VIda cotidiana de las mujeres durante el siglo XVII en España. Usos y costumbres



Sostenía Martin Hume, un hispanista inglés del siglo XIX [the court of Philip IV, cap X] que la mujer en España era el resultado de una reminiscencia del pasado, a medias monja y a medias odalisca. Es una expresión extrema y forzosamente sintética de las peculiaridades del género femenino a lo largo de la historia de nuestro país, al menos la más reciente. En esta entrada y la siguiente nos proponemos un somero paseo por los usos, costumbres y modas de esa parte femenina de nuestra país durante un siglo,  el XVII,  en los que queriendo tocar el cielo, casi acabamos por quemarnos en los infiernos. Siglos de vértigo observando el mundo desde una atalaya endeble: altivez ficticia de los españoles, decía Turquet de Mayerne, bien es verdad que su pluma, protestante, no podía en el XVII decir nada amable de aquellos a los que consideraba sus enemigos. Con razón o sin ella lo cierto es que un río de oro y riquezas pasó bajo nuestros pies y cuando nos quisimos dar cuenta habíamos llenado Europa de riquezas ultramarinas y para nosotros solo habíamos guardado la honra, la fe y una suerte de displicencia física y mental. A esta última algunos la llaman fatalismo, nosotros sostenemos que era pura molicie, uno de los grandes defectos de la nación [aunque confiamos que en vías de extinción]. Este paisaje de vaciamiento material y humano del país se observa por ejemplo en la obra de  Juan de Zabaleta, un costumbrista español del siglo XVII. En "El día de fiesta por la mañana y por la tarde", ofrece un intenso esbozo de una jornada femenina de un domingo por la tarde de la España barroca en el que se pintan varios personajes entre los que destaca una mujer de cierta edad que aguarda el regreso de su marido de Las Indias. Una de sus amigas es una  viuda de  mala salud, que se presenta haciendo gala de su quebradiza naturaleza. Luce en un alarde de caduca coquetería dos parchecitos negros sobre las sienes, y nunca besa a sus conocidas por temor a descomponer el aparatoso maquillaje del que van provistas.   Luego se presenta una anciana acompañada por su hija, esta joven es consumidora de bucaras y tierra, está opilada y presenta mal aspecto. Luego otra casada con un hombre de posibles pero modesto, orgullosa y vana como pocas.  Las visitas entre mujeres, vista las muchas limitaciones que la sociedad las impone,  son de especial interés  histórico y está sometida a un ritual muy particular. Las mujeres, si eran decentes vivían en un mundo restringido el rezo, las relaciones con otras mujeres, y la reclusión en su casa. Sus salidas estaban limitadas a encuentros con otras de su sexo, su lectura al devocionario, su gusto a la murmuración, los chismes y el lujo sin depurar lo que le hace ostentoso y ordinario, pero de lo que no se privaban era del galanteo marcado por su talento natural aunque no excesivamente cultivado de las españolas, y por supuesto con tendencia a la desmesura.

Marquesa de Santa Cruz. Juan Carreño de Miranda.

     Solo se visitaba a las amigas y ello  previa invitación. Tratábase por lo general de un día festivo por la tarde, bastante frecuente en el calendario al uso de la época en el que solo los días feriados, restando los domingos, llegaban casi al centenar. Todas las mujeres acudían por separado en litera o en su propia carroza. D'Aulnoy [madame D'Aulnoy, baronesa. Autora de relato del viaje a España]  sostenía haber visto  una comitiva de más de cincuenta carruajes que se desplazaban desde el domicilio de la duquesa de Uceda a  la de los duques de Frias. Pero D'Aulnoy suele exagerar, aunque se espanta del aspecto encanallado de muchos de los porteadores de estas sillas de mano, rasurada su cabeza excepción de una mata de cabello en la parte superior, desaseados y chulescos cuando no directamente malandrines.   En cuanto a la sillas de manos no eran habitual apearse mas que en la antesala del domicilio, es por esto por lo que los peldaños de muchas casas nobles era anchos en extremo y de poca alzada con el fin de que los criados pudieran apurarlos de forma cómoda. Una vez hecho esto las damas despedían a su servidumbre hasta una hora convenida en la que debían volver a recogerlas. La señora de la casa habían dispuesto con el fin de recibir a sus amigas, un estrado o tarima, en los casos de extrema familiaridad las recibían en sus propias alcobas sobre el llamado estrado de cariño. No se besaban quizá con el fin de evitar desbaratar las múltiples capas de maquillaje de las que iban provistas y se ofrecen las manos sin guante. Cada una de las visitas se anuncia  por medio  de un servidor, con frecuencia enanos que están obligados a hincar la rodilla en tierra, lo que supone un tremendo esfuerzo  cuando las visitas son muy numerosas. Muchos viajeros se extrañan del desdén de las mujeres españolas por las sillas y los sillones.  El señor se sentaba  a la mesa con sus amigos y las mujeres y los niños en el suelo sobre almohadones. Ni la Reina ni las Infantas comían sentadas hasta que la influencia francesa desterró la costumbre de comer a la morisca. Este uso se interpreta como una herencia arabe que ya encontramos presente incluso en el lejano reinado de Alfonso X.
     Nos llama la atención el consumo de tierra entre las jóvenes más pudientes. Es un hecho constatado por numerosos viajeros extranjeros. José Deleito y Piñuelas ya lo refiere con frecuencia en su radiografía de la época. Sostiene que mascaban tierra o barro que suele dejar sus estómagos y vientres hinchados y duros, la piel amarilla, opilamiento se decía. D'Aulnoy  mantenía que uno de los regalos mas apetecidos era el de los búcaros, o barros como ellas decían. De hecho los confesores les ponían como penitencia la prohibición absoluta de tomar barros o tierra sigelada, como se la denominaba. Quevedo tan misógino como admirador de la mujeres, y fustradísimo galán, conviene decirlo, escribió un madrigal de titulo A una moza hermosa que comía barro. Esta geofagia, pues ese es su nombre científico, no es un  habito tan descabellado toda vez que incluso en la actualidad, el consumo de arcilla es utilizado como eficaz, aunque cuestionado,  adelgazante [vease esta entrada] El diseño físico de la época parecía corresponder al de una mujer delgadísima, tan cerúlea de piel que pareciera enferma, supresión de los atributos propios de su sexo, cual fuera el abultamiento de sus pechos que intentaban empequeñecer hasta la irrelevancia utilizando incluso planchas de plomo en la adolescencia y rígidos corsés en la juventud,  así como un uso desproporcionado y grotesco de pintura en el se llegaban a pintar las palmas de las manos y el lóbulo de las orejas, una vez por la mañana y otra por la tarde. Los códigos de belleza femenina en esto sentido iban en dirección opuesta a la de Francia y Venecia en las que las damas solían utilizar todas las triquiñuelas posibles, pero en esto caso para incrementar el tamaño de sus pechos. Otra elemento consustancial a la época es el guardainfantes,  se desconoce si dicha denominación  se inspira en la necesaria discreción con la de debían cursar ciertos embarazos bien por no ser deseados bien por evitar anuncios precipitados por razones de estado, su amplitud permitía mantener a distancia con lo que se aseguraba que no recibía ningún golpe en el vientre. Algún autor, aunque no muy bien intencionado, remonta los orígenes de esta prenda al reinado de Enrique IV cuya preciosa mujer Juana de Avis, Juana de Portugal,  pretendía ocultar las consecuencias de sus infidelidades con dicha prenda.  Todos los vestidos femeninos ocultaban los pies, menos el guardapiés que en contra de lo que puede parecer los dejaba al descubierto. lo que parecía una afrenta al decoro pues mostrar, aunque solo fuera la punta de los zapatos, era ya una invitación procaz.
     Gusto por el teñido del cabello a rubio, lo cual no es nada extraño en la época, la ciudad de Venecia, por ejemplo, carecía de dama noble alguna con el pelo negro pues todas iban teñidas. Las mujeres y los llamados lindos tenían una particular querencia por las manos blancas y alargadas. Para reforzar este efecto las mujeres habían ideado dejar cortas las mangas pues así la mano parecía mas larga. Los ojos ideales eran los verdes,  frecuentes en su escasez en la zona meridional como consecuencia de la aportación de esclavos de la Europa oriental [esclavo=eslavo]  y la repoblación que se efectuó tras la Reconquista.
     Pensamos que el gusto lo definen las grandes prendas pero el carácter reside, o tiende a hacerlo,  en los detalles; lo que ahora llamaríamos complementos. Entre las estrafalarias  modas de la época encontramos la presencia de anteojos  por mera satisfacción estética. Al parecer existía un flujo, infantil y noño si cabe, que expresaba cierta desazón por los papeles tradicionalmente asignados a la mujer. Los anteojos permitían asignar un giro de gravedad y pesantez pero no venían acompañados de ninguna disposición intelectual y quedaban reducidos a accesorios frívolos, a veces sin lente alguna. El tamaño de los anteojos era descomunal y se llegaba a dar el caso de que determinadas jóvenes llevaban hasta un par de ellos mostrando así la natural impaciencia de la juventud por adquirir una presencia que solo es el resultado de años de estar en el mundo. También era frecuente el uso de guantes, las clases bajas y criadas los llevaban de piel de perro, pero los mas estimados era los llamados de ámbar gris  por estar estos perfumados con esta sustancia de peculiar aroma. Los guantes perfumados en España tienen una tradición que se remontan casi a la Edad Media donde las damas solían obsequiar a sus caballeros con sendas piezas perfumadas. Estimados en toda Europa, la incuria oficial y cierta impericia en la economía práctica permitieron a Francia dar el «sorpasso» en esta industria artesanal