El primer día de la peste negra en el Continente. Olores e higiene en la Edad Media. Historia del water, el alcantarillado y las toilettes (IV)




La Gran Pandemia. La Peste Negra


 Uno de los  oficios mas contaminantes en las ciudades de la Edad Media era el del carnicero, tanto es así que los miembros del gremio se ganaron su expulsión de las urbes durante el siglo XIV. Así sucedió en París cuyo municipio decidió alejarles del centro, buscando un lugar  bien ventilado, también en Ferrara (Italia) y en Sevilla, por solo mencionar tres lugares. Pero no son los únicos; los curtidores, unos grandes devoradores de agua, necesitan caudalosos cursos de agua para limpiar las pieles, además de hacer un uso intensivo de la química y otros productos estrafalarios: alumbre, boro, estiércol de paloma. Los restos de piel no utilizable y el pelo quedan expuestos a la intemperie y a su subsiguiente pudrición. Otra técnica de alta contaminación era la del almacenamiento de orina rancia para la industria de la lana, y decimos rancia porque solo así era eficaz en el blanqueamiento de los tejidos.

      Como se ve, las calles de una ciudad medieval eran todo un circo de olores, ninguno de ellos agradable. Los tres principios esenciales del agua como elemento inodoro, incoloro e insipido podían perfectamente ser desconocidos para los habitantes de cualquier ciudad . No era lo mismo vivir en la parte alta que en la parte baja de la urbe y por una sencilla razón, cuando llovía todos los lodazales acumulados en la parte alta se deslizaban hacia abajo, acumulándose y remansándose allí para formar  charcas de considerables proporciones. Y este agua traía toda la fetidez de las calles del medievo; orines, heces humanas y animales, sangre de animales sacrificados,  curtidurías, vísceras. Ni siquiera las puertas de las viviendas eran capaces de retener esta avalancha de inmundicias, porque las puertas, dice Sanchez Albornoz [1], podían ser incluso requisadas por la justicia con el fin de reparar determinados pleitos. La presencia de dichas charcas está atestiguada en infinidad de ciudades como Córdoba, LondresParís, Milán. Así como la existencia de innumerables arroyos que, por lo común, eran utilizados como alcantarillas y sobre los que se vertían toda suerte de sustancias de deshecho, y no solamente las domesticas, como es el caso del arroyo Menilmontant en Paris: una verdadera cloaca al aire libre. 

     Las urbes tomaban aguas de los cursos fluviales más próximos y directamente las vertían en las calles o en los campos más próximos confiando en la fuerza de la Naturaleza que filtraba ese líquido para retornarlo, supuestamente puro, otra vez al río.  Dichos cursos de agua a veces quedaban interrumpidos por obstrucción, formando grandes balsas de agua que afectaban a viviendas. Ni siquiera ciudades bien dotadas de redes urbanas de alcantarillado, como es el caso de Toledo, se libraban de desbordamientos de este tipo. La ciudad de Toledo, desde tiempos de los romanos y mejorada por los árabes, disponía de unos canales que discurrían por el centro de sus calles, llamadas madres, y no sin cierta intención, a la que iban a parar el contenido de  numerosas letrinas de la ciudad. Cuando estas se embocaban, dirimir la responsabilidad sobre su limpieza llevaba a la ciudad varios días,  y el resultado de esto era un lodazal de repugnante aroma que cegaba zonas de la urbe. Y menos mal que la ciudad disponía  de una ubicación ideal, encaramada como está en una colina. Otras ciudades como Paris o Londres, destinadas a jugar un papel como metrópolis en un futuro, sufrían como ninguna los males de unas concentraciones humanas que carecían casi por completo de una red cloacal. Londres con 35.000 habitantes disponía sólo de 15 letrinas pegadas al Támesis. París, que ya iba camino de los 150.000 y que  exceptuando el colosalismo de Constantinopla, era la ciudad más grande de Occidente, imponía ya castigos físicos a quien hiciera sus deposiciones en la calle. El rey de las calles de La Edad Media no estaba coronado y era un curioso animal de cuatro patas: el cerdo. Tal es así que en el año 1131, el hijo de Luis VI, Felipe, delfín de Francia, moría tras una terrible caída del caballo provocada por la irrupción de un cerdo delante de su montura. Lo que determinaría la prohibición de dejar vagar libremente a estos animales por las calles de la ciudad

   Refería Enrique de Villena, Maestre de Calatrava y nacido en el siglo XIV, que con el fin de evitar los malos olores y que estos no se fijaran en los vestidos,  siempre era conveniente mantener las distancias con los establos, las carnicerias, las pellejerias y las trestigas (cloacas). Conviene precisar que Enrique de Villena precisaba esta advertencia en un libro de cocina, titulado Arte Cisoria, lo que da fe del riesgo que se asumía ya por el mero hecho de alimentarse. Las intoxicaciones alimenticias eran tan corrientes que incluso coadyuvaron a cierta inmunidad hacía los alimentos en mal estado.  El mismo pan, un alimento que, al menos en Occidente, ha tenido la virtud de saciar el hambre generación tras generación, podía estar perfectamente contaminado de restos biologicos de cerdos y gallinas, aquellos mismos animales de los que disponian los propios panaderos para su autoconsumo. No es extraño que ordenanzas del siglo XV limitan a estos oficios la posesión de determinados animales parasitantes, esto es, aquellos que conviven con el hombre.

La muerte de su hijo, el delfín de Francia, causada por la irrupción de un cerdo bajo las patas de su caballo, determinó a Luis VI a firmar un edicto prohibiendo la libre circulación de estos animales por las calles.


     Y no es que no se haga nada, que se hace, al menos las ciudades se limpian los días de visita del Rey, del Obispo y los de procesión. Desde el siglo XII algunas calles de Paris están empedradas, los vecinos estaban obligados a retirar sus inmundicias y el gremio de carniceros, como ya se ha mencionado, estaba acosado prácticamente en toda Europa, acotando el ejercicio de matarife a zonas alejadas de los centros urbanos. En Paris por ejemplo, se sacrificaban ya 300.000 animales al año y sus entrañas, esqueletos y vísceras incomestibles se corrompían por las calles, arroyos y bosques sin que nadie se ocupara de retirarlos. Nadie establece relación alguna entre suciedad y enfermedad  pese al cólera, el tifus y un ciento de enfermedades más, y eso que les queda lo peor. Todos los productos de desecho, todo el lodo de las calles, todo acaba en las aguas de los ríos urbanos. En el siglo XII las aguas del Tamesis ya estaban contaminadas y en el XIII fue preciso aportar agua de afluentes menores para beber. Del 1363 datan las primeras cloacas de Barcelona y la ciudad de Murcia puede que fuera la mejor dotada de alcantarillas de todas las ciudades de La Península, aunque con el tiempo la mayoría de ellas quedara fuera de uso. 

      Y todo esto referido a la Europa occidental porque hemos de viajar hasta el año 1905 para encontrar en Moscu unos escasos 5.000 vecinos conectados a las cloacas de la ciudad. Cuál no sería el estado de la urbe seiscientos o setecientos años antes. En  Japón sin embargo, y desde el siglo VIII o IX, utilizaban unas pequeños acequias por las que corría el agua para hacer allí sus deposiciones, colocando un pie a cada lado del curso de agua


      Desbordados por los montones de basura acumuladas en cualquier calleja y que les sofocan. Utilizados estos estercoleros incluso para esconder molestos cadáveres de personas asesinadas o muertas de pura indigencia, y que una vez muertos hieden igual que el resto de animales, las ciudades medievales resuelven acumular las basuras en los llamados muladares.         

      Los muladares son paradójicamente los puntos limpios del medievo, y su nombre, aunque no lo parezca, está relacionado con las murallas de las ciudades en las que a la postre acabaron por instalarse, con el resultado de saturar también estas con verdaderas montañas de desperdicios. En Segovia por ejemplo el peso de las basuras allí depositadas echaron abajo parte del paño de la muralla y ocasionaban filtraciones en las casas anexas a las mismas. En Evora, Portugal, la altura de los depósitos alcanzó tales dimensiones que fue utilizaba por los sitiadores de la ciudad para penetrar cómodamente en ella. Además de lanzar las basuras donde habitualmente solían hacerlo ahora  disponían también de muladares

      Por estas fechas avanzaba hacia la decadencia pero Constantinopla, en alguna momento antes del siglo XIII, había tenido cerca de un millón de habitantes, una cifra crítica porque para los medios de la época  era muy difícil mantener esa población. Ni Córdoba, ni Paris, Ni Milán, ni Bagdad podían emularla. Tenía un sinfín de mitos urbanos y uno de ellos parece tremendamente actual, hace referencia a los cocodrilos que habitaban en sus cloacas y en este caso con bastante mas verosimilitud que la de los saurios que dicen haberse acomodado a las templadas alcantarillas de Nueva York. Un día del año 1348,  un viajero procedente de Egipto desembarcó en la ciudad, venia aterrado y respiró aliviado al  contemplar la cúpula de Santa Sofía. Decía haber visto morir a la gente por miles tras una espantosa agonía, y que los cadáveres cubrían las calles de Alejandría y El Cairo sin que nadie se ocupara de recogerlos. Desdichado, no sabia que el mal no estaba muy lejos, en el mismo barco que le había traído desde Alejandría, y que él mismo no tardaría en caer enfermo. La peste, pues de ella se trata, había estado rondando el continente durante siglos, no lo abandonaría, pero esta epidemia acabaría con uno de cada tres europeos. Y las cosas no volverían a ser igual en mucho tiempo.




     
[1] Una ciudad de la España cristiana de hace mil años



Continuará...

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