LA SIESTA. Elogio y gloria de una sana costumbre española. Historia social de la cama




 LA SIESTA, PREJUICIO O PLACER


        Aunque solo el 18 por ciento de la población española practica a diario la siesta, mayoritariamente ancianos, aún hay quien piensa que el país se detiene entre los dos y las seis de la tarde. Curiosamente esta hora: las seis, establece según la mayoría de las fuentes, el origen de la voz siesta, pues era la hora sexta, el momento de mayor temperatura en los días de verano,  cuando los romanos resolvían tomarse un respiro.

         El descanso es el principal compromiso del lecho con nuestra naturaleza. A lo largo de la historia ha existido una conflictiva convivencia entre el sueño, tenido como una necesidad fisiológica, y el sueño como pasión incontinente que domina la naturaleza de las personas, abocándolas a la apatía y la desolación moral. La cama adquiere un estatuto distorsionador convirtiéndose en el soporte de comportamientos socialmente censurables; pereza, molicie e indolencia acompañan a aquel que abusa de la cama. Un aspecto hasta hace bien poco denostable y que contribuía a alimentar ideas preestablecidas sobre ciertas costumbres contrarias a los valores de la ética burguesa, es aquella que hacía referencia a la siesta como elemento contaminante en la diligencia de los pueblos. Se entiende por siesta aquel descanso que, en determinadas culturas, establece una pausa en periodos diurnos tenidos como activos y cuyos beneficios en la salud se tienen hoy adecuadamente explicitados , pero que en su momento sirvieron para prejuzgar comportamientos ociosos. La siesta no ha tenido buena prensa a lo largo de la historia, sobre todo porque era la consecuencia lógica de una vida cargada de excesos, los grandes comedores afrontaban la siesta como un segundo descanso del día. Chandragupta (340-293 a.C.), del que hace poco hemos hablado y que fue uno de los grandes monarcas de la antigua India, decía que un rey jamás debía de dormir la siesta porque, en general, el sueño era una pérdida de tiempo. La siesta llegó a ser tenida como una enfermedad, al menos este es el tenor de las cartas de un ilustrado argentino cuando se refería a las prolongadas siestas coloniales de hasta cinco horas en el interior del país, que a su juicio eran símbolo de atraso y manifestación de muerte . Incluso hay personajes que en nada desdicen el carácter propio de la siesta como expresión de la indolencia máxima, que es en este caso la abulia eslava de Oblómov (1) , que aún permanece en bata a las doce del mediodía. Sus mejores recuerdos giran en torno a las tardes de siesta de su infancia en las que toda Rusia: señores y campesinos, quedaban aletargados por la siesta del verano. Alemania y otros países del norte de Europa, rendidos ante las virtudes de la ética del trabajo, han sido tradicionalmente muy críticos con su práctica y señalan explícitamente esta costumbre como una frivolidad propia de países hedónicos, como los mediterráneos, y ello contra toda evidencia, pues las estadísticas sugieren que son los países del norte de Europa, alemanes entre ellos, los que más horas del día dedican al descanso. La ecuación entre siesta y laboriosidad quedó seriamente cuestionada cuando una cultura como la japonesa, que ha hecho del trabajo una religión, empezó a adoptar sutiles aproximaciones al descanso diurno. De hecho, esta pausa que el japonés se toma en su dura jornada laboral está guionizada, como buena parte del comportamiento social nipón. Recibe el nombre propio de inemuri y su significado tiene más que ver con: sueño ligero o dormir vigilante. Japón es un país con un déficit de sueño importante, largas jornadas laborales y actividad social intensa tras las mismas, restan horas de sueño, lo que convierte al país, junto a Corea, en el más insomne del planeta. Esto quiebra frecuentemente la resistencia y empuja al japonés a imponerse un receso en su actividad. El inemuri no suele durar más de media hora y se suele practicar en lugares públicos como los transportes, parques e incluso en el mismo puesto de trabajo. El inemuri no acarrea sanción social ni reprobación alguna, es más, prestigia a quien lo practica, porque expresa el alcance de su compromiso con el sistema ya que apunta a un sujeto que ha llegado a tal punto de agotamiento que precisa tomarse una pausa. En un pueblo que vive para los demás, el inemuri es una forma elíptica de mostrar sus virtudes sin forzar la modestia, tenida también como otro admirable valor social. Otro recinto territorial en el que la siesta ha recuperado el crepuscular renombre que tuvo en los Estados del Sur, son los Estados Unidos, donde desde 1999 se celebra el National Napping Day, o día de la siesta, cuyos promotores intentan recuperar el prestigio de un hábito que, tomado con moderación, proporciona buenos resultados para la salud, de hecho casi el 25% de los trabajadores americanos confiesa practicarla a diario. Winston Churchill gestionó la defensa de Inglaterra en la II Guerra Mundial sin privarse de una reparadora siesta, denostando con su costumbre un prejuicio arcaico que les hizo  ignorar este gozoso episodio de ensoñación, replanteándose sus inhibiciones culturales  y mostrándose permeables a su ejercicio. España puede haber sido el país que inventó la siesta y ha sufrido por ello importantes denuestos , pero ya se sabe que la venganza se sirve en frío y el tiempo nos ha dado la razón. Bien cierto que su ejercicio debe evitar el abuso patológico al que invitaba Camilo José Cela (1916-2002), que decía tomarla provisto de orinal y pijama. Tanto su práctica como las llamadas a la moderación debían de ser muy antiguas, pues Don Juan Manuel (1282-1348), por cuyas venas corría la sangre real(2), pero que encontró en la literatura su medio de expresión, aceptaba a regañadientes la siesta, pues robaba horas al sueño y solo la daba por buena si se ejercía con tiento. Del mismo tenor parecen ser las directrices marcadas por las reglas monásticas de San Benito que, en su extremo rigor, concedían a los monjes la posibilidad de un pequeño descanso al mediodía, destinado a aliviar el peso somnoliento de los grandes madrugones. Existía hasta una forma de preparar la cama para la siesta, se llamaba levantar la cama, era un adecentamiento menor que el destinado al sueño nocturno y que aparece referido en la literatura costumbrista de finales del XIX en España. Destacados prohombres se rindieron ante los placeres de este descanso robado al día: Salvador Dalí, T. Alba Edison y Leonardo Da Vinci, por ejemplo.
      


(1) Oblómov (1859)  Iván A. Goncharov.
(2) Era sobrino de Alfonso X el sabio  


Este texto pertenece  a la obra «Historia social de la cama» de próxima aparición y posee registro de la propiedad intelectual. De emplearse, tengan la bondad de citar origen.