El Sati. Viudas y sacrificios rituales en la historia de La India (Parte Tercera y última)


Viudas y sacrificios rituales en la historia de la India


Históricamente el sati (literalmente: buena esposa) es un privilegio de castas elevadas. Su práctica estuvo  reservada tradicionalmente a las clases guerreras y brahmanes. Con todo,  no parece que exista referencia directa alguna al sati en el código de Manu, una especie de compilación de derechos y deberes que se data en el siglo IX aC. (redactada por brahmanes, en beneficio de los propios brahmanes, claro) y que diseña el sistema de castas como la estructura social propia de los hindúes. En la imagen una princesa hindú de finales del siglo XIX.(Fot. Patankar/Vestivalia)

      Las primeras referencias históricas que en Occidente existen sobre la inmolación de las viudas en la India, tienen su origen en el historiador griego Aristóbulo de Cassaindreia que acompañó a Alejandro Magno. Este tipo de sacrificios podía alcanzar, incluso, a cualquier sirviente o persona estrechamente vinculada con el difunto. Los textos védicos (lengua sacerdotal que utilizaba un forma arcaica del sánscrito) ya aluden al sati como una ceremonia de fidelidad, aunque no estrictamente necesaria, lo que de forma, si bien indirecta, pone de manifiesto la existencia de estas ceremonias desde hace más de dos mil años. El Rig-veda, textos sagrados  que se remontan en algunos casos a los 1700 años aC.,  refiere el episodio de una viuda que es disuadida de su empeño por consumirse entre las llamas junto a su marido, gracias a los ruegos de su cuñado. En el I siglo AC, Publio Valerio Máximo (Factorum et Dictorum Memorabilium Libri ), ya había hecho alusión al alto componente de lealtad de las mujeres indias hacia sus maridos. De tal manera que, dice Valerio, permitido el matrimonio de un hombre con varias mujeres, si este muere, ellas se disputan el honor de acompañarle entre las llamas, lo que a su juicio es la mayor  muestra de amor de un ser humano por otro. Diodoros Sikelos,  un griego del siglo I,  relata el sacrifico de la viuda de un guerrero hindú recostándose a su lado en la pira en la que iba a ser quemado, sin ningún asomo de pavor en su mirada. Cicerón también, y en “Disputaciones Tusculanas”, alude a la entereza de las mujeres de la India, aunque se equivoca y las sitúa geográficamente en el Caucaso. Propercio, un poeta latino, compara la impudicia de las matronas romanas con las mujeres hindúes, cargadas de virtud y capaces de llevar su templanza hasta el volcán del autosacrificio.  Era opinión extendida entre los griegos que el sati había sido instituido entre las clases principescas como un sistema de disuasión para las mujeres,  con el fin de evitar el envenenamiento de los maridos por esposas intrigantes o insatisfechas.

Monumentos Sati. Valle del Kangra

     Un tratado árabe anónimo del siglo XVII, sostiene que una mujer que practica el sati (al cual no está estrictamente obligada, como se ocupa de aclarar) es capaz no solo de salvarse a sí misma, sino también a su marido por muchos que fueron los crímenes de éste. Además, se garantiza de esta manera una futura reencarnación, en forma de hombre, claro. Negarse a someterse al mismo determinaba con seguridad una nueva reencarnación en un cuerpo de mujer, para verse así abocada a un nuevo sati.

     Conviene señalar que el sistema de castas vigente en la India  desde hace milenios explica con bastante amplitud sus costumbres, creencias y aptitudes. Este sistema de castas,  a decir de muchos sociólogos, es el mecanismo de control y jerarquizacion social más eficaz que se ha dado en la historia  puesto que solo la muerte, y de forma ambigua, permite a los individuos, en una futura reencarnación, migrar hacia otra casta que ocupe un mayor nivel de perfección, según la teología hindú. Porque, en efecto, la pertenencia a una casta determinada no es sólo una cuestión de laminación social, sino que obedece a un nivel de perfección moral que le es propio, siendo el máximo grado  el que se corresponde con los brahmanes y el menor el de los intocables, que en puridad ni siquiera pertenecen al propio sistema de castas. Existe una salvedad e importante: las reencarnaciones se merecen, es decir, son un premio o una sanción a la experiencia vital del individuo, de tal forma que una vida desordenada e impía puede acarrear un reencarnación inferior. Ello explicaría, por ejemplo, la preocupación de la cultura hindú por todos los seres vivos. Los monjes jainistas, una forma de religiosidad extrema en la India, suelen ir provisto, en su eterno deambular por los caminos del país, de una pequeña escoba que utilizan para apartar delicadamente a todo ser vivo al que pudiera pisar; nada les garantiza que la más humilde hormiga hubiera sido, en ese casi eterno ciclo de reencarnaciones, un ser humano. Esta poderosa cosmovisión marca intelectivamente la cultura hindú hasta el extremo de que el griego Megástenes, embajador de Seleuco I (uno de los generales de Alejandro Magno) en la corte de Chandragupta,  el primer gran emperador que unificó la India,  sostenía que una de  las mayores aficiónes de los hindúes es la de discutir sobre la muerte.


Varanasi, también conocida por Benares. El pilar del primer término marca el lugar de numerosos satis
Varanasi, también conocida por Benares. El pilar del primer término marca el lugar de numerosos satis


     No era licito forzar a un mujer hacia el sati, pero tampoco lo era evitarlo cuando esta había tomado la determinación  Se suele decir, y no sin cierta razón, que uno es esclavo de sus palabras. En el sati nunca mejor dicho, porque, cuando una viuda verbalizaba su intención de cometer sati no se podía retractar, si lo hacía sería llevada a la fuerza a la pira, y además de morir de forma espantosa, quedaría señalada por esa falta de coraje que convertiría su sacrificio en un proyecto incompleto ya que no se había hecho de forma voluntaria. No todas las viudas son pativrata, es decir, aquellas dispuestas a cometer sati. Una pativrata está en un estado de tránsito, intermedio entre la vida y la muerte, no es una viuda, pero tampoco está casada  El sati  puede ser realizado por todas las viudas, pero en una sociedad que ha interiorizado como ninguna la jerarquización social, es casi inimaginable entre las castas inferiores. En cualquier caso no debe ser efectuado por menores que no hayan alcanzado la pubertad, las embarazadas y aquellas que estén menstruando, las cuales pueden posponer su sacrificio. En efecto,  el sati se suele celebrar a las pocas horas del deceso, pero si esta muerte se ha producido lejos,  la ceremonia no es inmediata, se denomina el sati en este caso anumarana (algo así como morir después), con lo que al sufrimiento físico se añade esa agonía que consiste en morir mil veces ,imaginando los terribles padecimientos que esperarán a la mujer entre las llamas. Puede darse el caso de que ella esté embarazada y el sacrificio se posponga al parto, cuando llega el momento ella se hace acompañar de algún objeto muy apreciado por el marido, los zapatos, el turbante, acaso alguna pieza de ropa. 

     Negarse al sati significaba en comunidades muy cerradas exiliarse en vida, condenarse a una reencarnación tras otra, incluso seis, en cada una de las cuales perecerá entre las llamas. Veinte años después de prohibido el sati en toda la India por el Gobierno Británico (1829), el 7 de Noviembre de 1850, la viuda de un rico comerciante decidió inmolarse a orillas del río Ganges, pese a las restricciones oficiales las autoridades locales nada pudieron hacer para detener a la mujer. Ni sirvió de lo más mínimo que el juez local permitiera que el cadáver del marido permaneciera durante cuarenta y ocho horas sobre la estructura de la hoguera, a la intemperie. Las autoridades confiaban que este tiempo permitiría recapacitar a la mujer.  Todo fue inútil, después de purificarse en las aguas del rió sagrado se dirigió resuelta hacia la pira en la que se acomodó junto a su marido. Los brahmanes se ocuparon de lanzar sobre la pira flores, maderas olorosas y manteca, que utilizaban como acelerante de la combustión y posteriormente prendieron fuego a la hojarasca, de tal forma que las llamas adquirieron pronto gran vigor aproximándose a la mujer que, en ese momento,  pareció despertar de su catarsis, y al darse cuenta de la amenaza que se cernía sobre ella, salto fuera de la misma para irse a zambullir en las aguas del rió con quemaduras leves en sus brazos y en sus piernas. La escena dejó perplejos a buena parte de las 5.000 personas que habían acudido al lugar, muchas animadas por sus convicciones religiosas, pero otras empujadas por una mera morbosidad,  que observaron contrariados como la mujer se negaba a completar el sacrificio.

Mujeres Indias

     Si el marido tenía en vida una alta preeminencia social, la negativa de su viuda al sati la convertiría en una apestada social, y a veces,  la dejaba en la más absoluta miseria. Cuando el marido muere la mujer no queda en posesión de los bienes de este; si hay hijos varones pasan al primogénito con lo que se establece una dependencia de la madre respecto a su hijo varón. Pero si de este matrimonio solo hay niñas, los bienes pasan al hermano varón del difunto, a cuya generosa discreción compete el bienestar de la viuda ya que no está obligado a entregarle nada (*). Puede quedar en este último caso en la más absoluta de las indigencias, de tal forma que, a veces el sati, era una forma de asegurar el futuro de sus hijos con el sacrificio de su madre, por el alto valor  social que se otorgaba a ese gesto.


     Sobre el sati se cuenta hechos que a veces causan cierta incredulidad,  por ejemplo, en el año 1799, cerca de Calcuta, la muerte de un brahmán dejo viudas a 37 mujeres.  Durante el primer día se inmolaron tres de sus viudas, de tal forma que la hoguera estuvo ardiendo hasta tres días seguidos, el tiempo preciso para que la totalidad de ellas se dieran muerte. Entre los grandes privilegios de los brahmanes existía la poligamia, que consiste en aceptar la dote de varias mujeres haciéndolas sus esposas y residiendo con ellas de forma rotativa. Un viajero italiano, Nicolo Conti, durante su estancia en el sur, y reinando de Deva Raya II  a principios del siglo XV, refiere que el rey tenía la fabulosa cantidad de 12.000 esposas, de las que casi una cuarta parte estaban obligadas a practicar el sati una vez éste falleciera. En la zona de Bengala se ataba fuertemente a la viuda al cadáver del marido. Mientras que en la gran meseta del Decán, la viuda se sienta sobre la pira con la cabeza del marido entre sus piernas, siendo amarrada a cada uno de los cuatro postes que señalan los vértices de la hoguera, permaneciendo en esta posición hasta la sofocación o hasta que la leña se quiebra. La mayoría de las fuentes convienen en precisar que esa inmovilización es voluntaria y tiene como propósito evitar que la mujer, enloquecida por el dolor, escape de las llamas con lo que su intención de cometer sati no se cumpla del todo, a pesar de que el alcance de sus quemaduras probablemente la haga perecer.


Estas piedras labradas con especialmente frecuentes en Rajasthan, donde a la tradición del sati se une la del jahuar o inmolación colectiva de toda una comunidad
Cada una de las manos señala el sati de una mujer. Estas piedras labradas con especialmente frecuentes en Rajasthan, donde a la tradición del sati se une la del jahuar o inmolación colectiva de toda una comunidad

     La Compañía Britanica de las Indias Orientales realizó un registro durante algunos años del siglo XIX que ponían de manifiesto la frecuencia de episodios sati, calculando que estos oscilaban entre los 450 a 600 todos los años. La ejecución de un sati es, con todo, un episodio excepcional muy inferior al 0,1% de las viudas. Su realización, por su carácter inusual y extremo, pone de manifiesto, aunque con resultados más que dudosos, los valores más arraigados de la civilización hindú. Por eso, el lugar físico donde se realiza ha quedado señalado con su correspondiente hito que recibe el nombre de mata-sati  (Madre. Señora. Santuario). Buena parte de la India guarda testimonio pétreo del sacrificio de estas mujeres en forma de lapidas sobre las que se ha labrado una mano por cada uno de los episodios sati allí acaecidos. Templos de peregrinación que, con el tiempo se han convertido en lugares de culto a su memoria, que si bien es imprecisa,  manifiesta los modelos devocionales que las mujeres hindúes mantienen. La memoria suele dulcificar la historia y deliberadamente olvida todos los aspectos más crueles que suelen acompañar el paso de los hombres y las sociedades por el mundo. La mitad e estos mojones se encuentran en el estado de Rajasthan.


     Las viudas brahmanes en Bengala también solían practicar el sati. Un viajero francés del siglo XVIII, Louis de Grandpre, describe como particularmente penosas las ceremonias del Sati en Bengala, en las que la mujer se coloca junto al cadáver del marido bajo una especie de dosel de madera de bambú que impide en parte su fuga al sentir la proximidad del fuego. Francoise Bernier, un siglo antes, esto es en el XVII, refiere una sati en el que la misma viuda se ocupó de prender  la paja de su propia pira, mientras tomaba en su regazo la cabeza de su difunto marido. Pero también se hace eco de que, ante el pavor que paralizo a una joven a escasos pasos del foso donde ardía su marido, fue prácticamente lanzada a las llamas por los sacerdotes brahmanes. En la ciudad de Lahor fue testigo de cómo una viuda, casi adolescente, fue atada de pies y manos para evitar su fuga de las llamas. En otras ocasiones, los sacerdotes y el público, provistos de largos palos, impedían la fuga de la espantada viuda que entre gritos desgarradores pretendía huir de las llamas que la consumían.   En el año 1803 se efectuaron en torno a la ciudad de Calcuta más de quinientos rituales sati. La mayoría de los testigos occidentales hacen hincapié en la voluntariedad de las víctimas, aunque no se descarta que muchas de ellas llegaran drogadas al lugar del sacrificio o fueran abrumadoramente presionadas socialmente. Desde principios del siglo XIX se había prohibido la inmolación de las viudas en Bengala, pero el gobierno colonial inglés, con el fin de evitar roces con los tradicionalistas hindúes, distinguía entre acto voluntario e involuntario, prohibiendo en un principio sólo éste último. Sería en el año 1829 cuando proscribió el sati en su totalidad.


     Aunque ya se tiene constancia de que los portugueses, los primeros europeos en la India, protegieron a posibles víctimas de sati, es solo en el año de 1598 cuando un grabado realizado por un holandés pone de manifiesto la existencia de semejante ritual. Aunque como ya hemos referido no es ni mucho menos la primera alusión en la cultura Occidental hacia el sacrifico del sati.  Los viajeros occidentales del siglo XVIII pintaban a veces la ceremonia del sati con un aura de romanticismo orientalista y dignidad muy alejada quizás del crudelísimo sufrimiento de las víctimas, insensibles en este aspecto al padecimiento físico extremo de sus modelos. La devoción hindú ha marcado el ceremonial del sati con flecos de leyenda, tal es así que, la práctica apunta a veces a episodios épicos de la historia del país, sobre todo frente a los conquistadores musulmanes. Si han leído las dos entradas anteriores no se les escapara el referente del jahuar, una especie de inmolación colectiva. 

Una variante del Sati, tanto o más terrible, era el enterramiento en vida de las viudas en la misma tumba del marido
Una variante del Sati, tanto o más terrible, era el enterramiento en vida de las viudas en la misma tumba del marido


     Existe una variante del sati, tanto o mas terrible que este, y que es practicado por algunas castas, y que consiste en enterrar viva a la viuda. El enterramiento en la India no es habitual, lo practican los Jugis, una casta de comerciantes: entierran a sus muertos. Cuando una viuda decide acompañar a su marido se practica un hoyo de varios metros de profundidad, en el fondo del cual descansa el difunto, sentado. Hasta allí desciende su viuda merced a una escalera dispuesta para tal fin, después la tumba se tapa con tierra hasta la sofocación de la mujer que muere por asfixia. Abstracción hecha de lo referido el enterramiento se practica sobre todo en el sur de la India y se utiliza sólo para los ascetas, los shadus, yoghis, los niños pequeños, los muertos por violencia y por enfermedad contagiosa. En este último caso  por temor a que el humo transmita la enfermedad



(*)En las numerosas y bien trabadas relaciones dentro de la familia hindú, existen abundantes peculiaridades que la hacen extraña a la cultura occidental. Uno de ellos pasa por la singular relación que puede establecerse con los cuñados, los hermanos del marido, que son una especie de alter ego de estos, llegándoles a sustituir con cierta tolerancia social, incluso, en aspectos ligados a la intimidad marital.

El Sati. Autoinmolación de las viudas y otros Sacrificios rituales en La India consta de tres entradas