Honra. Honor. Duelos y juicios de Dios . ( I )







Dicen que el primer duelo de la historia fue el que entablaron Caín y Abel, pero no es verdad, este fue un mero asesinato en el que Caín le abrió la cabeza a su hermano Abel con una quijada (La Biblia es siempre tan sutil). El duelo requiere algo de lo que la mayoría de los crímenes carece por razones obvias. Primero,  publicidad; hasta bien avanzado el siglo XIX los periódicos se utilizaban como tablón de anuncios en el que se reseñaban, los duelos previstos. Después, un ritual; una especie de libro de instrucciones o protocolo en el que se mencionaban con prolijos pormenores los detalles del duelo, la forma de “bien matarse”, más o menos. Empezamos un viaje por la honra y el honor, los duelos y los juicios de Dios que esperamos os guste.

     Aristóteles, ese hombre con un espíritu inmenso y unas piernas frágiles, ya se ocupó del honor, lo consideraba una virtud, pensaba que se podía vivir más tiempo sin agua que careciendo de él. Nosotros lo vemos más bien como una operación bancaria, como un crédito, el préstamo que se te cede de forma vitalicia y del cual vives. Si gastas ese crédito y no lo pagas, adiós tu respetabilidad, socialmente no serás nada. Para algunos este exilio es peor que la muerte, y por eso no dudan en defender su honor con una vehemencia e intensidad que hoy en día se suele dirimir en los tribunales. En estos, el derecho al honor y a la propia imagen, son faltas poco menos que convivenciales, pero que no hace mucho tiempo, bastante menos de un siglo (bastante menos, en efecto, en 1992 se derogó la ley de duelos en Uruguay), exigía un lance que iba tan lejos como la gravedad de la ofensa recibida (y ya veremos cuan quisquillosos eran). A veces, el duelo se resolvía con un simple arañazo, otras, sólo la muerte acallaba el furor causado por la afrenta.

Egipcios combatiendo con sables
Esta imagen tiene casi 3.500 años. Dos egipcios aparentemente combatiendo con sables

    El honor se pierde en los albores de nuestra civilización. Al honor, al menos hasta el fin de la Republica, los romanos le tributaron una devoción que iba más allá de la integridad moral de quien lo ejercía. Impresiona aún hoy el loco y límite coraje de un personaje a medio camino entre la leyenda y la realidad, Régulo, un modelo de virtud romana. Vemos a este hombre retornando voluntariamente a su prisión de Cartago donde le esperaba la muerte. Cartago lo había excarcelado sólo con el fin de intentar convencer al Senado de Roma de las bondades de un tratado con lac ciudad púnica, un tratado acerca del cual el mismo Régulo tenia severas dudas. Logró convencer al Senado de su parecer como patriota, por lo que el tratado no se suscribió haciendo así su muerte segura si regresaba a Cartago. Aun así, y deudor de la palabra dada a sus carceleros, no hizo lo que el instinto de supervivencia le marcaba, regresó a buscar su destino que, como se ve, no era nada placentero ya que en Cartago le esperaba la muerte. 


     La historia, real o ficticia, de la antigüedad clásica, está llena de hitos de esta naturaleza en los que el honor, muy ligado al valor, empuja a los hombres a situaciones que requieren una determinación titánica, y que no derivan hacia duelos personales, salvo contadas excepciones. Y entre ellas, las que refiere Tito Livio, un romano que gustaba historiar las conquistas de sus paisanos y que ya hablaba de los duelos entre celtíberos por deudas no satisfechas. Los pueblos germánicos, donde al parecer tiene su origen el duelo, muy supersticiosos y en permanente contencioso con sus vecinos, solían secuestrar guerreros enemigos para enfrentarlos con los propios, dependiendo la campaña de la suerte de esos lances. Los romanos preferían derivar estos conflictos personales a conflagraciones civiles, Mario y Sila, Cesar y Pompeyo, Marco Antonio y Octavio, etc.

     Parece ser que los historiadores coinciden en señalar el año 501 de nuestra era como la fecha en la que tomaron carta de naturaleza las lides personales. Y lo hicieron con capacidad probatoria, es decir, del resultado de ese duelo se podía inferir la inocencia o culpabilidad de una persona.
 
duelo entre dos mujeres australianas
El duelo no es exclusivo de Occidente. Esta imagen muestra una disputa "a palos" entre dos mujeres en Africa.

     Con el cristianismo, el juez último de estas lides acaba por remitir a la providencia divina.  La Iglesia terminó por oponerse a este tipo de ordalías o juicios de Dios por razones más que obvias, ya que, con frecuencia, el resultado de estas disputas no convenía estratégicamente a la institución. El arrianismo, una deriva herética del cristianismo en la primitiva monarquía visigoda de la Península Ibérica, presentó un severo conflicto con la doctrina oficial; tal es así que el rey Leovigildo envió a la ciudad de Mérida al obispo Sunna, decidido arriano, con el propósito de liberar a la ciudad del magisterio católico de Másona, un prestigioso Príncipe de la Iglesia. Se estableció entre ambos una disputa dialéctica, atípica ordalía para la época, quedando el veredicto asignado a un tribunal elegido por el propio Rey, lo que ya de por sí relativizaba la supuesta neutralidad del mismo. Pero tal fue el rigor y brillantez de Másona, que ni los propios servidores de Leovigildo se atrevieron a dudar de su superioridad, declarandolo vencedor de este curioso duelo. Otro tenor tuvo el juicio que se celebró en la ciudad de Toledo en el que se dirimía el tipo de liturgia religiosa con que se debía oficiar la santa misa en la España cristiana; bien la oficial, sostenida por Roma o la versión mozárabe de San Isidoro. A tal efecto, se contrataron sendos paladines con el fin de establecer juicio de Dios, resultando vencedor aquel que defendía la opción local o mozárabe. Cosa al parecer que no agrado a Roma que se las ingenió para modificar el resultado del juicio a su conveniencia.    

    Estos concursos trucados tenían ya entonces cierta carta de naturaleza en el antiguo Israel. Aquí una versión local de los juicios de Dios era aquel que, con el fin de demostrar la inocencia de una mujer acusada de adultera, se la hacía ingerir un veneno, si sobrevivía era inocente. Si no, lo que era más que probable debido a la alta toxicidad del producto, se verificaba la voluntad de Dios. La ordalía tenía un pequeño matiz, cuando la acusada destacaba por su belleza, antes de proporcionarle el tóxico, se le facilitaba un producto que lo neutralizaba en parte, por lo que sus probabilidades de supervivencia eran mayores. ¡La belleza es siempre un plus! (podéis leer otros juicios de Dios en los que se usa el veneno en nuestra serie Veneno)

     Otros juicios de Dios no precisaban de paladín alguno. Se suponía que el favor divino protegería al inocente de cualquier mal y en caso de producirse este, sería leve y sanaría con rapidez. Coger con la mano desnuda una moneda dispuesta dentro de un recipiente con agua hirviendo sin sufrir daño, soportar la marca de un hierro al rojo en el brazo sin causar infección, sumergir al sujeto en agua helada sin que este se pusiera azul, y otros refinamientos por el estilo, constituían las difíciles pruebas a las que era sometido un sospechoso para obtener el favor divino. Como se verá, un juicio de esta naturaleza tenia bastantes probabilidades de causar graves lesiones, cuando no la muerte, a aquel que se sometiera a él.

     Claro que, con el fin de evitar estas pruebas mayúsculas o establecer un combate desigual, se podían comprar los carísimos servicios de un paladín, un mercenario que sostuviera, por dinero, el parecer de una de las partes en litigio. En este caso, tanto acusado como acusador, deberían de aguardar en una estancia cerrada y próxima al lugar donde se dirimiera su causa. Amarradas sus manos y abrazados sus cuellos por una soga. Atormentados por la ansiedad y la incertidumbre del combate. Sudando sangre de angustia por que ... ¡Ay de él! si su paladín era derrotado........ Aunque esto lo veremos en la siguiente entrada.





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