Esparta. Usos y costumbres de este pueblo


En Grecia encontramos el patrón de sociedad recia y disciplinada en el caso de Esparta  la cual, incluso desarmada de recursos intelectuales por voluntad propia  y para rehuir tentaciones autocráticas, escapa del modelo orientalizante de déspota pues si bien presenta una suerte de monarquía, esta, es bicéfala con el fin de soslayar cualquier tentación autoritaria. Bien es verdad que los Lacedemonios tampoco lo precisan tan conscientes de las bondades de una sociedad homogénea, esforzada y disciplinada que confía a  su aristocracia; los guerreros, el mantenimiento de su pureza e identidad. Agesilao, uno de los más notables reyes de Esparta, nació pobre, vivió pobre y murió pobre. Vivió eso sí muchos años, los suficientes como para que a la amarga vejez le acompañara otra no menor aflicción; la de la decadencia definitiva de Esparta, derrotada y carente de hombres con que defenderla.  Disfruto de las cosas mas sencillas de la vida y eludió cualquier lujo.     
      Agesilao estaba asistido por el espíritu espartano que prohibía a los jóvenes el uso del calzado hasta que no fueran mayores de edad  y que, por supuesto, proscribía el perfume incluso entre las mujeres. Tampoco aceptaba los baños en agua templada tan en boga en el resto de Grecia, limitando sus abluciones a las heladas aguas del río Eurotas, pensaba que el frío no solo tonificaba los cuerpos sino que además fortalecía el carácter. En Esparta las mujeres se  afeitaban la cabeza y se travestían en varones la noche de bodas y ello, decían, con el fin de facilitar a su marido el tránsito entre la intimidad,  reservada a los de su propio sexo antes del matrimonio,  y la necesidad de mantener unas relaciones físicas que les permitieran  pervivir como pueblo.. Sin embargo, sus mujeres, eran las más apreciadas por las atenienses como nodrizas para sus vástagos, y ello era debido a la calidad de su leche. Esparta también era en extremo cuidadosa con los guerreros muertos en tierras lejanas. Repatriar un cadáver exigía no pocos inconvenientes pues los medios eran bastantes limitados y lentos. El cuerpo de del rey Agesilao y el de otros muchos espartanos yacía en la costa Libia en el año 360 a C. Estima Plutarco en su vida de Agesilao que éste fue embalsamado en miel, mientras que muchos de sus hombres debieron de conformarse con ser cubiertos de cera fundida debido a que no había suficiente miel para todos. Herodoto decía que esta costumbre, la de embalsamar los cadáveres con miel, era habitual en Mesopotamia. Un versión apócrifa del funeral de Alejandro Magno, lo hace embalsamado en esta sustancia
     Aristoteles pensaba que esa naturaleza guerrera de los espartanos era debida, en buena medida, a la autoridad que las mujeres laconias ejercían sobre los varones. A los siete años estas se desprendían de sus hijos y los entregaban al Estado para que este se encargara de formarles, sus madres les habían procurado hasta ese momento  unos cuidados naturales que incluían el lavado con agua fría durante el invierno, una alimentación parca y un vestido escueto . Solo en torno a los treinta años quedaban dispensados de su servicio al Estado y podían formar una familia teniendo en cuenta que las mujeres de Esparta había compartido con ellos los juegos hasta la pubertad, por lo que su formación física era admirable en comparación con otras mujeres griegas sometidas al riguroso monacato del gineceo que las mantenía retiradas de la vida publica. Una mujer espartana solía procurarse una indumentaria muy sencilla, a veces apenas servía para cubrir su cuerpo. Ahora bien esta desnudez no  se traducía necesariamente en liberalidad sexual alguna y pese a que la fidelidad no era un bien sí mismo, con frecuentes licencias sexuales habida cuenta las prolongadas ausencias del marido, el ejercicio junto al somero abrigo de los cuerpos formaba a las espartanas como las mas  robustas de toda Grecia. Tal es así que Gorgo, la esposa de Leónidas el héroe de las Termopilas, interpelada en una ocasión por una extranjera la cual sostenía que sólo las laconias mandaban sobre los hombres, replicó que en efecto era así, porque sólo las espartanas parían hombres
     Aristofanes en una de sus mas famosas comedias pedagógicas, Lisistrata, nos ofrece entre otros detalles, la peculiar modelización de la mujer espartana. Se trata de un dialogo entre Lisistrata y su socia espartana Lampito, en el que la primera saluda a su aliada en estos términos gráficos en cuanto su fortaleza: «Hola querida laconiana ¿Cómo estas, Lampito? Qué buen color. Qué cuerpo tan vigoroso. Podrías estrangular a un toro» Parece que las mujeres de Esparta quedaban, liberadas de las tareas domesticas por sus esclavas y se dedicaban a la práctica de la música, la poesía y los ejercicios gimnásticos, disponiendo de una gran libertad derivada en parte de la permanente dedicación de sus maridos a la milicia. Su única responsabilidad venía marcada por la gestación de hijos sanos, capaces de ser socialmente aceptados por el consejo de ancianos. Existía una preocupación real sobre las cualidades de los futuros espartanos y el controvertido apartado eugenésico no solo se limitaba al sacrificio de las criaturas mas débiles si no que incluso llegaba a seleccionarse la calidad de los progenitores,  tal es así que a decir de Plutarco no era infrecuente que el marido anciano consintiera que un varón mas joven preñara a su esposa con el fin de garantizarse una descendencia mas sana y fuerte. 

Topografía de la Ciudad de Esparta. 

     Precisamente son las mujeres las que observan una decidida implicación con el sistema espartano, Plutarco, que no puede ocultar su admiración por los laconios,  considera el episodio de una mujer espartana levantándose las faldas para que un soldado que retrocede se refugie allí de donde había salido.  Otro eco de parecida sustancia es el que alude al ritual del matrimonio que pasaba por simular mas bien un rapto y en el que la novia era rapada al cero, vestida como un muchacho y se la encerraba en una habitación a oscuras. El novio   que había comido con sus compañeros penetraba en la habitación y tras retirarla el cinturón y la ropa la llevaba a la cama, una vez concluido su fugaz encuentro éste retornaba con aquellos. Por lo demás la  gerontocrácia  establecía el verdadero poder en Esparta pese a que la figura del monarca [una doble monarquía para ser mas preciso] no es extraña a Lacedemonia. 
     Esta sociedad militarizada rendía culto a todas aquellas habilidades que un sistema jerarquizada hace pasar por virtudes, disciplina, valor, obediencia, lealtad con el grupo, templanza y sobriedad a los que incorpora un absoluto respeto por la ancianidad y una prevalencia publica del género femenino inusual en el resto de Grecia. Pero esta presencia pública de las mujeres no se traducía en instituciones paralelos mas acomodaticios en los que la fibrosa estructura del estado espartano se dulcificara, no era el caso,  las inflexible legislación establecida por el padre legislativo de Esparta, Licurgo[ de haber existido Licurgo lo habría hecho entre el generoso rango temporal del IX al VII a C], se mantuvo firme, incluso con el genero femenino,  mientras que la superioridad del ejercito profesional de Esparta impuso la eficacia de  su disciplina en toda Grecia. EL nivel de compromiso de los espartanos con el grupo hay probablemente que buscarlo en vinculaciones de naturaleza afectiva tanto como disciplinaria. Solo el conocido como batallón sagrado de Tebas cuyos miembros mantenían entre sí una relación de tipo sentimental lo que  ayudaba a garantizar su eficacia militar, es similar al de los espartitas
     Una sociedad nivelada de esta naturaleza impregnara cada uno de sus actos y ritos sociales con el sello de su impronta, fue en su momento el ideal de todas las clases aristocráticas griegas,  salpicando con su sencillez y pureza las decadentes  instituciones de las otras polis griegas, Esparta se encontraba en las antípodas de las relamidas y sofisticadas costumbres que afligían a Atenas, Corinto, Tebas o Efeso. El Gobierno ideal era aquel usufructuado por un grupo fuerte y sano, altamente autoexigente en sus valores, y en el que las leyes no se encontraran escritas en los libros si no en cada uno de los ciudadanos de Esparta. A la vista de lo cual no es nada extraño que Esparta no destacara por labor intelectual alguna desconfiando incluso de la palabra escrita. Socrates creía que los espartanos no sabían leer y eludían sobre todo la cultura oratoria, educados a decir mucho con pocas palabras. Es bien ilustrativo el mensaje que los espartanos redactaron tras su derrota naval en Cícico siglo IV a. C y que dice así «naves perdidas. Nuestro almirante ha caído. Pasamos hambre. ¿Qué hacemos?»