Historia de las Pelucas. Las pelucas en la Antigüedad. Roma, Egipto y Grecia



HISTORIA DE LA PELUCA


El Emperador Nerón sufría una enfermedad incurable, la de la apatía, causada en su caso por el exceso. Convendran con nosotros que hay paisajes que no deberían ser accesibles a la especie humana, y entre ellos está el del poder absoluto. Este hombre que se hizo construir la Domus Aurea, un palacio de proporciones descomunales, para vivir por fin como un hombre, solía abandonar por las noches su residencia y provisto de una peluca, frecuentaba los lupanares, las tabernas y los lugares más sórdidos de la ciudad de Roma. Al parecer su poder absoluto no le satisfacía lo suficiente. Quería acceder a un nivel nuevo de impunidad, cual era el de apalear caprichosamente a cualquier infeliz hasta descoyuntarle los huesos. Esto permitía que aquellos cuerpos, rotos como muñecos de trapo, fueran lanzados a las cloacas de la gran ciudad por agujeros tan angostos que solo aquella masa orgánica, desmadejada por las fracturas, permitía salvar las dimensiones del agujero. No fue por supuesto la primera vez que un hombre utilizó una peluca. Otros Emperadores, como Calígula y Heliogábalo, también se entretenían ocultando su personalidad bajo gorras, pelucas y barbas postizas. De éste último, de Heliogábalo, se llegó a decir que había sido la puta de todos los hombres y mujeres de Roma. Y curiosamente casi sufrió el mismo destino que Nerón deparaba a sus victimas, los pretorianos lo hicieron picadillo con tal solo 18 años, e intentaron arrojar su cuerpo a una alcantarilla de embocadura tan estrecha que, vista la imposibilidad de deshacerse de aquellos restos, decidieron lanzarlo al Tiber, amarrado a una piedra para que nadie pudiera dar con él.

Peluca romana

     Abordar la historia de las pelucas hoy puede parecer ciertamente anacrónico, tanto mas cuanto que su utilidad parece  restringida a enmascarar carencias patológicas del cabello o agresivos tratamientos médicos. La peluca ocupa hoy cierto lado oscuro de la vida, en el sentido de que ha perdido todo el glamour del que dispuso en pasados siglos, aunque vista la circularidad de las costumbres no descartamos del todo su regreso. Hoy inconscientemente asociamos estas prótesis capilares a periodos históricos en los que la higiene y la pulcritud no eran muy adecuadas. No en balde, en determinados itinerarios  turísticos se hacía alusión a unos cestitos cubiertos de grasa y adheridos a la estructura interna de las pelucas. Nidos para piojos, se llamaban, pues su cometido era este mismo, servían de alimento a estos parásitos,  de tal forma que quedaban allí entrampados y las pelucas podían limpiarse con mayor facilidad. Usar hoy en día una peluca por mera razón estética es, a la vista de la extrema impericia con la que se presenta estos artilugios, un objeto que apunta cierta hilaridad. Somos además un país tan grave, tan severo en sus gustos estéticos, que no aceptamos con agrado la querencia de algunos por sentirse a gusto con su propia imagen,  una concesión a la coquetería, una debilidad en definitiva.  Una cabeza sin cabello alguno es perfectamente hermosa, pero ya no lo es tanto si lo que se hecha de menos es una buena mata de pelo. Cabello y modernidad tienen trayectorias opuestas, es decir, hoy es extraño presentar una cabellera completa a cierta edad, es más, tal hecho apunta hacía cierta impericia intelectual. Quizás para extrañeza de Virgilio que veía con cierta aversión las frentes despejadas,  pues una cabeza sin pelo era como una pradera sin hierba, un bosque sin árboles. Una peluca no es exactamente lo mismo, pero puede presentarse como un sucedáneo, en el elogio de la peluca, un texto escrito por un tal Docteur Akerlio, que se supone seudónimo, se dice que la peluca, como hija de la coquetería, es tan antigua como el mundo. Lo cual es una exageración, pero genera el suficiente empaque como para que el producto sea tratado con nombre propio.

      Una de las primeras alusiones a las pelucas la encontramos En la Cyropedia, la biografía de Ciro el Grande escrita por Jenofonte. Se refiere éste a la visita del  Rey de los persas, acompañado de su madre Mandane, a su abuelo el rey de los medas, Astyages, que reinaba rodeada de un lujo que incluso para los persas era excesivo, Astyages se presentó ante su nieto cubierta su cabeza por una peluca que hizo exclamar de admiración a Ciro: “que abuelo mas bello tengo” Otro  testimonio muy revelador  del uso de los cabellos artificiales en la cultura antigua no los proporciona Condalo, lugarteniente de Mausolo (Sátrapa. Gobernador local en el Imperio Persa). Era un administrador tan mezquino que incluso exigía un óbolo como peaje  a las familias de los soldados muertos a su servicio. Como a los Licios les gustaba llevar el cabello largo, estableció que todos debían ir rapados con el fin de utilizar sus cabellos para confeccionar  pelucas. En cambio, permitiría a los Licios conservar su cabello si pagaban por ello un tasa, conformándose con el pelo del resto de la Hélade para elaborar cabello postizo. Bien es verdad que los Licios prefirieron pagar aquella tasa antes que someterse al corte de pelo que consideraban humillante, pero el dato apunta el comercio de semejante prenda. Polibio y Tito Libio refieren que Aníbal utilizaba pelucas también, y de diferente color, su propósito no era estético sino que tenía como fin el  de enmascarar su presencia  en la Galia y así pasar desapercibido. 


     Aunque En las Profecías de Isaías leemos:... por debajo del bálsamo habrá hedor.. por debajo de la peluca, rapadura,  no es el pueblo judío muy prodigo ni en su uso, ni en alusión a las mismas. Y eso que  Mical La mujer del rey David, consiguió salvar la vida del monarca gracias al uso de una peluca. El abismo entre la cultura judía y sus vecinos del antiguo Egipto es considerable. A diferencia de los hebreos la cultura egipcia considera el cabello como una rémora. Egipto es la primera cultura que hace de la peluca un incono de dignidad, y también de erotismo. La climatología egipcia, con unos veranos abrasadores, parece que impuso una estética del afeitado completo de las cabezas, sobre todo en los varones, pero también en las mujeres de la alta nobleza. Con el fin de evitar la intensa radiación solar se utilizaban postizos elaborados con cabellos naturales, en las piezas más lujosas. Teñidas incluso, no debemos de olvidar que la Reina Cleopatra, aunque mucho mas tardía cronológicamente, se presentó ante Marco Antonio con una peluca azul. Las pelucas servían de base incluso a otro curioso objeto cosmético,  denominado cono de perfume. Los conos aparecen dispuestos sobre las pelucas. Tratase de cera y grasa perfumada que se derretía suavemente sobre estas, exhalando a la vez todas las fragancias de las que tan rico era el país del Nilo (Historia del Perfume (III). El Perfume en Egipto). Las pelucas podían ser elaboradas con fibras de origen vegetal, las más modestas, cabello humano y mas raramente pelos de animales. El cabello, si era abundante mejor, pues respondía a un código de seducción: embellecía a la mujer. Un cabello despeinado era un poderoso mensaje erótico, de tal suerte que las pelucas obedecían a estos patrones. Una idea de la riqueza con la que eran trabajadas las pelucas nos la puede ofrecer un mechón de cabello encontrado en la tumba de una princesa que vivió en la corte del faraón Tutmosis III, no menos de  mil lazadas de hilo de oro cubrirían su peluca. También la tumba de  la princesa Sit-Hathor-Junit, algo así como “hija de Hathor de Dendera”, además de preciosos objetos de tocador, como un espejo de plata y obsidiana, ofreció también la más modesta presencia de una peluca.


Peluca egipcia
Peluca egipcia

      Phénaké es el equivalente a peluca en griego.  Ahora bien, también significa engaño, ese doble significado permite el juego semántico, en efecto, las pelucas tenían algo de disfraz, de enmascaramiento. La forma mas simple de la peluca era aquella que utilizaba la base de un sombrero para coser en sus bordes mechones de pelo. Incluso se refieren casos de mezcla de pelo propio con pelo ajeno, y ello con el fin de disimular la calvicie de algunas zonas de la cabeza. Eusthate, comentador de Homero, dice que la penike es un cubrecabezas realizado con cabellos, propio de mujeres y de hombres afeminados, se llevan con la intención de engañar a las personas en contactos próximos,  con el fin de disimular la ausencia de cabello. El Entrinchon era seguramente un peluquín destinado a cubrir determinadas  zonas de la cabeza en las que el pelo era escaso. En Grecia existía un amplio abanico de definiciones para los distintos tipos de pelucas lo que da idea de su uso abundante. Kidaris, por ejemplo, aludía a una cinta de tela a la que se le habían añadido cabellos postizos. Las pelucas para los hombres recibían el nombre de Crôbylos, aunque otras fuentes hablan de ellos como tupes puntiagudos destinados al uso de ambos sexos. La de las mujeres Corymbe, cuyos bucles cubrían la frente y que constituyen un modelo clásico, recuperado siglos mas tarde por las llamadas merveilleuses, en la Francia de la Revolución. Existían incluso pelucas para niños llamadas Scorpios. Tucidides refiere la afición de las jóvenes atenienses por los cabellos postizos formando trenza y  aprisionados dentro de una redecilla. A veces este cabello era sujetado por encima de la cabeza con agujas de oro, Aristofanes, presenta a uno de sus personajes masculinos provistos de un postizo de esta naturaleza . Al parecer Safo, y según refiere Ovidio, adornaba sus falsos cabellos con agujas incrustadas de perlas preciosas. La peluca femenina por lo general solía cubrir la frente hasta las cejas, tanto en Grecia como en Roma, las frentes amplias se consideraban deformidades anatómicas, por lo que, caso de presentarse, se intentaban ocultar bajo el cabello. Ovidio de hecho hace elogio de la mujer de frente estrecha.


      En Roma el nombre mas  habitual para aludir a las pelucas era el de Galeras para ambos sexos, recibiendo el nombre de capillamentum a cualquier trabajo artificial en el cabello. La corymbe, heredada de los griegos, era la peluca mas lujosa de todas, se utilizaba  cuando la etiqueta lo exigía y en grandes banquetes. Existían también lo que actualmente conocemos como extensiones. El tránsito entre la Republica y el Imperio no es solo formal, se traduce en un cambio de mentalidad en el ciudadano romano que evoluciona desde cierto ruralismo a unos códigos mas sofisticados, aunque, como hemos visto, las pelucas tienen un largo recorrió histórico su presencia empieza a hacerse habitual a partir de Augusto.

Del 1 al 8 se corresponde con peinados Griegos. 9 y 10 son romanos.
Del 1 al 8 se corresponde con peinados Griegos. 9 y 10 son romanos.

      Las primeras mujeres que accedieron a su uso lo hicieron urgidas por problemas relacionados con la perdida del cabello. La calvicie en Roma no tenía buena prensa, pese a que Julio Cesar y Aristóteles eran calvos, la alopecia estaba cargada de tabúes, y buena prueba de ello es que la peor afrenta a un cristiano en Roma pasaba por afeitarle completamente. De otro lado, el éxito militar determina la opulencia de ciertas clases sociales que encuentran en los postizos un ornato mas para evidenciar su riqueza, dándose el caso de que en el siglo II de nuestra era  llegaron a ser escasas las matronas romanas que se mostraban con sus cabellos naturales. Ya antes, El Emperador  Otón,  había manifestado su agrado por conocer a las damas romanas sin ornamentos capilares, en clara alusión a la proliferación de pelucas, si bien es cierto que no era éste hombre un modelo de austeridad alguna, como mas adelante veremos. Tanto mas incluso cuanto que el gusto por los cabellos dorados propios de los pueblos septentrionales de Europa había llenado Roma de cabellos extranjeros. Tenemos varios testimonios figurativos muy significativos del uso de las pelucas en Roma en forma de sendos bustos:  La estatua de Venus de Préneste, en cuyo rostro algunos expertos reconocen el de Julia Soaemias, madre del Emperador Heliogábalo, provisto en su cabellera de un trozo de marmol independiente que se ajusta a la perfección con dos mechones de cabello, estos sí fijos, y que le caen hasta los hombros. También en el palacio de Sans Souci (Alemania), se conserva el busto de Julia Mamea, madre del emperador Alejandro Severo, y en el que el cabello se puede desmontar en su totalidad. Se supone que este peculiar uso de la estatuaria era similar al de los maniquíes actuales, utilizandose el busto para mostrar las diferentes modas en la peluqueria. En las Calendas de Enero, algo así como el Año Nuevo, era corriente estrenar peluca y en las bacanales los hombres solían disfrazarse con ellas. Gracias a la agudeza de Marcial, el cual sostenía que los romanos llevaban los zapatos en la cabeza, sabemos que los romanos utilizaban la piel de cabra o cabrito tanto para elaborar el calzado, como para para fabricar la base de las pelucas a las que tan aficionadas eran las mujeres en Roma. Y tal es asi que Tertuliano [Quinto Septimio Florente ca.160 - ca.220] aludia con cierto estupor, a la febril afición de las romanas por sus cabellos en terminos parecidos a esto: "¿Por qué no dejáis tranquilos vuestros cabellos? Primero los rizáis luego los desrizáis. Hoy trenzados, mañana alzados. Unos días recogidos, otros sueltos. Dejad vuestras cabezas libres de prótesis extrañas. Esas cabezas dignificadas por el bautismo no merecen los despojos capilares de un muerto, que lo es, en buena medida debido a sus propios vicios o de sus crímenes"



Peluca egipcia y caja para conservarla.

Toilette de una mujer romana. Solomon. La impericia de las esclavas dedicadas al cabello, conocidas como cosmetae, solía acarrear la furia de sus señoras. Ovidio ya advierte contra esta intemperancia, y llama a evitar arañazos en el rostro y pinchazos en el brazo de sus sirvientes a las muy altaneras damas romanas.

     La numismatica ha ofrecido pistas sobre el uso de los falsos cabellos a traves de la historia de Roma.  Julio Cesar, sólo derrotado por los prejucios de su tiempo, y conocido como el marido de todas las mujeres, era incapaz de asumir su notable calvicie, utilizaba a tal efecto una corona de laurel. Cesar era tan celoso de su presencia, tan ferozmente presumido, que, incluso, utilizaba un perfume conocido por el nombre de telinum. Popea la segunda mujer de Neron y a la que este mató a patadas, llevaba una vida tan licenciosa que la huella de sus excesos la habia dejado prácticamente calva, utilizaba peluca por obvias razonas. El Emperador Galba, era calvo, se presenta con pelo y sin él en diferentes monedas lo que lleva a suponer el uso de cabellos artificiales. Otón, del que Suetonio destaca sus gustos afeminados,  se hacia depilar todo el cuerpo pero llevaba cabellos artificiales en su cabeza. Curiosamente su perfil con peluca sólo se presentaba en las monedas de plata y de oro, mientras que reservaba sus escasos cabellos naturales para las de bronce. Domiciano y Domicia, su mujer, ambos la utilizaban, pero el Emperador no se cohibía en absoluto por presentarse con sus escasos cabellos en público.   Cómodo famoso por su  peluca cubierta con polvos de oro, era un felón a pesar de ser hijo de Marco Aurelio, el Emperador filosofo. Pensamos que los guionistas de la película Gladiator se inspiraron en él para diseñar el personaje que maltrata hasta el delirio a Russell Crowe en su papel de hispano.  Caligula, como ya hemos referido, usaba peluca en sus correrías nocturnas, suponemos que para evitar ser reconocido. Mesalina aprovecha el descanso nocturno de su marido Claudio, para huir del palacio imperial con el fin de aliviar su insatisfecha sensualidad,  utilizaba una peluca de color rubio, a decir de Juvenal, estas eran las preferidas por las cortesanas y prostitutas. Un tal Gracus, patricio, sentía debilidad por los gladiadores y utilizaba una peluca de grandes proporciones para ocultarse, de tal manera que con el tiempo, y a fuerza de repetir la misma operación, la peluca acabó por delatar su presencia mas que a enmascararla.

      Las pelucas, junto al perfume y otros productos suntuarios, estuvieron a punto de arruinar a Roma, tanto mas cuanto que el color de pelo mas estimado era el rubio, y particularmente aquel con tintes cobrizos. Las matronas romanas, a pesar de que esa pigmentación empezó a ser utilizada por mujeres públicas, acabarían por rendirse a su exotismo toda vez que no era frecuente el cabello claro en el Mediterraneo. No era pues extraño que las esclavas de pelo rubio estuvieran permanente condenadas a una periódico rapado de sus cabellos, y todo con el fin de satisfacer este mercado. El Emperador Caracalla, según Herodiano, se coloco una peluca de este color en cuanto llegó a las orillas del Danubio con el fin de ganarse la confianza de las tribus germánicas.


      Las pelucas debieron de adquirir un considerable precio a la vista de los penosos ingenios que se ideaban para sustituirlas. Refiere Marcial, aunque la transcripción hay que forzarla un poco, el caso de un sujeto que a pesar de andar escaso de cabellos, utilizaba un ungüento para disimular su alopecia, lo que apunta a una suerte de grotesca caricatura de postizo. Ya advierte Marcial, con ese ingenio cáustico que parece ser marca de la casa desde tiempo inmemorial, pues nació en Hispania, que antes de requerir los servicios de un barbero lo que él precisaría sería el concurso de una esponja. Esta suerte de tatuaje capilar se efectuaba imitando incluso los cabellos.


    Con la llegada del cristianismo se apuntan cambios importantes. Para ello os emplazamos a una posterior entrada (post)