El Dios de la Guerra y el rey Buda ( II )

Barón Ungern Sternber en 1921
Barón Ungern Sternber en 1921

     La salud mental de el Barón les pareció a los generales blancos severamente deteriorada, mas aun cuando escucharon del mismo su intención de crear un poderoso reino en el Asia central, la actual Mongolia, en poder de los chinos,  para desde allí iniciar una cruzada contra la decadencia de occidente.
     Abandonado por Semenov y temeroso de que el recelo y desconfianza de los generales blancos hicieran peligrar su vida, abandonó el frente dirigiéndose hacia el este, comenzando allí a reclutar un ejercito de rusos renegados, cosacos, mongoles, buriatos y tibetanos. Su desvarío le había hecho decidir la  conquista de Mongolia, aprovechando el rechazo de los mongoles a la dominación china y  colocando para ello un hombre títere en el trono: Boghd Khan,  un rey-buda expulsado por los chinos del trono
     El barón, al que ya se le conocía como el Dios de la Guerra,  se hizo rodear de un grupo de elegidos, una especie de guardia pretoriana formada por tibetanos. Uno o dos centenares de hombres entre los que fomentó una especie de alianza tantrica (tradición espiritual que consiste en apartarse de los estímulos que activan el deseo, aunque como se ve, la forma de conseguirlo era bastante lasa en los hombres del Barón); comían y bebían en común y gozaban de una serie de privilegios respecto a los demás. Podían beber cuanto quisieran y utilizar cuantas drogas pudieran asimilar, eso sí, debían mantenerse célibes. Tenía también dos ayudantes que, junto al propio Barón,  tienen el dudoso  honor de acompañarle en la historia universal de la infamia, uno al que llamaban “tetera” porque decía haber olvidado su nombre y era muy aficionado al té, y otro el coronel Sepailoff.

Boghd Khan, el rey-Buda instalado por el barón en Urga.  1869-1924
Boghd Khan . 1869-1924
     Estas estepas tienen una particularidad, han sido el origen de los pueblos más salvajes de la tierra. Todas las grandes invasiones que ha sufrido Europa y Asia se han fraguado bajo un cielo que a decir de los viajeros parece una tapadera. Quizás es que la extrema pobreza de estos lugares, el carácter nómada de sus habitantes que no pasan mucho tiempo en el mismo lugar, pueden haber  forjado una naturaleza impávida y hasta cruel: la debilidad no tiene cabida aquí. 
     Mongolia a principios del siglo XX sólo tenía tres ciudades Urga, Uliassutai y Ulankom . Urga era la capital. Pasear por sus calles era un viaje a la Edad Media. Según descripciones de los pocos viajeros occidentales que allí llegaron, era peligroso deambular por sus callejas ocupadas por infinidad de perros asilvestrados que no dudaban en atacar. Era preciso  ir provisto de un bastón con pinchos para espantarlos. Los cadáveres no se enterraban y eran dejados por sus familiares durante la noche en las calles para que los perros los devorasen. Un cadáver sin tocar por los perros era considerado de muy mala suerte y los familiares del muerto podían ser acusados de propagar la disentería y ser enjaulados por ello.  Aunque debería decir mas bien encajonados, porque las celdas en Urga eran cajas de madera de menos de un metro de alto. Los presos no podían permanecer completamente de pies ni tumbados del todo. Imaginad ese suplicio. Además no eran alimentados, por lo que su supervivencia dependía de sus familiares, y caso de no tenerlos, de la caridad pública que en estas tierras no era frecuente.
Foto con las supuestas atrocidades cometidas por  la división de caballería del barón Ungern Sternber
Foto con las supuestas atrocidades cometidas por  la división de caballería del barón Ungern Sternber
      Urga sería probablemente uno de los peores sitios del mundo, y con lo que se le avecinaba no iba a mejorar en nada. Cuando el barón llegó a esta ciudad se encontró con un dotación militar china bastante superior a las fuerzas de las que disponía. Llegaba precedido por su fama de sanguinario. Fomentando los bulos sobre su forma de encarar el combate, impávido frente a las balas, reacio a buscar refugio alguno, sujetando su taza de té y cubierto con un gabán con el que habitualmente se cubría y que creía que le paraba las balas.  
      Sabedor de que los chinos eran bastante supersticiosos y que el espíritu militar de la guarnición dejaba bastante que desear, mandó prender centenares de hogueras en torno a la ciudad para hacer creer a estos que su ejercito era bastante más numeroso. Cosa que consiguió, porque buena parte de la guarnición abandonó sus puestos y huyó al desierto de Gobi (durante años se encontraron miles de huesos en este hervidero como testimonio del fatal destino de los soldados huidos). Esta circunstancia la aprovecharon las fuerzas del barón que entraron en la ciudad, a pesar de la desesperada defensa de los chinos.
     Lo que acaeció en Urga durante los tres días siguientes debió de ser algo así como una pesadilla infernal. Todos los judios fueron muertos después de ser salvajemente torturados, así como los soldados chinos. Las mujeres  se entregaban voluntariamente, confiando en que esto salvaría las vidas de sus maridos o de sus hijos pero de poco les sirvió. Aquellos de entre los hombres del barón que habían decidido permanecer célibes, sabedores de que su promesa solo tenia vigencia en vida, daban a elegir a sus victimas entre la tortura o el suicidio y como quiera que la primera ofrecía muchas horas de sufrimiento las infelices encontraban una liberación inmolándose.
     El barón decidió poner freno a esta orgía de violencia y depravación a los tres días, imponiendo una calma que, como se vera, era solo ficticia porque la arbitrariedad de aquel grupo de iluminados no podía quedar sujeta a regla ni derecho alguno. Entronizó a  un sifilítico rey-Buda; Boghd Khan, tal y como se había propuesto con el fin de ganarse las simpatías de los mongoles.  Y como alcalde de Urga al carnicero de Sepailoff, un hombre al que los bolcheviques habían encarcelado y a cuya familia ejecutaron al ponerse este en fuga. Se especializó en la captura de todos los sospechosos de simpatizar con los comunistas y a los que no mataba a palos los hacia encerrar en los cajones. El otro, al que llamaban “tetera” se ocupaba de seleccionar –es una forma de hablar- entre los mongoles a los hombres de confianza, los sentaba frente a él invitándoles a una taza de té y acto seguido, tras colocarse a su espalda, los estrangulaba. No había ningún motivo, ni razón, ni siquiera una deliberada política de terror, sólo la satisfacción de los impulsos más abyectos de una persona.
Tropas chinas en Urda. 1921
Tropas chinas en Urda. 1921
     El orden público se mantenía de una forma expeditiva, el propio Barón se ocupaba del juicio y la sentencia; por robar unas botellas de licor se hacia colgar a los ladrones a la puerta de la tienda donde habían cometido el delito. Ante las protestas del comerciante porque esta disposición de los cadáveres haría que nadie entrara en la tienda, se colgaba también al comerciante por incitar a la desobediencia. Un viajero polaco refiere que el Barón se desplazaba en una yurta y la mera presencia del carruaje era inquietante para los civiles y sus propios hombres sobre los que ejercía una feroz disciplina. Cualquier falta era sancionada con 20 azotes no siendo infrecuentes que estos llegaran hasta la muerte cuando la sanción era más severa. Ante una epidemia de disentería que estaba causando muchas bajas entre sus hombres, ordenó a un médico que envenenara el rancho del hospital, lo que hizo que el resto de su tropa aguantara las fiebres en sus puestos antes que correr el riesgo de perecer allá donde supuestamente debían sanarles. Los problemas de la hacienda se solucionaban vendiendo la libertad de los muchos presos que penaban en las cajas, sus familiares debían de comprar su excarcelación, pero esto no era garantía alguna de que no volvieran a ser encarcelados acto seguido.
     La inicial simpatía de los mongoles se torno en odio ante tanta arbitrariedad. La presión de los bolcheviques, que enviaron un importante destacamento militar y los chinos por su retaguardia, hicieron el resto. El propio rey-buda, pese al avanzado estado de su enfermedad, pidió ayuda a los soviets. Sus propios hombres lo abandonaron intuyendo el ocaso final, no sin antes disparar ráfagas de ametralladora hacia la tienda donde descansaba el Barón que, herido en una escaramuza, resultó ileso de este intento. Apresado por los rusos se le dio la oportunidad de defenderse, cosa que hizo sin arrepentirse de nada de lo que había hecho. Reafirmándose  en sus ideas antisemitas y despreciando al comunismo internacional que sostenía había tenido su origen 3000 años antes, en Babilonia. Condenado a muerte fue ejecutado no sin antes tragarse un crucifijo para evitar que cayera en poder de los bolcheviques. En Mongolia la huella de su paso quedó marcada como la del Dios de la Guerra

Biblio:
  • Bestias, hombres y dioses. Ferdinand Ossendowski. Existe un versión en PDF fácilmente accesible
  • El Barón loco. Julius Evola. "Ultimi Escritti" 1973.
  • Ther Bloody white Baron. James Palmer. "El último Khan de Mongolia".
  • Propios.