una colina y desde allí las exigió, bajo pena de excomunión y anatema a que abandonaran el lugar. Lo cual hicieron los rodeores, arrojandose al mar y refugiandose en una isla desierta (**). Un tipo especial de cohabitación fue la mantenida por los antiguos habitantes de la zona noroccidental de España -mas o menos la actual Galicia- en los siglos V, e incluso VI, en los que el peso de la tradición pagana se ocupaba aun de regular sus vidas; de tal manera que existía un culto a los ratones y a las polillas con el fin de asegurarse la integridad de sus graneros, pero también la de su modesta ropa(***). 

Barthélemy de Chasseneux. Animales delicuentes. Lacasamundo
Barthélemy de Chasseneux



     Por fin, y tal y como os referiamos al principio, os vamos a presentar a un sujeto. Se llamó Barthélémy de Chasseneux, era francés y abogado o eminente jurisconsulto, según la prensa del XIX. Quizas entró en la historia en torno al año 1490, que no es cualquier fecha, puesto que sólo dos años después Colón descubrió America. Nosotros, por lo poco que sabemos de él lo consideramos un personaje de fábula, pero quizás debió de ser un circunspecto sujeto que con toda seguridad escribió un texto publicado en Lyon hacia 1530, titulado De excommunicatione animalium insectorum, pero que a diferencia de otros textos legales no es aburridísimo. En este texto, tras considerarlo detenidamente, esgrime cinco razones por las que las plagas de insectos, y por extensión de otras especies animales, sí pueden ser objeto de causa o pleito, es decir, pueden ser sometidas a juicio. Eso sí,  con todas las garantias de la ley, claro, y ser anatemizadas y malditas como lo fueron en multitud de ocasiones.  Todo lo cual dejamos para la siguiente entrada.

Martín de Azpilicueta, conocido por Dr. Navarro. Teólogo, su denuncia sobre la abundancia de ratas en las costas españolas abrió un proceso de expulsión de estos animales. Lacasamundo.com
Martín de Azpilicueta, conocido por Dr. Navarro. Teólogo, su denuncia sobre la abundancia de ratas en las costas españolas abrió un proceso de expulsión de estos animales.


(*)    Biblio a pie de entrada Tercera y última
(**) (I). (Martini Azpilcuetae Navarri , Consiliorum seu Responsorum
       lib. IV, ConsU. 52, p. 6).

(***) José Orlandis (La vida en España en tiempo de los godos)



Juicios y Procesos a Animales a lo largo de la Historia consta de tres entradas