Historia de la Piel. A modo de introducción.


Luis II de Baviera
Luis II de Baviera

La industria peletera no tiene buena prensa. El comercio con pieles de animales parece un capítulo de la historia de Occidente en vías de extinción. A pesar de ello, y en climas rigurosos, aún podemos contemplar todos los inviernos como muchas mujeres acuden a sus fondos de armario para cubrirse con la piel de un cadáver, pues esto es lo que en realidad utilizan. No se trata solo de mujeres -y hombres - algo entrados en años y a los que esta nueva moral ecológica les pilla con el paso cambiado, sino de mujeres jóvenes que parecen intentar pisar la informalidad de un pantalón vaquero con el toque clásico de una piel. Hemos llegado a pensar que sería obligatorio una especie de curso previo, una visa para llevar pieles, que fuera más allá de las lujosísimas peleterías donde las adquieren; Un tour sobre las espantosas condiciones en las que sobreviven millones de animalitos para satisfacer, a veces, nada más que su muy dudoso gusto por usar prendas obtenidas de esta manera. 
     Así pues, y a la vista de lo referido queda claro cual es nuestra postura sobre la industria de la piel. Ello no obsta para que intentemos abordar la presencia de esta a lo largo de la historia. En otros momentos en los que quizás, los hombres, no podían elegir.
    Algunos peleteros sostienen que su oficio se pierde en la noche de los tiempos y que Adán y Eva, nada mas ser expulsados del Paraíso, se cubrieron con pieles de cabra. Puede que en esto no les falte razón. El uso de las pieles ha sido un recurso habitual de la humanidad para protegerse de las inclemencias del clima. El mismo Adán, en efecto, no pudo abandonar desnudo El Edén; la perdida del favor divino le hizo sentir frío, tal es así que Dios, compadecido de él le entregó una piel para que se protegiera, y también un bastón con el que defenderse de los animales. Al menos así se recoge en la tradición hebrea. Con el tiempo, las pieles, han ido sufriendo hasta un proceso de jerarquización. Algunas se han ennoblecido, otras, no tanto. Desde las modestas pieles de conejo hasta las imperiales y prohibitivas martas cibelinas, cuyo comercio llegó a ser monopolio de la extinta URSS. Las pieles nobles eran exclusivas de determinadas clases sociales, sólo los príncipes y los reyes las podían llevar y no porque su precio fuera prohibitivo, que lo era, sino mas bien porque el plebeyo, el comerciante, el burgués carecían de la dignidad oportuna para llevarlas. El manto que usaba Enrique VIII requirió el uso de 350 pieles de marta cibelina, por ejemplo. La hija de Felipe II, Catalina Micaela, es  conocida como la dama del armiño  -por la piel de este animal  que utilizó para el posado en un cuadro, cuya autoria, se disputan El Greco y   Sofonisba Anguissola-  más que por ser hija de Isabel de Valois y el rey de España.  Murat, Mariscal de Francia, Rey de Nápoles, casado con Carolina, hermana de Napoleón, gustaba de ser retratado luciendo pieles de animales salvajes. Las malas lenguas sostienen que sublimaba en las pieles de aquellos fieros animales sus severas limitaciones como varón. 

Joachim Murat Rey de Napoles. Mariscal con Napoleón. Estaba loco por las pieles
Joachim Murat. Rey de Napoles. Mariscal con Napoleón. Estaba loco por las pieles

     Hubo un tiempo, y no hace mucho, en el que casi todas las mujeres españolas pertenecientes a la naciente clase media; esto es la década de los cincuenta, sesenta y setenta del siglo pasado, sintieron el impulso por poseer un abrigo de pieles para significar así su inequívoca posición. Vista la estatura media de las españolas por estas décadas: uno sesenta, mas o menos, el resultado era absolutamente desalentador; una legión de señoras con abrigos hasta los tobillos, cubiertas de pieles de dudoso origen y peor gusto. Consideraban estas como el producto de máxima exquisitez estética.


Catalina Micaela
Catalina Micaela. En este cuadro de discutida autoría, se le conoce como la dama del armiño.

     Dos mil años antes, el emperador romano Honorio, observaba impotente la decadencia del Imperio  que orillaba la tradicional toga romana para ser sustituida por las pieles, prendas ajenas a la tradición clásica, por eso decidió prohibirlas. Los griegos, en efecto, no las utilizaban y es más, vinculaban su uso con la barbarie y la devastación, haciéndose eco de lo referido por el historiador Herodoto respecto a los escitas, un pueblo que las utilizaba con frecuencia. Los escitas se habían instalado en el Sur de Rusia, mas o menos en la actual Ucrania y desaparecieron sin dejar rastro. Antes, dejaron una historia de destrucción, pavor y espanto por allí donde pasaban. Utilizaban unas pieles de lobo que causaban horror, pues colgaban de ellas sus trofeos de guerra, auténticos cueros cabelludos arrancados a sus victimas. Sus estandartes también eran de piel; piel humana para ser más precisos.
     Las pieles han acompañado a la especie desde el principio de los tiempos. Por eso, la íntima convivencia que han tenido con nosotros, las hacen de alguna manera compañeras de viaje. Para lo bueno y para lo malo este periplo de la piel en el tiempo, es también el merodeo del hombre por el mundo. Continuaremos.

Massiel
Massiel. Una cantante de la década de los sesenta y setenta. Lució este fabuloso abrigo de chinchillas que generó no poco escándalo en su época. Valorado en un millón y medio de pesetas (1969) su precio actual se acercaría a los 700.00 euros. Eso creemos.
Marilyn Monroe Loca también por los abrigos de piel
Marilyn Monroe. Loca también por los abrigos de piel