Roma Antigua. Ruidos, muchedumbres, estrés, incomodidades y agobios en una ciudad de hace dos mil años.



LAS CALLES DE LA ANTIGUA ROMA


Uno de los aspectos de las urbes modernas que más contribuyen a elevar la sensación de agobio y estrés lo constituyen las grandes aglomeraciones, muchedumbres que nos rodean transmitiéndonos una sensación de apremio, hostigándonos hasta el punto de hacernos sentir acorralados. Hay niveles de densidad humana tan inimaginables que difícilmente podemos comprender cómo se puede vivir en ciudades como Mumbay en la India donde en determinadas zonas conviven decenas de miles de personas por kilómetro cuadrado. Con todo, este no es un suceso reciente, buceando por nuestra mas lejana historia encontramos una ciudad en el que los episodios de estrés urbano se producían diariamente: esta es Roma. Roma flotaba sobre tres fenómenos sensitivos muy molestos; el ruido, las muchedumbres y el mal olor. Efectivamente el fragor callejero daba alguna tregua en las horas inmediatas al amanecer pero el bullicio de las estrechas calles romanas era constante, sin limitación alguna en cuanto a su intensidad e impedía un descanso prolongado y reparador. Las tiendas abrían en torno a la segunda hora, aprox de 5:45 a 7:00 [en verano] pero tal y como sucede en la actualidad el género debía de estar ya dispuesto con lo que la actividad se iniciaba a las 5:00 con las ruidosa retirada de los póstigos, que a modo de cierre, protegían las tiendas lo que no hacia mas que continuar el inmisericorde estrépito del resto de las horas nocturnas, teniendo en cuenta que muchos de los tenderos y sus familias vivían en la misma tabernae en un modestísimo altillo. 

     Los rugitus [ruidos] de Roma son la desesperación de Juvenal [1]  atormentado su descanso por el machacón baqueteo de las ruedas de los carros en un cruce de calles y la áspera vozarrona de los carreteros, renegando de las bestias propias y las ajenas. Presintiendo el poeta que el desdeñoso retiro de las grandes fortunas de la ciudad buscaba sobre todas las cosas ese bien tan escaso en la urbe  cual era el silencio. Juvenal caminaba prevenido ante las multitudes que amenazaban con aplastarle mientras que su costado sufría los codazos, su cabeza impactos y sus pies los pisotones además de que en mas de una ocasión su túnica se echaba a perder por los desgarrones. Marcial [2] es en esto tan provechoso informativamente como en otros aspectos usuales de la vida romana, reseña este autor la sonoridad monocorde del maestro de escuela a la vista de que en Roma el aula era la propia calle, la percusión de los martillos de los caldereros durante buena parte del día, la algarabía etílica de la soldadesca y el acoso de las huestes mendicantes de la mas variada ascendencia y condición, tullidos, ciegos, legañosos. También el insoportable tumulto de los carromatos dueños de la noche romana a la vista de las prohibiciones establecidas para su circulación durante el resto del día. Todo lo referido y aún aquello no narrado empujan al bilbilitano [3] a su finca, lejos de la turbamulta romana y entre aquella turbamulta de profesiones mas discordantes cita a broncistas, cambistas, ganaderos, judios [sic] y azufradores [4]. Estas muchedumbres ruidosas sacaban de quicio incluso a un estoico Séneca que alude también como Juvenal  al zarandeo de los carros en las calles y a la rutina sonora de los numerosos oficios que se abren en los bajos de los edicificios o insulae, las bulliciosas tabernae [5] 

La paz social en Roma se conseguía alimentando y proporcionando diversión al pueblo, con lo que más de la mitad de su población era ociosa.

 frecuentadas por vendedores ambulantes de salchichas o vociferantes pasteleros y en las que siempre había pendencia y por supuesto los concurridos fornices [6] y las popinae, tabernas de baja estofa en las que se nutría el pueblo llano de bebida, comida, sexo y juego. Séneca decía que en la medida de sus posibilidades obligaba a su espíritu a aislarse mansamente en el susurro de sus pensamientos mientras que el mundo se consumía ahí fuera, aturdido por un estruendo tan penoso como el de las propias cataratas del Nilo que a decir de Plinio el Viejo [7] eran las responsables de la sordera de los habitantes próximos a las mismas. Y  bien es verdad que Plinio debía referirlo sin acritud alguna, visto que estimaba que solo la vigilia en las personas permitía saberse vivo [8] y además sentirse vivo que no es propiamente lo mismo.  

     La historia refleja este autoexilio de Tiberio, el sucesor de Augusto, refugiado en la isla de Capri, lejos  de Roma, porque según unos no soportaba esa atmósfera de intriga y conspiración  en la que vivía rodeado, y según otros porque era un ser tan degenerado que, incluso, la impúdica capital  se escandalizaba con sus excesos. Nos atrevemos a sugerir que el segundo emperador no podía soportar el ruido, atormentado por un persistente insomnio ni tampoco el hedor de sus calles. Tiberio se llamaba Tiberius Claudio Nero [9] y como quiera que su afición al vino era extrema, Suetonio, en su vida de los doce cesares, llega a sostener que sus compañeros de armas le conocían mas bien como «Biberius Claudio Nero», cuyo doble sentido se entiende con claridad. Horacio, el poeta que temía destacar, relacionaba el ruido con la desproporción de las urbes, el strepitus sería el principal elemento de desazón sobre aquella máxima de sencillez y rusticidad que constituía su ideal de vida o vivir parvo. Séneca que durante los primeros años de su estancia en Roma parece que vivió encima de unos baños públicos, noticia que hay que tomar con cautela [10],  masculla para sí, como un eco, el efecto en su cabeza de los fatigosos jadeos de los atletas practicando con las pesas, los jugadores de pelota, a los que se zambullen en la piscina, la algarabía caótica que sucede a la detención de un ladron, al fanfarrón, al depilador haciendo gritar a sus victimas y hasta las palmadas que se dan en la espalda para acompañar las friegas, y de las que dice es capaz de identificar aquellas que se dan en superficies corporales planas o cóncavas. Bastante refractario a las muchedumbres, Séneca aprovechaba las jornadas dedicadas a los juegos públicos [ludi] que vaciaban las calles, para dedicarse a la reflexión.   Cronológicamente Tiberio abandono Roma cuando esta ciudad alcanzaba puntualmente el millón de habitantes, cifra  esta estimada  al pairo de la conocida como res gestae divi Augusti, memorable obra del propio Cesar Augusto y en las que descontando ya el afán propagandístico de las mismas, el fundador del Imperio ajusta entre 250.000 y 320.000 varones los que han sido beneficiados por su generosidad en dinero y trigo [11] . Considérese que no hay mención alguna a las mujeres, niños, esclavos ni transeúntes lo que, y de hay la puntualización, nos lleva a considerar a la ciudad de Roma como una megaurbe preindustrial. Heliogábalo uno de esos emperadores majaretas gestados ya entre los vericuetos de un poder subastado a la codicia de los pretorianos, tenía una peculiar forma de estimar las dimensiones de Roma, pues según La Historia Augusta[12] lo  hacia pesando las telas de araña que sus escarnecidos esclavos recogían por órden suya.




Las notas al pie se han retirado. Este texto es un extracto del texto titulado Acerca del Perfume y el Olor que tiene el oportuno registro de la Propiedad Intelectual.